BIENESTAR DIGITAL Y LA PRIVACIDAD
Una de las características de las últimas versiones de software de los teléfonos inteligentes es el
apartado de bienestar digital en el cual se logra observar el tiempo total que una persona utiliza el
dispositivo, desglosando a detalles las aplicaciones a las cuales se les dedica más tiempo, con lo
que el usuario está en posibilidad de reconocer y a la vez tomar consciencia del tiempo que está
dedicando exclusivamente al móvil.
No es necesario citar estudios para invocar como un hecho evidente el cambio conductual que el
uso de smartphones ha traído en las relaciones humanas, en el que dicho dispositivo se encuentra
presente en todos momentos y si somo s observadores en el cine como la fotografía de la
memoria colectiva, podremos observar con claridad nuestra vida antes y después de dicho
dispositivo, que aparentemente sólo ha incorporado nuevos patrones.
Sin embargo, esa memoria colectiva no refleja el principal espacio en el que dicho dispositivo tiene
su máximo potencial de aplicación en la individualidad y espacio particular de las personas,
quienes son los destinatarios y usuarios de los contenidos y aplicaciones que se encuentran
disponibles en estos aparatos.
Así, tampoco tardarán las estimaciones de los tiempos en los cuales las personas acceden a la
tecnología como parte de sus vidas, con la finalidad de empezar a medir desde capacidades físicas
hasta potencialidades de aplicación y de consumo del internet de las cosas, para lo cual es
necesario, saber el nivel de dependencia y necesidades tecnológicas, que prácticamente resultan
inevitables en un día cotidiano, en el que la tecnología está presente desde que te despiertas
hasta cuando te acuestas, e inclusive cuando duermes.
Esto debe diferenciarse a su vez del tiempo que destinamos a internet, que para este año el
estimado de conexión por día es cercano a las 8 horas y media, que sumadas a las 8 horas que se
dedica a un trabajo de oficina en el que se ocupa una computadora, y, el uso de un dispositivo
inteligente como un reloj, estaríamos completando un ciclo de 24 horas continuas conectados a la
tecnología, que sin importar de que se trata de máquinas inteligentes o bobas, representan que en
general la humanidad vive en un proceso continuo de transhumanización, es decir, de mejorar sus
capacidades más allá de lo que viene en el diseño original.
Sin embargo, si exploramos un poco más, el miedo que nos provoca la tecnología con relación a lo
humano, no es en sí un miedo a perder la humanidad, sino que las máquinas adquieran la esencia
transhumanista de la humanidad, y con ello, desplacen a nuestra raza por el impulso a una
subsistencia de las máquinas, y a partir de ahí, la inteligencia artificial se vuelve peligrosa no por su
capacidad de resolver problemas, sino por la gran posibilidad de que emule los pensamientos de
los seres humanos que hasta el momento han aprendido a prevalecer por encima de otros seres y
especies y que no resuelven el conflicto de ser desplazados.
En ese entendido, el transhumanismo es una característica humana a partir del concepto de
evolución que tiene diversas dimensiones en el ámbito físico, intelectual, sensible, moral y
espiritual, por lo que una simple cirugía, o el ejercicio de la ciencia, la búsqueda de la perfección, el
autoconocimiento y control o hasta la conexión con lo divino, no son sino los signos de un deseo
de llegar más allá que marcan fuertemente al transhumanismo, puesto que entonces, ¿en qué
podríamos distinguir las actitudes antes señaladas de consumir sustancias potenciadoras de
habilidades intelectuales o nontrópicos?, ¿el uso de implantes para una mejor audición o inclusive
para alargar la vida como los marcapasos?, ¿o la implantación de chips que nos permitan ser
localizables o que nos conecten con otros objetos?
Por ello, cuando las aplicaciones de bienestar digital se nos presentan como una especie de
semáforo sobre nuestro nivel de bienestar en función de qué tanto hemos exagerado o no con el
uso del smartphone, considero que se trata de indicadores que pudieran resultan engañosos en
función del parámetro de medición, ya que inclusive, el acceso a redes sociales constituye parte
del comportamiento adquirido de la sociedad en la actualidad.
Luego entonces, por qué cuando se hace referencia al “bienestar digital” viene a nuestra
consciencia un bálsamo instantáneo sobre una necesidad de descanso o de recuperación de un
estado deseable, que posiblemente no cuenta con relación directa con el uso de la tecnología o
con la preservación de nuestra naturaleza humana, ya que como hemos visto, el ser humano en un
estado de bienestar se encuentra en contacto con la tecnología todo el día y la transhumanización
es propia al humano, por lo que ese bálsamo del bienestar digital, también pareciera tener
relación con el cuidado del ámbito de nuestra privacidad.
Esto es así, puesto que empezando conceptualizar a la privacidad como el derecho a una mente
libre, el bienestar digital más bien debería asociarse a la capacidad de las personas de estar
confortables en su vida en equilibrio con sus contactos con la vida digital, en el entendido, de que
los tiempos y condiciones serán variables sobre el estadio en que se encuentre la sociedad,
constituirán únicamente variables en un momento y lugar determinados, pero que por su parte, la
privacidad, permanecerá como esa necesidad intangible de auto repararse en función de la
intensidad o permanencia de la exposición en medios digitales y no por el uso de los medios en sí.
Datos que sin duda serán relevantes para definir los límites y supuestos de protección en el ámbito
del derecho que permitan a las personas ese estado de bienestar conforme a sus propias
circunstancias, con lo que se puede reconocer desde la desconexión, la activación física, hasta la
moderación de contenidos o controles de entornos, que permitan que cada individuo en el ámbito
de su privacidad, obtenga los elementos necesarios para poder proseguir con sus actividades,
previo respiro que le mantenga en un estado de bienestar.
Hasta la próxima.

