Casa Sola

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Aquí estoy, tumbado en el suelo. Me caí, y parece que a nadie le importa, más bien nadie me escucha. Recuerdo muy bien cuando nos casamos, empezamos nuestro sueño juntos, primero vivimos con sus papás unos meses, después rentando un cuartito en una módica colonia en las afueras de la ciudad, ella, mi esposa, se unió a mí con los ojos cerrados, pero con la fe puesta muy en alto de que lograríamos un patrimonio juntos. Veníamos de vivir con sus papás, aunque siempre nos trataron bien, no hay nada como tener una casa para los dos, por eso mi abuela solía decir casa/dos, supongo que es un juego de palabras refiriéndose a que los casados necesitan tener un lugar propio, si no propio propiamente dicho, sí apartado, aunque sea rentado, y es por eso que convencí a mi mujer de rentar un cuarto en las afueras de la ciudad en los suburbios.

Era una casa de un piso, un baño, no teníamos cama, empezamos con un colchón, y unas sillas de plástico de los de taquería, como comedor. Recuerdo que mi esposa en ese entonces tenía sólo dos pares de zapatos. Llegó nuestro primer hijo, vinieron los gastos de pediatra, medicina, pañales y angustias; se enfermó. Los primeros días no veíamos la luz. Recuerdo ahora, aquella vez que me dieron el aguinaldo llegué a la casa y le dije a mi mujer, agarra al chamaco y vamos a comprarte unos buenos zapatos que buena falta te hacen. Nos fuimos en camión, no teníamos auto. 

El tiempo pasó y con mucho esfuerzo pudimos comprarnos un auto de segundo uso, de esos japoneses que salen buenos para la batalla, el día a día, así yo ya me iba a trabajar, mi esposa se quedaba en casa cuidando a nuestros dos hijos, ya nos habíamos acomodado a nuestra dinámica. 

Con los niños ya grandes mi esposa tuvo la idea de regresar a trabajar, donde le daban facilidades de horario, pues salía prácticamente a las cuatro de la tarde, así que los niños se quedaban con sus abuelos mientras ella y yo estábamos en el trabajo. Ella pasaba a recogerlos por la tarde y a hacer tareas y diferentes actividades, ya había mejorado nuestra situación y habíamos comprado una casa de interés social que sacamos a crédito a treinta años. También compramos un automóvil nuevo, de agencia, aunque seguíamos conservando el anterior; mi esposa lo usaba para ir a su trabajo y recoger a los niños.   

Tiempo después pudimos comprar otro auto, nuevecito, salido de agencia, fue que decidimos vender o más bien deshacernos del usado. Vimos la oportunidad de un terreno y lo adquirimos, empezamos a construir nuestra casa ahora sí a nuestro gusto, aunque los hijos estaban ya en la preparatoria. 

Durante la preparatoria, la casa ya estaba habitable, pero por ejemplo no teníamos cocina todavía, faltaban colocar las puertas y algunos pisos. Pero por lo menos mis hijos ya tenían cada uno su recámara y una de gran espacio. Mi esposa y yo estábamos por estrenar una habitación con un gran vestidor y un baño con jacuzzi.  

La Universidad. Los gastos complicaron que la casa estuviera terminada, aun así pudimos mandar a los hijos a hacer semestres y prácticas en el extranjero. Cada uno con su automóvil. Cuatro en total, a saber: mi esposa, mis dos hijos y yo. Pero la casa seguía sin concluirse; el jacuzzi seguía esperando ser ubicado, teníamos el espacio, pero faltaba el aparato.

Terminaron de estudiar mis hijos. Siempre quise que viviéramos en una casa grande, amplia, bonita y espaciosa. Consiguieron trabajos fuera, empezaron a ayudarnos económicamente, ahora sí la casa ya podía ver su terminación y quedar muy bella y acogedora, pero ¿para quién?

Mis hijos no viven aquí, cada uno ya ha hecho su vida, el jacuzzi apenas tiene una semana que fue terminado de instalar, pero no lo hemos podido usar porque me aquejan unos problemas de salud que me impiden subir escaleras, es por eso que tuvimos que improvisar un cuarto en la planta baja. Mi esposa y yo nos enojamos, ella está en la planta de arriba, ¡en el tercer piso! Ya casi no oye, y también tiene problemas de movilidad, aunado a nuestro sobrepeso, nos es difícil movernos. 

Así que aquí estoy, tirado en el piso de mi improvisada habitación, inútil son los intentos de gritos que salen de mi boca, ya que la televisión está a alto volumen y mi esposa no puede oírme. Mis hijos no están en la ciudad, y no alcanzo mi teléfono celular que está en el buró junto a la cama. 

Gastamos toda nuestra vida y toda nuestra salud en construir una casa que no se va a habitar. Seguramente nuestros hijos la venderán y se repartirán el dinero a mitades, si es que no la dejan en el abandono ya que sus múltiples ocupaciones les impedirán poner atención en este inútil… inmueble.