Cosmovisiones desterradas

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El antropólogo Juan Carlos Callirgos expone en un genial artículo titulado El racismo en el Perú, una de las ideas más interesantes de la literatura actual sobre cómo el Perú encuentra continuamente nuevas formas para seguir siendo un país profundamente racista. Esta idea proviene de una cita a Guillermo Dulgent, quien dice textualmente: ocurrió algo de importancia fundamental y aún insuficientemente estudiado: determinados grupos sociales fueron expulsados del tiempo. Callirgos, como es natural, nos da una lección de antropología a raíz de esta cita. Invita a pensar que el estado actual del indio, desde la perspectiva del individuo racista, es el de una raza llegada a su culmen de desarrollo, de la que sólo cabe recordar su época imperial, pero que ahora no puede aspirar a otro destino que no sea la dependencia de alguien más avanzado. No sería justo sostener que Callirgos no tiene razón. Lo que nos propone, como decíamos, rebosa de lucidez y vigencia.

 Sin embargo, en lo que me gustaría reparar aquí es en las otras posibilidades de significado que puede tener lo dicho por Dulgent. Me explico: creo que la expresión ser expulsado del tiempo tiene un trasfondo y unas implicancias filosóficas de mucha riqueza. Y es que, ¿se puede pensar en peor condena que ser expulsado del tiempo en la modernidad digital? El siglo que corre lo hace a una velocidad increíble, rompiendo continuamente las limitaciones que el sistema sexagesimal de tiempo podría plantear. Y si es difícil seguirle el ritmo hasta para quienes no hemos sufrido la condena social y cultural de las comunidades indígenas, ya se puede imaginar el lector la situación en la que estas se encuentran. 

El grupo que podríamos llamar indígena y todos los grupos sociales que se encuentran dentro de él hasta llegar a grupos de mestizos casi exentos de raíces indígenas, tiene que vivir, existir concreta y fácticamente en un tiempo del que no puede defenderse convenientemente, y que no puede entender como le gustaría. Están y a la vez no están en los días actuales. El asunto es tristísimo y paradójicamente, no es algo de entendimiento claro por gran parte del país. Para el peruano exento de complejos culturales o sociales, valen muchas explicaciones para la decadencia del indio, ya sean sociológicas, económicas o históricas. No cabe mucha discusión, por ejemplo, para intentar sentar un suelo común para explicar el asunto entre este tipo de ciudadanos, sobre que lo dicho en el segundo ensayo de José Carlos Mariátegui, aún tiene bastante vigencia de fondo y que se puede seguir sosteniendo que la miseria cultural y social del indio en el Perú actual, recae sobre su pasado gamonalista y sobre la condena al atraso que estos le procuraron. 

Caso muy distinto es el de la élite blanca o la del peruano acomplejado, que generalmente es un mestizo con un afán desmedido por blanquearse lo máximo posible, que llega incluso a sentir asco y desprecio por quienes un día fueron sus coetáneos. Desde estas filas, la visión que se tiene del indio es decadente por culpa del indio mismo, por haber nacido decadente y pretender no serlo; por faltar a la autoridad racial que le imponen los de arriba. Es, como señala Callirgos, ver al indio como un niño grande, cuya existencia no se entiende sin el paternalismo de una persona que lo cuide. Algo, parcialmente entendible hace 50 ó 70 años atrás en el Perú, pero ni mucho menos hoy. Lo que nos conduce a la pregunta, ¿es acaso sólo el indio el que vive en el pasado?