Anhedonia

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De raíces griegas, an-hedoné: sin disfrute de las situaciones que antes se encontraban agradables, entre las causas comunes que la provocan  podemos considerar los excesos de trabajo, las situaciones-límite, tragedias, problemas financieros y el aburrimiento.

Los placeres de la vida son abundantes: mirar el amanecer, disfrutar de la comida, experimentar los elementos naturales, la belleza del paisaje, el trato con los semejantes, la música, el arte, el amor. Momentos únicos de la vida, aficiones que de pronto parecen carentes de sentido. En la esfera física, psicológica y social,  el desarrollo humano es más que el simple ejercicio de actividades de ocio, se trata de mantener el  interés, la motivación, las expectativas.

Anhedonia es pues, un síntoma, es decir, que aparece primero, encuadra otros síntomas y síndromes, por tanto no es insignificante su llegada, pues antecede al trastorno. Los mecanismos de respuesta subyacentes al gusto se atrofian, imagine no disfrutar más el sabor a chocolate.  Indicadora evidente de la depresión, se le desprecia bastante mediante el uso de frases motivacionales: no te preocupes, ya pasará sólo es una racha, ánimo, échale ganas… y así se va prolongando en el tiempo mientras condena a los que la padecen a ser ánimas perdidas sin diagnóstico, entes estresados o irritados nada más, pero sin riesgo de patología.

Mediocridades  que no pasan a más. A veces algún benéfico ataque de ansiedad que hace que familiares interesados en el caso pregunten: ¿Y has pensado en hacer algo? Como si la insatisfacción social no fuera ya alarmante y como si el sufriente pudiera hacer algo mientras huye de reuniones, relaciones y compromisos que lo agobian. 

Para que la anhedonia remita es preciso intervenir en el reino de las ilusiones y propósitos, previa escala de Chapman, darle al paciente estímulos positivos de la vida cotidiana (¿existen?). Regular su dopamina cruel, neurotransmisor que incrementa o reduce  la capacidad más o menos adquirida de gozar, las actividades que antes se disfrutaban comienzan a deslucirse, volverse grises. 

Y ahí van los huérfanos de los cuadros psicológicos concretos, mendigos de una estrategia psicoterapéutica para poder alcanzar nuevamente el placer espontáneo, eso sí, que no sea forzado. La inactividad y el abandono van ganando terreno, el sentimiento de vacío se instala. La capacidad de sentir se aniquila, pero… no pasa nada, se ven bien.