Caza en Rio Verde

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En cuanto pisé la tierra prometida en estas vacaciones, la tierra de mis abuelos, una de las primeras preguntas que escuché a manera de saludo, fue si no había traído ya mi novela al pueblo para regalárselas, según esto, que porque habían visto la noticia en el Face y les había dado gusto. La pregunta me tomó por sorpresa y casi puedo asegurar que cuando esto sucede, lo que se diga, puede ser tomado como una grosería, pues uno no sabe bien que se debe decir en esos ratos. La cortesía tiene siempre algo de falsedad y la evito a toda costa.

Las preguntas en cuanto a mi carrera literaria aún me abochornan. No me siento cómodo hablando de ella, mucho menos frente a mi familia, pues no creo que sea algo importante de lo que se tenga que hablar.

Estar en el rancho es fabuloso; sin embargo, luego de unos días te comienzas a sentir, otra vez, como un extranjero en casa. Primero, por la costumbre urbana y luego, por los 32 grados y la manada de moscos y moscas que me aporrean la paciencia. Entonces, aunque el rancho y  yo nos saludamos con euforia, pronto no tenemos mucho de qué hablar y ronda el incómodo silencio entre los dos.

Vine junto con mi madre por la fiesta de los 50 años del tío Nacho y de paso, para darle una vuelta a la abuela que aunque se queja, afortunadamente aquí sigue con sus dedos de chicharrón y su ojito izquierdo a media vela. Gozamos entonces de una fiesta fregona en que se comió barbacoa tapada en hoyo la noche previa, se bebió cerveza hasta la saciedad y se escucharon los corridos de antaño con el conjunto que toca y toca y no descansa, un buen huapango.

En mi columna anterior, mencionaba cómo en estos tiempos coger un libro se convierte para muchos en un gesto agresivo. Algo así. Demás está mencionar las muchas veces en que en la cantina, en el trabajo o en una reunión he escuchado: he visto que lees mucho, y a la vuelta de la esquina, pasado todo por el yugo del alcohol, la declaración se convierte en un: tú te crees muy chingón por leer mucho.

He de decir que cuando esto pasa, y luego de tirar unas cuantas palabras en afrenta a la vulgar hostilidad, queda en el cuerpo un dejo de desolación, pues en verdad crees que estás conociendo a alguien y no siendo sometido a una difícil prueba en que todos los argumentos que ofreces caen en el abismo del simplón, es que siempre quieres tener la razón.

Por eso se anda con pies de plomo incluso entre las personas que se ama y que precisamente porque te preocupan, te dejas llevar, espantas las moscas y prefieres hundirte en la sabrosa platica y los chistes lejos de las pasiones que rodean la soledad del bien-estar.

Pero algo cambió. Mucho ayudó Kevin Wilson y La familia Fang que es una novela ingeniosa y ágil. Encontré el momento preciso para salir a leer después del baño refrescante de la medianoche, y al levantar los ojos bajo las luces de la vieja hacienda, ahí estaba la poesía. Se escuchaban a lo lejos los corridos, yacían por doquier las sombras de la madrugada que se apretaban una a una convirtiendo el sitio  en pueblo fantasma, y tuve el deseo de leer un buen poema.

El aroma de la poesía me llevó a preguntarme si había en el rancho o en la ciudad algo de literatura local. Lo que hice cuando llegué a casa de la abuela, fue buscar alguna librería. Aparecieron cuatro, todas en el centro de Rio Verde, San Luis Potosí. Mi plan estaba hecho: saldría a la mañana siguiente por algún libro que en algo, aunque sea un poco, me hiciera acercar a lo que de este lado del país se hace o se lee y empatarlo con esos exclusivos momentos de paz nocturnos.

Atravesaría los 10 km que alejan el rancho del centro, pero para mi sorpresa, la tía Rosa, la tía Chepa, el tío Nacho y mi madre, tuvieron una idea parecida para hacerse del recaudo e ir al centro de Rio Verde, así que juntos trepamos a la combi y nos separamos a la hora del almuerzo.

Me decepcioné un tanto, pues aquella primera librería que pisé, no era más que una papelería con regalos, ropa y un par de muebles con libros de lo más visto en todas partes. Mucho de ellos no eran otra cosa que recetarios y autoayudas. Sudaba a mares. El talante del sol chocaba seco en mi frente helada. Casi me iba, pero volví los pasos para preguntarle a la encargada por otro sitio. Dijo que no. Le pregunté por la casa de cultura y aunque no sabía bien de qué hablaba, me dio santo y seña (que no entendí) de ella, pero dijo con un desdén simpático: pero ahí sólo va a encontrar cosas de lo que hace la gente de por aquí.

