Contraste temporal

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Quedaron atrás los días de infancia en los que jugar a la casita significaba algo maravilloso para ella. Sus hermanos, junto con otros primos, construían la casa; unas veces con las cobijas de su abuela; otras con los pedazos de madera que su papá amontonaba en el taller de trabajo para después hacer leña. Mientras tanto ella y las otras niñas jugaban a ser la mamá de sus muñecos y a  hacer la comidita.

Durante años consideró ese juego su favorito, pero conforme pasó el tiempo, lo olvidó. Cuando entró a la universidad conoció a una maestra en la clase de evolución que la hizo recordar aquellos días mientras decía las siguientes palabras:

 

El comportamiento humano es el resultado de un trayecto evolutivo en el que influye el ambiente. Las mujeres recogían las semillas y las cultivaban, cuidaban de los niños y de los hombres que salían a cazar y luego volvían cansados y les hacían la comida. Eran mejores observadoras, debían tener cualidades como la paciencia para ser capaces de entender a su bebé antes de que aprendiera hablar.  Por su parte los hombres hacían cosas que implicaran mayor fuerza,

 

En su mente aparecieron imágenes nítidas de un contraste en el tiempo: el juego de su niñez y la forma de vida de los primeros pobladores que habitaron el planeta Tierra. Se dio cuenta de que actualmente nuestra sociedad tiene muchísima similitud en la forma de comportamiento que perteneció a la vida diaria de nuestros ancestros.

Lo que más le asombró fue el hecho de que a muy temprana edad ellos pudieran asumir ese rol sin que nadie les explicara lo que significa ser hombre o mujer. Entonces se preguntó: ¿quién lo hizo? ¿Cómo es que aún sin enfrentarse a la realidad social lo sabían? ¿O es que acaso  uno nace con ese conocimiento? ¿Era eso posible? Y además, si han pasado miles de décadas ¿por qué se seguían teniendo esos ideales tan “primitivos”?