¿Cómo se mira un milagro? III
Esta semana nos abocamos a terminar la serie de columnas abocadas a esbozar, someramente, la riqueza de aspectos filosóficos implícitos en las que, llamamos, experiencias milagrosas. En la última oportunidad nos habíamos preocupado por hacer explícito el contrasentido que implicaba intentar explicar un milagro, qué se lograba, aun así, con esto, y finalmente, de donde nacía este impulso tan humano. Quedó generalmente claro que las tres preguntas guardaban un cierto sentido de correspondencia que finalmente nos llevaba a que acercarnos así a este tipo de fenómenos era algo muy humano, pero finalmente insuficiente, y con esto, se abría la pregunta que nos ocupa hoy: satisfecha nuestra necesidad interior de darle una explicación a aquello ‘milagroso’, ¿está acaso comprendido ‘el problema por el problema’, o más bien están resueltas nuestras inquietudes?
A la anterior pregunta, Wittgenstein respondería que lo único resuelto en aquel acercamiento a este tipo de fenómenos es la extrañeza que nos causan, pero ni mucho menos la posibilidad de adentrarnos en la riqueza de su parte inefable. El lugar del que nace el problema se encuentra más allá de la formalidad de nuestros conceptos, y más bien, pareciera estar en nuestro interior, a su parecer. Pues es a partir de ahí que, en lugar de un mero sesgo, se hace presente una filtración de nuestras formas de vida hacia los conceptos con los que nos acercamos a los fenómenos religiosos que trascienden nuestros criterios más asentados; que es, pues, lo que termina provocando que veamos atraso o pseudociencia donde en realidad sólo hay expresiones distintas de la vida humana.
Por aquél término tan aparentemente sencillo, el de ‘forma de vida’, es que pasa esta reconexión con lo realmente importante de este tipo de formas de expresarse frente al mundo, cuya riqueza pasa justamente por no enclaustrar sus contenidos en preceptos de corte ni formal ni causal. Acercarnos a ‘la forma de vida del creyente’ es, pues, una manera de iluminar todos los rostros ocultos que por medio de un lenguaje científico no podemos captar de ninguna manera en este tipo de experiencias. Este tipo de lenguaje, de por sí, es incapaz de hacer resonar nada dentro de nosotros mismos y decirnos más cosas sobre quien enuncia aquella forma de ver el mundo que ansiamos comprender. Un lenguaje descriptivo, por el contrario, activas fibras sensibles que todos compartimos y que son, pueden llevarnos a nuevos niveles de comprensión.
Entonces, cuando captamos la profundidad y el significado de una forma de vida religiosa o mágica, en el fondo, si somos capaces de percatarnos, hacemos una suerte de reminiscencia en la que volvemos a un estado de conciencia que ahora llamamos primitivo, pero que esconde una forma de conocimiento no tradicional de un gran poder, que se caracteriza por estar libre de todo el aparato conceptual que suele revestir nuestros razonamientos, y por dejarse avasallar por la belleza de la conformación pura del mundo al hablar sobre él.
Y es justamente a este respecto, que la posición de Wittgenstein se luce y nos permite quedarnos con el problema no solucionado sino abierto a la riqueza particular de todos los contextos en los que se presente. Porque no sólo nos hace entender desde adentro hacia afuera las inconveniencias de explicar un milagro, sino que da un sentido renovado a nuestro ‘asombro’, pues estas sensaciones que nos invaden al transmitir este tipo de experiencias descriptivamente, supone no nada más una conexión con las intenciones de las comunidades que antes se escondían bajo una capa impenetrable de oscuridad; sino que además, es uno de sus argumentos principales con los que pretende sugerirnos la potencia de su mirada, porque la prueba más fiable de ella, finalmente, es que resuena siempre dentro de nosotros mismos, al margen de nuestras convicciones.

