Black Monday

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Hace unos días llegó un papel

a la oficina, nuevamente,

puntual como un segundero,

llevaba escrita su suerte.

¿A quien debe culpar por el envío;

a los bancos, a los jefes de Estado

al vulgar hijo de vecino?

Ha perdido todo cuanto había ganado,

ya no registra las cuentas vencidas

ni las sonrisas prodigadas a esclavos

que como ella lisonjean a los poderosos

que como ella, oran en silencio

y lloran después por los agravios.

La soledad es buena compañía

mientras no desenfunda la navaja

de la estupidez y la agonía.

Se negará a un buen médico,

–sólo quieren perjudicarte–,

a su malograda familia,

a sus mentirosas amigas.

Se negará con la última dignidad,

la del recuerdo de una niña

que nació tercera y última

sin saber a qué venía,

sin un propósito, sin garantía.

–Pueden venir por mí,

ya no ocupo esta silla.