Consecuencias catastróficas

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En la sociedad moderna del hoy, hay padres que creen que educar es evitar el conflicto. Que amar es permitir. Que respetar es no corregir. Y así, en nombre de una falsa libertad, están criando generaciones de adultos que no lo son.

Porque cuando un hijo llega a los veinte años y aún se levanta a la hora que quiere, sin responsabilidades claras, sin metas, sin disciplina, no estamos frente a un joven libre, estamos frente a un fracaso educativo; el de un adulto infantilizado que simula hacer, pero no produce, que habla de proyectos, pero no concreta, que exige respeto, pero no lo ha construido.

Y ese fracaso no es casual. Es el resultado directo de años de permisividad, de padres que no dijeron no cuando debían, que negociaron lo innegociable, que cedieron por cansancio, por culpa o por miedo a no ser queridos.

Pero el amor no es complacencia; el amor verdadero educa, corrige, incomoda. Poner límites no es violencia: es prevención, es formar carácter, es enseñar que la vida no espera, que el mundo no se adapta a tus caprichos, que la adultez exige más que deseos: exige acción.

Cuando no se ponen límites, las consecuencias son catastróficas; hijos que no saben trabajar en equipo porque nunca se les exigió respeto, jóvenes que abandonan compromisos porque nunca enfrentaron consecuencias, adultos que viven en casa como huéspedes, sin aportar, sin construir, sin madurar, personas que confunden autoestima con arrogancia, libertad con evasión, y derechos con privilegios.

Y lo peor: padres que, al ver el resultado, se preguntan ¿en qué fallamos? cuando la respuesta estuvo siempre frente a ellos: fallaron al no formar, al no incomodar, al no educar con firmeza.

Educar no es criar mascotas emocionales; es formar seres humanos capaces de enfrentar la vida con dignidad, esfuerzo y responsabilidad. Porque si no se les enseña a levantarse temprano, a cumplir lo que prometen, a respetar lo que se les da… entonces se les está enseñando a fracasar.

No nos podemos escudar en el trillado ya están grandes, si ese hijo o hija vive debajo del techo de los padres debe circunscribirse a reglas, y los progenitores tienen todo el derecho a exigirles a que cumplan con sus compromisos, ya sea escuela, labores en casa o trabajo. No hacerlo es tanto como convertise en cómplices de esa conducta. 

Y ese fracaso, aunque llegue disfrazado de libertad, es irreversible; el mundo no espera, no perdona, no educa. Eso es tarea de los padres y si no se hace a tiempo, el precio lo pagan todos.

Con gran tristeza hay que asumirlo,  el miedo a traumatizar ha superado el compromiso de educar, donde muchos padres, en su afán de ser amigos de sus hijos, han renunciado al rol más esencial: el de formar seres humanos capaces de convivir, respetar y asumir responsabilidades.

Hoy, más que nunca, necesitamos recuperar el valor de decir no, de establecer consecuencias, de formar con firmeza y ternura. Porque si no lo hacemos, los monstruos no estarán en las películas de terror, estarán en nuestras casas, en nuestras aulas, en nuestras calles. 

Asumamos nuestros roles con firmeza.

horroreseducativos@hotmail.com