Autoridad vacía

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En este país, con profunda vergüenza, hemos confundido el verbo servir con el verbo servirse. Los puestos de gobierno, las direcciones institucionales y las jefaturas organizacionales parecen diseñadas más como vitrinas de vanidad que como trincheras de responsabilidad. 

El horror educativo no está sólo en las aulas mal equipadas o en los programas improvisados, sino en la actitud de quienes deberían ser ejemplo de congruencia y terminan siendo caricatura de privilegios.

El servicio, ese acto elemental de generosidad hacia los demás, ha sido reemplazado por la exhibición grotesca de coches último modelo, relojes que valen más que un salario anual y prendas de diseñador como medallas estériles. 

La ironía es que muchos de estos personajes hablan de humildad en discursos, de empatía en conferencias y de vocación de servicio en entrevistas. Pero basta verlos salir de sus oficinas para descubrir que la congruencia se quedó atrapada en algún cajón de recuerdos; predican valores mientras se practica la soberbia, exigen austeridad mientras presumen abundancia, piden compromiso mientras se coleccionan privilegios.

Servir debería ser un acto de generosidad; no se trata de dar lo que sobra, sino de poner el talento, el tiempo y la energía al servicio de quienes más lo necesitan. Un director escolar que se preocupa por la formación integral de sus alumnos, un funcionario que entiende que cada decisión afecta vidas reales, un líder organizacional que sabe que detrás de cada colaborador hay una familia que depende de un salario justo. 

Eso es servir; lo demás es servirse, al usar el cargo como trampolín de ego, como escaparate de poder, como cajero automático de favores. Tristemente, esas personas se sienten poderosas y superiores, en todos su contextos, al grado de ser incapaces de devolver un buenos días de algún colega, algún vecino o personal de apoyo.

Lo peor, lo normalizamos, pues parece natural que el político viaje en camioneta blindada mientras habla de cercanía con el pueblo, nos parece natural que el jefe organice cursos de liderazgo empático mientras humilla a su equipo a la primera oportunidad.

La verdadera autoridad no necesita exhibirse, se reconoce en la coherencia entre lo que se piensa, se dice y lo que se hace, en la capacidad de escuchar sin soberbia, de decidir sin prepotencia, de actuar sin esperar aplausos. 

La autoridad auténtica se construye con humildad y empatía, no con coches ni con ropa. Y aquí está el reto: ¿cuántos líderes están dispuestos a renunciar a la vanidad para recuperar el sentido del servicio?

Cuando un funcionario se sirve del cargo, los ciudadanos entienden que la corrupción es parte del juego, cuando un líder institucional confunde autoridad con privilegio, los colaboradores aprenden que la obediencia se compra con miedo, no con respeto. 

Servir es un verbo incómodo porque exige renunciar a la tentación de la vanidad, a la comodidad de los privilegios, al placer de la incongruencia; en paralelo, es el único verbo que puede transformar la educación, la política y la vida institucional. 

Bien refería Aristóteles: Un estado es mejor gobernado por un hombre bueno que por unas buenas leyes.

Hoy, en nuestro amado México, hay muchos espacios con autoridad vacía. 

horroreseducativos@hotmail.com