Creo que todos comenzamos con esos prejuicios, y de todos modos, sus palabras retumbaban en mi cabeza. Cuando llegué a la marisquería, ninguno de la comitiva había comido nada, incluso llegué a tiempo para ordenar. Comí un coctel de camarones insípido y luego la tía Chepa preguntó si había encontrado lo que buscaba. Dije que no. La tía Rosa dijo que buscaba muchachas, y aunque era cierto que había visto a las más hermosa en mucho tiempo, me atreví a decir que no, que buscaba libros.

Aquel silencio se presentó brevemente. Nadie dijo nada. Apreté los labios como jugando como un niño y me atreví a preguntar, ¿dónde está la casa de la cultura? Y fue la tía Chepa la que entonces sí me dio santo y seña. Terminado el almuerzo, volví a la caza de aquello que tan sólo unas horas atrás ignoraba que buscaba.

Nos separamos en el centro, me dijeron que andarían por allá por las paletas de hielo y me fui dos cuadras al sur de Rio Verde para encontrar pronto la casa de cultura. De nuevo los anaqueles decían muy poco, el acervo era triste, pero me dieron un par de souvenirs, dos libros: uno de entrevistas con unos huapangueros y uno de pintura.

Era algo, pero no era lo que quería. Casi me marchaba, cuando regresé el cuerpo y me atrevía a presentarme y decir qué era lo que buscaba específicamente. El sujeto me dio una sonrió. Se zafó un poco de su papel burocrático, cogió el libro que tenía entre las manos y me dio santo y seña nuevamente de la casa de María de los Ángeles Ramírez d’ Abbadie, mujer generosa y poseedora de buena parte de la cultura en todo Rio Verde que para buena suerte mía, vivía a otras dos cuadras de donde estaba.

Ya no tardé en mandar de regreso al rancho a la comitiva, de encontrar a la longeva escritora, sería un buen rato el que estaría con ella. Nos separamos y en cuanto llegué a la casa de la señorita Abbadie, obtuve mi recompensa. Fue ella misma quien abrió la puerta. Me presenté torpemente y asombrosamente y de la nada, me invitó a pasar. Le dije, estoy aquí por su literatura y sólo eso bastó para pasarme al recibidor tan fresco como una alberca coronado por un nacimiento de unos tres metros de madera forjado por sus propias manos, y uno a uno, de los estantes, bajó su producción literaria que data de principios de los 50.

Tanto de los momentos hermosos al lado de mi familia, como de las casi dos horas al lado de la señorita de 91 años, queda para un espacio de otra extensión o estilo. Basta decir que en palabras de la autora de Sotanas y capotes, Televisa intentó comprarle el argumento de su novela para una película del cine de oro por 40,000 pesos, pero ella se negó porque no quiso que le manosearan a sus personajes que se vuelven como hijos.

Me dio un paseo por su casa como lo que somos, paisanos. Hablamos y aunque yo estaba dispuesto a pagar de acuerdo a mi presupuesto por la mejor de sus novelas, me regaló los 7 libros que comprenden su obra tan sólo, dijo, por el gusto de habernos conocido y que sus historias navegasen otros lares. En retribución, prometí traerle mi novela cuando ésta salga. Por lo pronto, ya siento el deseo de que algo me guste por el puro capricho de admirar al artista antes, como me pasó con Ray Charles, Dylan o Marley.

Pocas veces el pecho me había palpitado así de recio, como decimos acá, y lo mejor fue que, cuando la sonrisa de la señorita Abbadie se clausuraba dentro de su hermosa casa llena de arte e historia, recibí el mensaje de la tía Rosa, pues de todos modos, como una familia, me estaban esperando antes de tomar la combi para volver al pueblo: m’hijo, lo estamos esperando.

Ya en casa, les platiqué un poquito de esa historia, de nuestra historia y de la nada se armaron unos seises de cervezas y hasta resultó que el tío Pablo, con sus casi 86 años, fue extra en una película de Mario Almada. Pero, como dije, de eso hay tela y tiempo para contarlo en otro lado.

La suerte quiso que este texto se escribiera en casa de la tía Sandra, quien fue la que me preguntó por la novela al llegar, pues no encontré un ciber abierto y casi de casualidad llegué a su casa. Por lo pronto, ya esperan unas enchiladas potosinas de la tía Lupe, unos cueros en vinagre de los que me declaro adicto y una chela bien helada.