¿Causas perdidas?

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En muchos hogares e instituciones educativas se hacen grandes esfuerzos por apoyar a las nuevas generaciones en la búsqueda de retos que les permitan orientar su ruta de vida de manera positiva.

Tirar la toalla no es opción, porque en eso radica la mayor fortaleza de padres y educadores; siempre buscar el lado positivo, nunca cejar en el esfuerzo y hacer lo necesario para evitar que los niños y jóvenes prosigan en su camino formativo.

Siempre he pensado que cuando existe algún alumno problemático, lo más sencillo (sucede con cierta frecuencia) es sancionarlo sin análisis de por medio; la estigmatización que existe no permite pensar con claridad y se asume que no hay mucho por hacer y que es preferible pensar en una suspensión o incluso la expulsión.

¿De verdad eso debemos creer?, aunque la respuesta tendría que ser un contundente no, es lamentable observar como muchos padres de familia y espacios educativos, por su propia omisión, han ido preparando a sus hijos para la inacción, para después deslindarse de eso que, ellos mismos, han provocado.

Me explico, personas que se quejan amargamente porque sus bendecidos hijos no realizan actividad alguna, no tienen hábitos, no respetan horarios y son incapaces de apoyar en lo absoluto en labores domésticas. Ante los hechos, prefieren asumir una postura indiferente, reconociendo que se trata de causas perdidas, dejándolos hacer y deshacer porque no encuentran sentido en buscar una salida positiva.

Estas conductas resultan, no sólo omisas, sino en el fondo perversas, ¿en dónde quedan los compromisos?, ¿qué sucedió con el seguimiento permanente que debería darse?

Luego descubrimos que esa conducta que tanto problema causa, ha sido aprendida porque con el paso del tiempo, el progenitor nunca ha llegado temprano a su trabajo, jamás ha establecido reglas claras y suele, con bastante regularidad, abandonar su casa porque tiene cosas más importantes que hacer, como por ejemplo irse a un festejo con los amigos.

Entonces, ¿quién es la causa perdida?

Del lado de las escuelas, espacios que en aras de no tener problemas con los padres de familia, acaban dándoles un poder excesivo, y renunciando a su labor formativa. Me parece que hay condiciones que no son negociables; el cumplimiento de los reglamentos disciplinarios es obligado, cada una de las cláusulas tiene una razón de ser y no puede someterse al escrutinio de nadie y mucho menos por andar de queda bien.

Cuando se flexibiliza una norma, después será complicado en extremo tratar de retomar el rumbo, versa el adagio que costumbres se hacen leyes, y con el tiempo, buscar reorientar los procesos será visto con malos ojos, aunque de facto exista razón para hacerlo.

Sembramos lo que cosechamos, y un colegio es tan fuerte como la calidad de sus egresados; de la misma manera, éxitos o fracasos de los hijos, son éxitos o fracasos de los padres.

No hay causas perdidas, más bien niños y jóvenes desatendidos; ¿hasta cuándo entenderemos que es importante estar con ellos?

Nos vamos por la fácil, culpando al otro de nuestras fallas, aunque ese otro sea nuestra supuesta razón de ser.

horroreseducativos@hotmail.com