Criando cuervos

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Cría cuervos y te sacarán los ojos, versa ese adagio popular que nos deja clara la ingratitud con la que un ser humano puede proseguir con su vida; muchas personas, como los cuervos, se alimentan de carroña porque su miserabilidad es lo único que les permite consumir, ante la incapacidad por buscar nutrientes de otra forma que no sea esperando que alguien muera.

Nada resulta más despreciable que una persona ingrata, particularmente aquellas que dan la espalda a quienes antes les tendieron la mano o quiénes, con toda consciencia, mandan al cesto de basura el esfuerzo de seres queridos que, haciendo todo por ellos, no reciben ni un ápice de reciprocidad.

Como se ha reiterado en este espacio una y otra vez, los culpables de ese tipo de conductas somos los mismos padres, quienes en aras de evitar que nuestros amadísimos hijos sufran lo que nosotros tuvimos que sufrir, les acercamos todo, les imposibilitamos a que enfrenten la frustración y les convencemos de que merecen todo, un mucho en la lógica de que lo tuyo es mío, pero lo mío es mío.

Recién platicaba con una madre de familia, lamentando que su hijito, le había faltado al respeto porque, por las condiciones económicas actuales, le había dicho que no podría comprarle un par de tenis que rondaban los seis mil pesos; el jovencito, en lugar de mostrar empatía con su progenitora, le reclamó airadamente que era injusto que no le obsequiara dichos zapatos. Cabe señalar que el adolescente en cuestión tiene dos años que ni estudia ni trabaja. ¿De quién es la culpa?

Otro caso para la araña, un adulto hecho y derecho que acabó retornando a casa de sus padres tras un fracaso matrimonial; el angelito, no aporta absolutamente nada para la manutención de la casa, no paga luz, no paga agua, pero exigió que se habilitará una extensión del sistema de cable para su cuarto, los padres accedieron (sic) y es hora de que el fulano se siente amo y señor del espacio.  Mete su auto al garaje y literal, prohíbe a sus propios padres que entren a su espacio (sic) y anda por la vida dictando lo que se debe o no hacer en un espacio ¡que no es de su propiedad!  Los padres devastados, pero de nuevo, ¿quién tiene la culpa?

En otros casos, el padre apoya a los hijos para la compra de un vehículo y estos son incapaces de echar la mano cuando estos tienen que trasladarse, por ejemplo, a una cita médica.  Que fácil es pedir ayuda y negarse a darla cuando se requiere, ¡tantita madre!, dirían los más claridosos.

Pero de las incongruencias más grandes cuando una damita, tiene a bien establecer una relación, con hijos y todo el asunto, recibiendo el apoyo in-con-di-cio-nal de los padres, al punto de que sean ellos los que pagan alimentación, escuela, vestimenta. Esa misma damita, rehace su vida (lo cual es legítimo), consigue un buen empleo y una nueva pareja, decidiendo mudarse con el nuevo galán. ¿Se llevó a su hijo con su nuevo amor?, no; ¿Apoya económicamente para su sobrevivencia?, no.   Por quincuagésima vez, ¿quién tiene la culpa?

Esa es la lógica en la que se está educando a las nuevas generaciones; y si en la escuela se trata de corregir esas posturas, los mismos padres se encargan de protestar a las instituciones educativas.

¿Será que aquella otra frase, del buen trato nace el ingrato, tiene razón de ser?

horroreseducativos@hotmail.com