BIOGRAFÍA EJEMPLAR

Views: 201

Revisar las biografías de nuestros mejores hombres y mujeres del siglo XIX debería ser tarea de la educación en el país. No es así. Y esto lo pagamos de manera severa al tener ciudadanos que ignoramos lo que las generaciones pasadas han hecho por fundar al país llamado México. Un país que a duras penas mantiene su democracia ante embates de las últimas décadas y hasta el presente, en que se han impuesto políticas ya neoliberales, o mesiánicas cuando lo ha permitido las circunstancias. Todo ello negativo para la patria, por lo que se hace más necesario pensar que si hablamos de don Valentín Gómez Farías o José María Luis Mora, yendo a esta cascada de hombres y mujeres que dejan huella hasta ya entrado el siglo XIX que les toca vivir.

Si hablamos de Benito Pablo Juárez García nos lleva como si fuera un Aleph a todos esos personajes que desde la educación están presentes: Gabino Barreda, Felipe Sánchez Solís, Justo Sierra, Vicente Riva Palacio, Ignacio Manuel Altamirano o los Institutos Liberales que destacaron en el nuevo país que nacía más allá de las reglas inquisitoriales del Alto Clero: Oaxaca, Zacatecas, Jalisco y Estado de México entre otros, así como en la ciudad de México; permiten crear nuevas propuestas alejadas del control férreo del clero, que hizo en época del coloniaje español su dominio oprobioso al juntar intereses del César, en lugar de preocuparse por la riqueza y vigor espiritual de un pueblo bueno y honesto. Biografías de Guillermo Prieto, Francisco Zarco, Juan Álvarez, Mariano Otero, Sebastián y Miguel Lerdo de Tejada, Justo Sierra, Manuel Acuña, José María Velasco, o Antonio López de Santa Anna –incluso bajo el estudio de Enrique González Pedrero, lo que permite ver al dictador, cual conservador y reflejo de lo que ha de ser el régimen porfirista, a finales del siglo XIX e inicios del XX–, el estudio  de estos grandes hombres y mujeres en la figura de Margarita Maza de Juárez, Laura Méndez de Cuenca, Rosario de la Peña Llerena, y tantas más, que en el siglo XIX estuvieron presentes con figuras como Josefa Ortiz de Domínguez y Leona Vicario, en el movimiento de Independencia, sin olvidar en tal evento a Gertrudis Bocanegra; y por otra parte, a la primera mujer que logra en la academia el título de Medicina Matilde P. Montoya Lafragua. Es decir, estudiar biografías ampliando más allá de una sola área cultural; en ese fin que dijera Jesús Reyes Heroles: el político e intelectual que más estudió el siglo liberal mexicano, por ello fue de otro porte como político y liberal: la actual clase política no llega en sus estudios ni a la revolución de 1910, como dejó en prueba el ejemplo de Carlos Salinas de Gortari, negando en el tiempo que fue presidente de la República que los ideales de la revolución todavía existieran. Por lo mismo, no es banal citar lo que dice Reyes Heroles en tema de obligación de los políticos de estudiar para ejercer el poder: El intelectual, por su parte, se abroquela frente al político con dos argumentos: la obligación que éste tiene de salvaguardar la pureza de las ideas, de ser intransigente en su persecución. Situado en el mundo etéreo de las ideas, el intelectual condena el más mínimo repliegue y el menor apartamiento de la totalidad de las ideas que el político profesa. Cuando éste recurre al gradualismo y evita acumular por su acción fuerzas y resistencias e intensificar su agresividad, el intelectual se cierra en la idea del todo o nada, y repliegues y acomodos le permiten ver al político como un hombre carente de posiciones doctrinales y que se exime ante las grandes opciones espirituales.

Leer, leer y más leer, eso dice Sor Juana Inés de la Cruz, una de las mayores sabias y lectoras del siglo XVII en nuestra patria. La historia enseña para no chocar con la misma piedra. Pero la ignorancia se encarga de que eso suceda una y otra vez. Leer biografías de individuos o de sus pueblos es obligación del ciudadano contemporáneo.

