Cómo la Covid-19 puede hacer que nos replanteemos la importancia de la salud mental
Los sueños empiezan a aparecer una semana tras el inicio del confinamiento. Un vuelo a Shanghái que despega sin mí aunque me pegue la carrera de mi vida por la terminal, un grupo de gladiadores que entrena en el coliseo mientras una profesora que tuve en la universidad y yo los miramos en silencio desde las sombras… Los sueños irradian vida por los cuatro costados, pero cuando me despierto en mi casa de Brooklyn ya no sé si estamos en el día siete, el nueve, o el cuarenta y siete desde que empezó el confinamiento. Ya no sé ni dónde estoy.
Aún así me siento afortunada de pensar que toda la mella que ha podido hacer el coronavirus en mi salud mental sea esa. Bueno, esa y la de echarme a llorar locamente de vez en cuando. Y una crisis existencial que sigo arrastrando a día de hoy.
El hecho de que a veces nos preguntemos si tenemos derecho a sentirnos mal no es tan absurdo como parece, sobre todo porque la depresión no distingue entre personas que creen en ella y los que no. Lo que sí cambia, entre unos y otros, es la manera de sentir ese malestar y de volver a ser nosotros mismos. Será que, como sociedad, nos hemos permitido un periodo de dolor que podemos compartir en voz alta. Puede ser que yo y mi circunstancia vivamos en un ambiente proclive a ello, pero, sinceramente, ese afán por compartir cómo llevamos el confinamiento, cómo nos sentimos, puede verse claro y cristalino en cualquier conversación que estemos teniendo estos días por videoconferencia. Queremos saber cómo lo vamos llevando.
Muchas de las personas que ya estaban yendo a terapia han podido continuar a través de plataformas de videoconferencia. Otras han recurrido a aplicaciones de terapia en línea como Talkspace, que ha visto un aumento sin precedentes en el número de usuarios desde que empezara la pandemia. Aun así, hay quien ve los esfuerzos bienintencionados de tanta gente como un parche que cubre un problema mayor, uno que va a necesitar medidas mucho más contundentes que las que estamos presenciando hasta la fecha.
A pocos sorprende, a estas alturas de la vida, que la salud mental no sea una prioridad para muchos. Si bien en algunos países como el Reino Unido ir a terapia es gratis, en el caso de Estados Unidos, por ejemplo, la asistencia psicológica es prohibitiva en la mayoría de los casos, y el número de terapias experimentales que cubren los seguros médicos, generalmente más caras, es prácticamente inexistente. Parece que la atención psicológica de calidad está solo al alcance de los ricos o de unos pocos afortunados que tienen no solo la posibilidad de iniciar una terapia sino también el tiempo para hacerlo. Se calcula que la depresión tiene un impacto en la economía global de un billón de dólares al año, lo cual no es tan dramático para la economía como para el conjunto de personas que la sufren, cuyo dolor parece medirse aritméticamente por las pérdidas de producción que generan.
Los expertos ya están advirtiéndonos de que el desempleo que está generando esta pandemia desembocará en mayores tasas de adicción al alcohol o las drogas, depresión y suicidios. De hecho, un estudio que se llevó a cabo durante la recesión que nos golpeó entre 2007 y 2009 puso de manifiesto que un aumento del 1% en la tasa de desempleo tenía como consecuencia el aumento en la tasa de suicidios de un 1.6%, una amenaza tangible que, con la misma virulencia que el coronavirus, se cierne sobre muchos países que han visto aumentar sus tasas de desempleo hasta llegar a cifras de doble dígito.
La Covid-19 está haciendo que afloren a la superficie problemas (violencia doméstica, adicciones, personas que viven bajo el umbral más absoluto de la pobreza, racismo exacerbado) que no nos son ajenos pero que, a raíz de la pandemia, están reclamando una respuesta contundente por nuestra parte. Porque, seamos francos, mientras no pongamos freno a todo aquello que nos genera ansiedad y problemas psicológicos, toda la terapia del mundo, las iniciativas que luchan por la atención psicológica de las personas y los mensajes que recibimos a diestro y siniestro de que tenemos que enfrentarnos a nuestros problemas y alzar la voz cuando no estamos bien, no valdrán de nada. Será como ponerle una curita a un brazo roto, porque lo que se necesita es un cambio generalizado, permanente, que nos ponga cara a cara con los problemas de salud mental de las personas y nos obligue a actuar de manera contundente.
La Covid-19 nos ha empujado a un cambio de mentalidad, a emprender acciones nunca vistas, como el mismo confinamiento, para impedir que el virus se propague. Queda claro que los gobiernos actúan cuando hay una amenaza física palpable. Lo que se necesita ahora es esa misma contundencia para lidiar con la salud mental de las personas, un acuerdo colectivo de mínimos bajo los cuales ningún ser humano debería vivir. Si existen leyes para salvaguardar la integridad física de las personas, ¿por qué no las hay para salvaguardar su integridad mental? Para acabar con el estigma de las enfermedades mentales primero tenemos que poner todos estos temas sobre la mesa.

