COVID vs dignidad humana

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“La dignidad humana es el único instrumento que podrá remover el caos del mundo”

Pasado ya el tiempo de especulaciones, los resultados en materia de salud son alarmantes, el virus agresivo que ha afectado la vida de la humidad (COVID-19) hoy nos deja evidenciar que somos frágiles y vulnerables ante los embates sanitarios, y es que que por más que estemos evolucionando como sociedad y que la ciencia tenga un pórtico de luz en nuestra existencia; es sensato reconocer que avanzamos para dominar nuestro entorno, pero mucho nos falta para conquistar nuestra humanidad.

 

La lucha escarnecida del ser humano en contra del propio ser humano nos ha dejado graves secuelas que se interpretan en desigualdad de oportunidades, en una lucha por la supervivencia más que por la vivencia; entender que las elites, los grupos y la colectividad dictan los destinos de las mayorías, desafortunadamente los vulnerables, los que no tienen acceso a los servicios básicos siguen incrementando la brecha de distanciamiento ante la igualdad, poco se dice de que la pandemia ha afectado a la humanidad en su conjunto, acentuándose más en los sectores que históricamente habían sido marginados; la discriminación parece haberse potenciado, la economía se diluye en las manos de unos cuantos que tienen oportunidades de acceso a un trabajo remunerado, mientras que otros tantos o permanecen en el encierro sanitario o salen a exponerse buscando el pan que de sustento a su vida.

 

Resulta alarmante evidenciar como los grupos vulnerables son un faro de atención en estos tiempos convulsos, pues pareciera que son grupos que se han adherido doblemente a la desatención social y gubernamental; ahí están los sectores que viven el rezago, el ultraje a sus derechos y la falta de un suelo parejo en cuanto al trato que reciben los demás ciudadanos. Este es un fenómeno que se maximiza cuando estamos en plena contingencia: el aislamiento en el hogar efectivamente nos aísla más de la reivindicación social, de hacernos visibles, de recibir de manera oportuna los servicios básicos de salud o la atención médica; en los hogares la violencia estereotipada del hombre hacia la mujer en ocasiones se vincula de manera alterna y es el hombre el que recibe el maltrato, los niños que son el sostén de armonía en casa suelen ser violentados por los propios padres o familiares.

 

Es necesario entonces recapitular nuestro camino y vale la pena cuestionarnos: ¿acaso necesitamos más tiempo para demostrar que nuestra dignidad como humanidad se puede ver maniatada, lacerada por nuestra propia conducta hacia nuestros cercanos? Se debe trabajar para erradicar las viejas prácticas culturales y sociales que han abierto la brecha ante la indiferencia, la desigualdad y el escarnio; humanos somos todos y dignidad tenemos todos.

 

Es indudable que los índices de violencia no han disminuido, por el contrario, han aumentado; la violencia dejó de ser un fantasma que amedrentaba a la sociedad para convertirse en una realidad lacerante, que divide a la sociedad y que ha llegado tristemente al interior de la familia, donde la mala educación socioemocional ha provocado el descontrol al interior de ese núcleo social, los casos son visibilizados por vecinos, pero no por las autoridades responsables de salvaguardar la integridad familiar, esto es grave; pues reza el dicho: “violencia genera violencia”, la encrucijada moderna nos deja poco margen de actuación, pues si en el seno de la familia no hay protección ¿qué ocurrirá hacia el exterior?

 

Estudios recientes y la estadística gubernamental oficial nos refieren que se profundizó la inequidad en la sociedad, las actividades que desarrollaba la mujer se han multiplicado: la mayoría de los casos se responsabilizan de las actividades domésticas, están al pendiente de las actividades educativas de los hijos, son el vínculo entre los confinados en casa y la ofertas de productos y servicios que se dan hacia el exterior de la casa; varias de las mujeres mexicanas realizan una actividad remunerable en el empleo formal e informal, y además de que al estar cerrados diversos espacios, realizan actividades de cuidado y acompañamiento a personas de la tercera edad, enfermos en casa y una serie de actividades que hacen que se acumule en demasía el desgaste humano producto de la saturación de actividades que no hacen otra cosa más que generar una falta grave hacia la mujer.

 

A esto se suma en el caso del Estado de México, un aumento radical en la taza de embarazos no deseados (aproximadamente 10,000 casos durante la pandemia) que se dan en contextos de violencia y de indiferencia; ejerciendo presión y obviamente ante la ausencia de planificación. Este dato muestra una problemática importante, pues llegará el momento en el que este considerable aumento de población mexiquense, traerá consigo un repunte en problemas de convivencia social, cobertura de servicios médicos, educativos y en la necesidad económica; y baste la pena subrayar en este sentido, que se agrava la salud mental y con ello la falta de cuidados en lo especifico.

 

Para julio de 2020 la página electrónica oficial de ONU MUJERES señalaba en sus estudios que 500,000 personas se dedican a la enfermería como profesión en América Latina, de las cuales 79% son mujeres y 21% hombres; esto deja muchas aristas para relexionar, principalmente la de reconocer que en la primer línea de batalla contra esta enfermedad derivada del virus, están las mujeres que han puesto la mejilla, pues desafortunadamente los familiares de enfermos por este virus y los ciudadanos desorientados, han ejercido en su contra violencia física o verbal, únicamente por el hecho de ejercer la profesión de enfermería; cuando se les debería rendir un justo homenaje a la labor titánica que realizan para preservar la salud de los mexicanos.

 

Las llamadas de auxilio por violencia psicológica, física o social a la “Línea Mujer y Familia” en la Ciudad de México, se han incrementado hasta marzo de 2020 un 70% lo que nos deja ver la realidad de una pandemia que, si bien a tenido sus efectos en materia de salud, también ha incursionado en campos que no son tan visibles, pero que sí laceran la dignidad de la humanidad; pues van dejando una imagen poco civilizada y nada armónica de los anhelos aspiracionales de la humanidad: la sana convivencia y el bien común.

Bajo este contexto, es prioritario dar atención a los grupos de mayor vulnerabilidad (mujeres, niñas, niños y adultos mayores) implementando medidas de prevención a favor de su protección, procurando la reivindicación de los valores en la sociedad y resignificando la dignidad humana; concientizando que debemos ser agentes coparticipes de una sana ayuda mutua, siendo agentes de cambio: transformémonos y reconstruyamos el mundo para que sane sus heridas y nuestra vida sea más llevadera.

Aprendamos a ser solidarios y luchemos por la dignidad de la humanidad, juntos lo lograremos.