Carlos Fuentes debió ser Premio Nobel

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Los que ya dominaba en 1975 —por lo menos 13 en ese entonces— los hablaba y leía a diario con los montones de textos que en su mesa de noche, en su cuarto de dormir (lo que era un decir porque casi no dormía este genio) se apilaban para ser estudiados. Hablar muchos idiomas, decía, para que tengas el placer de leer a los autores en la lengua en que escribieron sus libros. Ese sí es el gran placer del conocimiento me decía.

 

Desde entonces sé que leer el español en los autores de mi idioma, a poetas como José Emilio Pacheco o Jaime Sabines, sin necesidad de traducción, es una enorme oportunidad de conocer y gozar mi propio idioma. Y para el Canon de Carlos Fuentes, los libros están citados de manera clara y concreta; Los pasos perdidos del cubano Alejo Carpentier, nos enseña que quien habla el español no se puede circunscribir a un solo país. Y lo vemos porque las antologías famosas de nuestro idioma si bien hablan de un país en buena cantidad de casos, resulta necesario saber de quienes han forjado nuestro idioma que hoy llamamos hispanoamericano.

 

Rayuela, es otro libro en el que argentina se hace presente con el mítico Julio Cortázar. Me pregunto qué cosa sintió y pensó Carlos Fuentes al dar los 11 libros que él cita como ejemplo de lo clásico para el siglo XX latinoamericano. No puede faltar el colombiano Gabriel García Márquez con su clásico Cien años de soledad, que prosiguiendo ese realismo mágico de la década de los 50’, con Pedro Páramo, fortalece Juan Rulfo, al que por cierto cita Fuentes entre sus libros favoritos.

 

El barroco está presente con la obra de otro cubano, José Lezama Lima Paradiso, y Noticias del imperio del mexicano Fernando del Paso. Es una lista de autores de diversos países, pues por ejemplo cita Yo el supremo del paraguayo Augusto Roa Bastos; o al uruguayo Juan Carlos Onetti con su obra La vida breve. Libros que debemos leer, pues nuestro novelista mexicano nos da una guía muy clara del por qué debemos de leer estos materiales que son aportación no sólo espiritual y escénica de nuestra realidad e imaginería, sino aportación esencial para comprender el alma latinoamericana.

 

Dos obras más son muestra de ello, el recién ganador del premio Nobel, el peruano Mario Vargas Llosa con su texto Conversaciones en La Catedral, en ese reconocimiento, más allá de las diferencias ideológicas o políticas. Recordemos que el peruano estuvo a favor de Bush y compañía en la guerra contra el Irak, al grado que fue a hacer un papelón pidiendo audiencia a los invasores en el país bombardeado, mientras Carlos Fuentes andaba en el país imperial diciendo a su juventud, al visitar universidades de USA, para que se opusieran a dicha guerra criminal que ha dejado en la pobreza económica a Estados Unidos, como lo acabamos de leer en las notas de Obama contra el Congreso hace unas semanas.

 

Santa Evita del argentino Tomás Eloy Martínez, es el onceavo libro que nos presenta el autor mexicano. En otras palabras, dos premios Nobel: García Márquez y Vargas Llosa, y otros autores que aparecen que bien lo hubieran merecido con mucho, como Borges o José Lezama Lima. Es en otras palabras, una lectura, la del Canon de Fuentes un sendero que debemos de estudiar para tratar de comprender a quien también merece ya el Nobel de Literatura sin duda alguna, para el bien de México y de las letras hispanoamericanas. Al tiempo.

 

Leer es la mejor forma de aprender en cabeza ajena. La muestra de la inteligencia está en ello. Por eso es muy importante desde pequeño que se tenga un libro en la mano. Bien se que es tarea de los padres de familia. En mi recuerdo a Buenos Aires en el año de 2018, veía con tristeza que los habitantes de esa hermosa ciudad se alegraban mucho cuando se les da en mano un libro y lo toman con el mayor afecto. Cosa que no sucede en nuestro país donde el libro es menos que nada.

 

Bueno, pues la lectura del Canon que Carlos Fuentes nos dejó al morir, es muestra de que en él tuvimos a un hombre excepcional que escribió novelas que bien representan el México que nació de la época posrevolucionaria. Esta generación no sólo abarcó México, sino toda Latinoamérica.