Breve semblanza de una obra que no será comprendida

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El papa Francisco nos ha dejado la semana pasada y nadie termina de asimilarlo bien. Su legado ha sido inmenso y sumamente particular y, como siempre sucede, empezamos a darnos cuenta ahora que ya no está más con nosotros. Parece extraño, pero se siente ahora mismo en Occidente que hay un faro con la luz apagada que empezamos a extrañar y no sabemos muy bien de quién es esa luz. La comprensión y el reconocimiento de la diversidad religiosa es cada vez mayor e incluso los no religiosos viven realizados sabiendo que esto es así, pero nuevamente, no conocemos muy bien a los autores tanto intelectuales como políticos de este estado de plenitud en el que nos encontramos en algunas partes del mundo –y  quién sabe si uno de los más importantes– en  este proceso fue él mismo. 

Pero, como fuera, la partida del Papa ya no sólo apena a una gran parte del mundo, sino que lo preocupa profundamente. La aldea global, capturada como lo está ahora por el auge del fascismo, se siente consternada ante la muerte del pontífice argentino, porque se sabe que la emergencia de una figura similar en este contexto, es sumamente difícil. Anteriormente, la muerte del prelado no pasaba de una sobrecarga de ceremonia y protocolo que se podía resumir en una patada a la pobreza por parte del vaticano, y en una leve esperanza por algunos fieles y no creyentes en que la Iglesia podía reformarse de una forma u otra, casi siempre caracterizada por ser muy tenue y estar cargada de una desazón a priori, por no esperar nada para evitar la decepción. 

Y ahora; sin embargo, no sólo nos sentimos perdidos sin él, sino que vemos lo construido por Francisco, ahora sí, con la perspectiva suficiente como valorarlo. El efecto que provocan, no estos muros, sino estos sólidos puentes, es paradójico, porque lo hecho lo está con una rigidez propia del trabajo apasionado, y; sin embargo, una tarea así nos amedrenta, porque no será fácil continuarla y mucho menos igualarla en el contexto antes mencionado. No está tan relacionado con aquello sobre lo que nos pronunciamos aquí criticar este contexto, pero, aludirlo se me hace profundamente necesario por un asunto fundamental: es él mismo el que hará que la aldea global del pensamiento conservador que Francisco tanto se esforzó por combatir, convierta sus puentes en muros y sus avances en atrasos.

 

Esto nos obliga, pues, a aceptar algo, de momento, por muy doloroso que sea: la obra de Francisco, aún con todo su honor y su enjundia, será nada más comprendida con los años, gracias a la perspectiva que nos dará el arrepentirnos de haber comprado bulos sobre ella, y cuando sus obras no sean más que ruinas. Como una imagen de lo que fue una civilización en esplendor, que se debe volver a construir sobre una imagen de lo que un día fue.