Atardecer

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Los espíritus de las mandarinas y el copal mueven las guías de papel picado y los farolillos, sentada en un pequeño banco de madera,  teje con rayos de sol y agujas la anciana del cabello nube, donde se guardan años de locura y cuento,  se miran aves miniatura volando entre los hilos blancos que forman el chongo nube.  Canta quedito el huapango de los muertos y cierra los párpados,  sus ojos también son nubes, pero dentro tiene paisajes de flores y flamas, de lagos y pequeñas embarcaciones tripuladas por pescadores de otros tiempos, grandes redes cayendo al agua como alas de insecto, también forman parte de ese paisaje.

La anciana esboza una sonrisa desdentada, la asimetría de su rostro ha hurtado la belleza del atardecer. Respiro profundamente intentando que esas aves minúsculas aniden en mi memoria,  no quiero olvidar la silueta encorvada de esa mujer,  ni sus manos misteriosas con anillos de plata y líneas de destino torcido igual que sus falanges.

En todos los rincones hay almas flotando, se huelen en el copal y se miran en los trozos de atardecer que caen en forma de motas de polvo. Camino casi flotando,  en estos días, todos casi flotamos, pero no lo notamos porque miramos poco y sentimos menos.

Pronto la tarde se convertirá en noche, pronto el cabello hará nube y las aves traerán cerca del oído, esa canción de los muertos.