CUANDO LA REALIDAD NO COINCIDE CON LO QUE ESPERÁBAMOS. Expectativas, cerebro y bienestar.
Gran parte de nuestra vida transcurre en un territorio que todavía no existe. Esperamos que una reunión salga bien, imaginamos cómo serán unas vacaciones, anticipamos la respuesta de alguien que amamos, pensamos que determinado logro nos hará sentir de cierta manera o construimos silenciosamente una imagen de cómo debería ser nuestra vida dentro de cinco años. Los seres humanos no solamente recordamos el pasado y vivimos el presente: también somos extraordinarios anticipadores del futuro.
Y esa capacidad ha sido fundamental para nuestra supervivencia. El cerebro necesita predecir. Anticipar dónde encontraremos alimento, reconocer un peligro o imaginar las consecuencias de una decisión, esto proporcionó enormes ventajas evolutivas. Hoy ya no necesitamos anticipar constantemente la presencia de un depredador, pero seguimos haciendo predicciones: sobre el tráfico, el trabajo, nuestra salud, nuestros hijos, nuestras relaciones y prácticamente todo aquello que consideramos importante.
La neurociencia contemporánea entiende cada vez más al cerebro como un órgano predictivo. Investigadores como Karl Friston han desarrollado modelos en los que el cerebro genera continuamente predicciones acerca del mundo y las contrasta con la información que recibe. Cuando existe una diferencia entre lo esperado y lo que realmente sucede aparece lo que, en distintos marcos teóricos, se denomina “error de predicción”. Lejos de ser simplemente un error, esa diferencia proporciona información que permite al organismo aprender y actualizar sus expectativas.
Uno de los ejemplos más estudiados aparece en el sistema de recompensa. Los trabajos de Wolfram Schultz mostraron que determinadas neuronas dopaminérgicas no responden simplemente al placer de recibir una recompensa. Su actividad está profundamente relacionada con la diferencia entre la recompensa esperada y la obtenida. Cuando ocurre algo mejor de lo previsto puede aparecer una señal positiva de error de predicción; cuando aquello que esperábamos no ocurre, la señal cambia. La dopamina, por tanto, no debería reducirse a la conocida expresión de “molécula del placer”. Participa, entre otras funciones, en aprendizaje, motivación y actualización de expectativas.
Esto explica algo profundamente cotidiano. Dos personas pueden recibir exactamente el mismo resultado y experimentarlo de manera muy diferente. Obtener un ocho en un examen puede provocar alegría en quien esperaba un seis y decepción en quien estaba convencido de obtener diez. El resultado es idéntico. Lo que cambia es el punto desde el cual el cerebro lo compara.
La psicología lleva décadas observando algo parecido. Daniel Kahneman y Amos Tversky demostraron que nuestras evaluaciones no dependen únicamente de valores absolutos, sino también de puntos de referencia. Evaluamos ganancias y pérdidas respecto de aquello que esperábamos, poseíamos o considerábamos normal. Por eso mejorar objetivamente nuestras circunstancias no garantiza que aumente proporcionalmente nuestro bienestar: cuando cambia nuestra realidad, también pueden cambiar nuestras referencias.
Aquí aparece la llamada adaptación hedónica. Conseguimos aquello que durante meses deseamos —un aumento, un automóvil, una casa, un reconocimiento— y durante un tiempo experimentamos satisfacción. Poco a poco, sin embargo, aquello extraordinario puede convertirse en normal. Nuestra expectativa se desplaza y comenzamos a mirar hacia el siguiente objetivo. Investigadores como Sonja Lyubomirsky y Kennon Sheldon han estudiado cómo esta adaptación puede disminuir con el tiempo el impacto emocional de cambios positivos.
¿Significa esto que deberíamos vivir sin expectativas? Probablemente no. Las expectativas también movilizan. Nos permiten planear, perseverar, imaginar posibilidades y dirigir nuestra conducta hacia objetivos futuros. Incluso pueden modificar determinadas experiencias corporales. La investigación sobre placebo y nocebo, desarrollada por científicos como Fabrizio Benedetti, ha mostrado que las expectativas pueden participar en respuestas fisiológicas reales, especialmente en ámbitos como dolor y síntomas, mediante sistemas neurobiológicos que incluyen opioides endógenos, dopamina y otros mecanismos. Esperar algo no significa inventarlo: en determinadas circunstancias, aquello que anticipamos puede influir en cómo nuestro organismo procesa lo que sucede.
El problema aparece cuando una expectativa deja de ser una posibilidad y silenciosamente se transforma en una exigencia: mi vida debería haber ocurrido así; esta persona debería comportarse como espero; a esta edad debería haber conseguido aquello; si alcanzo esta meta finalmente seré feliz.
Entonces la distancia entre realidad y expectativa puede convertirse en una fuente permanente de insatisfacción.
Esto resulta especialmente relevante en una época en la que estamos expuestos continuamente a las vidas de otras personas. Las redes sociales pueden proporcionarnos nuevos puntos de comparación: viajes, cuerpos, familias, carreras profesionales y estilos de vida cuidadosamente seleccionados. El riesgo no está únicamente en compararnos, sino en que esas imágenes comiencen a modificar silenciosamente lo que consideramos normal esperar de nuestra propia vida.
Quizá el bienestar no consista entonces en eliminar las expectativas, sino en aprender a relacionarnos con ellas con mayor flexibilidad. Podemos imaginar un futuro sin exigirle que ocurra exactamente como lo imaginamos. Podemos establecer metas sin convertir nuestra felicidad en rehén de sus resultados. Podemos ilusionarnos y, al mismo tiempo, conservar la capacidad de actualizar nuestros mapas cuando la realidad toma otro camino.
Porque la vida necesita expectativas: nos orientan hacia aquello que todavía no existe. Pero también necesita presencia, para reconocer aquello que ya está aquí.
Tal vez una parte de la madurez y del bienestar consista precisamente en sostener ambas cosas: tener esperanza suficiente para imaginar lo que puede llegar y flexibilidad suficiente para recibir una realidad que quizá llegue de otra manera.

