CUANDO UN ANIMAL LLEGA A NUESTRA VIDA, ALGO CAMBIA DENTRO DE NOSOTROS
Hay vínculos que no necesitan palabras para sentirse profundamente.
Una mirada, una cola que se mueve cuando llegamos a casa, unas patitas que se acercan buscando nuestra mano, el ronroneo de un gato, el canto de un ave o simplemente la presencia silenciosa de un animal a nuestro lado pueden cambiar la manera en que vivimos un momento.
Quienes hemos compartido nuestra vida con animales sabemos que existe algo difícil de explicar con palabras. Ellos pueden convertirse en compañía, en refugio, en alegría y, muchas veces, en una presencia que nos recuerda algo muy sencillo: estar aquí, en este momento.
La investigación disponible sugiere que determinadas formas de interacción y convivencia con animales pueden asociarse con aspectos del bienestar físico, psicológico y social, aunque los beneficios no son universales y dependen de la persona, del animal y de la calidad de la relación. Kristel Scoresby realizó una revisión de 54 estudios e identificó investigaciones que asociaban la convivencia con animales de compañía con efectos positivos sobre distintos aspectos de la salud mental y la calidad de vida.
Quizá no sea el simple hecho de «tener una mascota» lo que genera bienestar, sino el vínculo que construimos con ese ser vivo: cuidarlo, tocarlo, observarlo, caminar juntos, responsabilizarnos de él y recibir también su compañía y afecto.
Cuando acariciamos a nuestro perro, jugamos con nuestro gato, alimentamos a un ave o caminamos junto a nuestro compañero de cuatro patas, estamos estableciendo una interacción. Hay contacto, atención, movimiento, comunicación y afecto.
Investigadores como Andrea Beetz, Kerstin Uvnäs-Moberg, Henri Julius y Kurt Kotrschal han estudiado los posibles mecanismos psicofisiológicos involucrados en estas interacciones. Su revisión señala que el contacto con animales puede estar relacionado con procesos de regulación del estrés y con sistemas hormonales como la oxitocina, aunque la magnitud y consistencia de estos efectos dependen del contexto y de la persona.
En investigaciones con perros y sus cuidadores también se han observado cambios en oxitocina y cortisol durante determinadas interacciones. Por ejemplo, Maria Petersson y colaboradores estudiaron estos procesos en perros y sus propietarios y encontraron asociaciones entre las interacciones y cambios hormonales en ambos.
Pero hay algo todavía más sencillo que sucede todos los días: un animal puede ayudarnos a salir de nuestra cabeza y regresar al presente.
Cuando estamos preocupados, pensando en lo que ocurrió ayer o anticipando lo que podría suceder mañana, nuestro perro no necesita que resolvamos nuestra vida. Nos invita a salir a caminar. Un gato puede simplemente acercarse y acomodarse junto a nosotros. Un caballo nos obliga a estar atentos a sus movimientos. Observar a un ave puede llevarnos a detenernos unos segundos y mirar el cielo.
Y cuando se trata de perros, aparece además otro beneficio importante: el movimiento. Una revisión de 29 estudios realizada por Hayley Christian y colaboradores encontró que los propietarios de perros tendían a caminar y realizar más actividad física que quienes no tenían perro. En el conjunto de estudios revisados, alrededor del 60 % de los propietarios caminaba con su perro, con una mediana de aproximadamente 160 minutos semanales y cuatro paseos por semana.
Una revisión sistemática posterior de intervenciones relacionadas con perros encontró que el 82 % de los estudios incluidos mostraban cambios favorables hacia las intervenciones que involucraban a los perros para incrementar la actividad física.
Pero quizá el beneficio no termina en caminar. Un animal también puede convertirse en un puente hacia otras personas.
Salir con un perro puede generar conversaciones con vecinos, encuentros en el parque y nuevas relaciones. Una revisión de 24 estudios realizada por Benedikt Kretzler, Hans-Helmut König y André Hajek encontró que, en parte de la evidencia disponible, la convivencia con animales se asociaba con menores niveles de aislamiento social, aunque los resultados sobre soledad fueron menos consistentes.
Esto me parece especialmente hermoso: a veces creemos que nuestro animal solamente nos acompaña, pero también puede ayudarnos a conectar con el mundo.
Por supuesto, no debemos romantizar la convivencia con animales. Cuidar de otro ser vivo implica responsabilidad, tiempo, gastos, preocupación y, en ocasiones, momentos difíciles. Un estudio prospectivo con 709 propietarios de perros mostró precisamente que algunos problemas relacionados con la conducta o la salud del animal pueden afectar negativamente el bienestar de sus cuidadores. En cambio, las conversaciones amistosas y positivas relacionadas con el perro se asociaron con un mejor bienestar.
Por eso quizá la pregunta no sea solamente: ¿Qué puede hacer un animal por mí?
También deberíamos preguntarnos:¿Qué puedo ofrecer yo a este ser que confía en mí?
Porque cuidar de un animal puede enseñarnos algo profundamente humano: responsabilidad, paciencia, ternura, presencia y reciprocidad.
Ellos dependen de nosotros y nosotros, muchas veces, terminamos descubriendo que también necesitamos de ellos.
Tal vez por eso los animales ocupan un lugar tan especial en nuestra vida. No nos preguntan cuánto ganamos, qué cargo tenemos, cuántos títulos hemos conseguido o qué errores cometimos ayer. Nos reciben, nos reconocen, nos acompañan.
Y nos recuerdan, sin necesidad de palabras, que el afecto también puede expresarse en una mirada, en una caricia, en un paseo compartido o simplemente en la tranquilidad de estar juntos.
La ciencia seguirá estudiando los mecanismos que explican este vínculo. Nosotros, mientras tanto, podemos observar algo que la investigación empieza a documentar y que muchas personas han experimentado durante generaciones:estar cerca de un animal puede hacernos sentir acompañados, conectados, activos y presentes.
Y quizá una de las mayores enseñanzas que nos ofrecen sea esta: el bienestar no siempre se encuentra haciendo más; algunas veces aparece cuando nos detenemos, miramos a nuestro lado y reconocemos el amor que ya está ahí.
Porque hay animales que llegan a nuestra vida para acompañarnos durante algunos años… y terminan dejando huellas que permanecen para siempre.

