Aquello que llamamos patria

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Hace mucho tiempo, al estudiar un verano en Alemania, recibí un comentario que quizás con la susceptibilidad de las nuevas generaciones pudiera haberme molestado o herido, pero, por el contrario, me llenó de orgullo. Vivía la primavera de mis sueños y con la frescura de ese tiempo, usaba pantalones cortos y blusas delgadas de colores llamativos: rojo, amarillo, verde. Todo perfectamente combinado, sin duda contrastante con los tonos serios y ocres que se acostumbran a usar en la provincia de aquel país. Entonces, un chico árabe, lo recuerdo por su acento y su físico, me dijo: tú eres mexicana, se ve en tu ropa, observa a los demás, nadie viste con color. Era demasiado tímida para hacerle más plática o debatirle, tan solo contesté con mi mejor argumento: una sonrisa. Sí, efectivamente, era mexicana de esa estirpe de haber nacido en el ombligo del mundo.

México es un gran país, su historia milenaria asombra a propios como extranjeros; grandeza que trasciende incluso los territorios actuales. Por ejemplo, hace doscientos años, días menos, cuando alcanzó su independencia de la Corona Española, su extensión territorial llegaba más allá de la ciudad de San Francisco, en California, hoy Estados Unidos. Y su pasado, me gusta imaginarlo como un exquisito mole: con raíces que se remontan a las poblaciones olmecas como las primeras grandes civilizaciones de la zona, y la herencia tanto teotihuacana como maya, con planificaciones urbanas que coquetean, con ingenio y maestría a la antigüedad con Grecia y Roma, en Europa. Ello, sumado a la fuerza cultural de trescientos años de vasallaje a la Corona Española traducido en la adaptación y sincretismo con los usos y costumbres del mundo árabe andaluz y la fe cristiana.

Por si aquello no fuera suficiente, condimentado con los aportes y esencia de los grupos migrantes que llegaron a esta tierra durante los siglos XIX y XX para convertir a México en su hogar. Así, si bien es cierto que todos los países poseen un bagaje cultural importante y que dota de identidad a su población, nuestro país puede posicionarse sin problema en el pódium de las grandes naciones, potencias culturales en el mundo, al lado de China o India, por ejemplo.

Lo cierto es que no tendríamos esta historia si no la hubiéramos vivido. Y con ello, menciono a la historia, a veces dolorosa, de la patria mexicana. Ser independiente ha sido una de las batallas más largas de nuestros antepasados, y no sólo me refiero a los 11 años de rebelión insurgente iniciada en 1810 con el cura Hidalgo, la estrategia militar de Allende, la inteligencia de Leona, los sentimientos de Morelos y la terquedad de Victoria y Guerrero, sino por justo los años siguientes al acta de independencia del Imperio Mexicano. El siglo XIX fue el escenario de constante invasiones y guerras internas en el doloroso proyecto de construir una nación: franceses y sus pasteles, la pérdida de Texas, la invasión norteamericana el hiriente 16 de septiembre con su bandera en la plaza principal de México, la guerra entre conservadores y liberales, la segunda intervención francesa y un efímero imperio hasta llegar, en 1867, a lo que los mexicanos de ese tiempo llamaron la Segunda Independencia de México o que, en términos contemporáneos, podría denominarse segunda transformación de nuestro país.

Se me antoja pensar que la modernidad ha sido la gran búsqueda mexicana después de haber alcanzado, por segunda vez, su independencia. Primero, con el ferrocarril, ese gran emblema que logró comunicar al país, pero también a su naciente industria durante las décadas finales del siglo antepasado. Surgía además una clase social que aspiraba a un estilo de vida con cocinas modernas, paseos en la alameda, flirteo en los cafés y desvelos con estudios profesionales. Consultorios médicos, sastres, profesoras, contadores, que comenzaban a mirar los grandes almacenes de hierro que llegaban al país, soñando con una moda que se dibujaba en las revistas viajantes desde el Puerto de Veracruz. Misma travesía que hizo circular las ideas sobre la regulación del trabajo, la repartición de la tierra y la estela de la democracia, irónicamente moviendo la veleta del tiempo hacia la primera revolución social del siglo XX, la nuestra, la mexicana.

Si hoy caminamos por las calles de México, recordaremos con añoranza la imagen de algo que sólo ha cobrado vida en los relatos de los abuelos sobre ciudades en crecimiento después de la guerra, muros llenos de color contando el pasado, teatros con historias de carcajada y damas de cintura pequeña caminando hacia sus trabajos con el recato de la buena sociedad. El campo se convirtió en la quimera de palabras hechas piedra en la voz de Juan Rulfo y las canciones de amor entre charros y mujeres de ojos grandes y rebozo para el corazón. Se dibujaba los trazos de esa modernidad entendida en un siglo cambiante, de guerras mundiales, de crecimiento industrial y museos que superaban a los grandes mausoleos de Europa y Estados Unidos. Un recuento con paradas dolorosas teñida de sangre por aquellos que perdimos con el paso de la juventud de una nación.

Llegar al siglo XXI mexicano, con dos transiciones de poder, una guerra mucho más mortal que la Revolución de 1910, la masacre sistemática de mujeres reflejada en los altos números de feminicidios, la violencia generalizada ante la crisis sanitaria y económica, con pobladores discutiendo entre medicamentos para niños con cáncer, vacunas para pequeños y poblados arrasados por el cambio climático, nos hace preguntarnos la dirección del relato de la Historia Mexicana. Entonces vuelvo a los colores, a lo que llamamos patria, al México que llevamos, como dice la canción, hasta la raíz. Somos afortunados de vivir en un país tan rico en recursos, clima y tradición; no lo digo como slogan sino como sobreviviente de la vida europea. Pero también somos corresponsables de lo que hacemos con ese capital cultural que nutrimos día a día gritando: un viva México, y también siendo honestos, trabajadores y cooperativos.

En el amanecer de doscientos años de independencia, en el recuerdo de 500 años de encuentro cultural y en la dimensión del tiempo que nos pertenece, ser mexicano es un orgullo que debe ganarse: por los que nos antecedieron, por los que caminan a nuestro lado y por aquellos que nos seguirán los pasos. Estoy convencida y no por ser 16 de septiembre, que si nos unimos tal como sucedió al caer la Ciudad de México en 1985 y 2017, no seremos águilas que se derrumban sino soldados que, en cada hijo, la Patria nos dio.