Leer la biografía de Vicente Riva Palacio es una delicia, por sus hechos que son el testamento político y cultural, que deja para que sepamos seguir su ejemplo, —o no lo hagamos porque resulta que quien deja su ‘testamento político’ se llaman Adolf Hitler, Benito Mussolini o José Stalin—. Todo testamento político en los políticos son sus obras. No el documento que como en el caso de Augusto Pinochet tiene que ver con la riqueza mal habida en la que la mayoría de su familia participa como socios de empresas dedicadas a la corrupción en propiedades materiales y de fortuna mal habida. Así sucede al revisar la biografía del dictador Francisco Franco, que hace que su familia termine pidiendo de manera vergonzosa que se le deje en el monumento que mando hacer para darse el espacio principal de un panteón que recuerda el triste momento de una Guerra Civil lidereada por Franco, en un principio y ligada a la Segunda Guerra Mundial por Hitler y Mussolini, siendo títere de tal empresa junto a generales golpistas contra la República española.

Tender los datos de un personaje como Vicente Riva Palacio y Guerrero, es un momento de gran lección pedagógica. En el libro publicado por Porrúa se dice: Nació en la ciudad de México el 16 de octubre de 1832; fue hijo de don Mariano Riva Palacio, abogado liberal a quien Maximiliano escogió como su defensor en Querétaro y nieto, por la línea materna, del general Vicente Guerrero. De linaje le viene, por lo mismo, ese espíritu de batalla que le ha de distinguir en el siglo bárbaro mexicano, en el que sólo hasta llegar la dictadura de Porfirio Díaz, fue posible apaciguar al país bajo el férreo puño de hierro de los jefes políticos que, en deshonesta alianza con el clero, caciques y hacendados de esas décadas de dictadura, permitió poner al pueblo de rodillas ante latrocinios y voraz sometimiento, hasta alcanzar fortunas y propiedades inimaginables. El texto de sus datos biográficos dice: Estudió en el Colegio de San Gregorio y se recibió de abogado en 1854. Fue diputado en 1856 y 1861. Al año siguiente, cuando la guerra de intervención, armó por su cuenta una guerrilla y tomó parte en varias acciones militares. Su labor en el trabajo legislativo, la participación militar en esos terribles años de la patria, le darían un seguro lugar para bien de la historia de México, pero sus labores van siempre cada vez más lejos. Es de recordar que: En 1863 fue nombrado gobernador del Estado de México y se estableció en Zitácuaro, plaza que al fin conservó contra el ataque de las fuerzas enemigas. Este hecho le da un espacio entre los gobernadores de la entidad mexiquense, son aquellos tiempos los que van definiendo los actuales límites geográficos que han de llevar a territorio mexiquense a un espacio que contrasta cuando en las primeras décadas del siglo decimonónico su territorio llegaba hasta Acapulco pasando por la actual Tixtla donde nace Ignacio Manuel Altamirano y la propia capital que hoy es Chilpancingo.

De igual manera los territorios sobre los cuales nacen estados como Morelos, Hidalgo o Tlaxcala. Tiempos telúricos. Su biografía recuerda: En 1865 fue nombrado gobernador del Estado de Michoacán, y a la muerte del general Arteaga quedó como general en jefe del Ejército del Centro. Jurista, político que recibe la encomienda de gobernar el estado de México y después el estado de Michoacán. Al leer estos datos de su vida, me viene la pregunta y a qué hora investiga sobre los libros de la Inquisición, o a qué horas escribe sus novelas, o a qué horas ha de participar creando periódicos que le han de dar fama, en particular el que lleva por título El Ahuizote. Leer biografías, es obligación cívica y posibilidad de fortalecer nuestro espíritu en principios buenos de la humanidad, todo ello a través del ejemplo de los bien nacidos para ser buenos con su patria, con su familia y consigo mismos.

Leo lo siguiente: Terminada la campaña de Michoacán entrega las tropas a su mando y organiza una nueva brigada con la que, después de sitiar y tomar la ciudad de Toluca, participa en el sitio de Querétaro (1867). A la caída del imperio de Maximiliano vuelve a la ciudad de México y renuncia al mando de tropas y al gobierno de Michoacán. Estos hechos, insisto, deberían de ser suficientes para recordarle como uno de los mejores liberales y reformistas del México independiente. Pero son muchos más los datos y hechos de su brillante vida.