Cuaresma en aislamiento

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“Cuaresma es tiempo para ajustar los sentidos, para abrir los ojos frente a tantas injusticias, abrir el corazón al hermano que sufre”

Papa Francisco

Las virtudes humanas tienen sentido en las profesiones de fe que hacen asequible la lucha por el perfeccionamiento del ser humano, logrando así edificar los cimientos de lo que se quiere alcanzar y el cómo se lucha por alcanzarlo. Es decir, ser mejor humano implica intrínsecamente ser creyentes de que hay esperanza, un mundo mejor, con virtudes y portentos.

Hoy la humanidad camina azarosa entre lo cotidiano y lo que es permitido; la contingencia sanitaria ha venido a reescribir el rumbo de la humanidad, las formas de pensar, de accionar, de concebir la realidad, todo se redefine en un vaivén de incertidumbre, y es que la humanidad, tiene sobre sus espaldas una pesada loza de costumbres y monotonía que le hace nublarse ante encrucijadas tan grandes como lo es vivir el aislamiento derivado de la contingencia sanitaria.

Hace once meses, se daba la noticia de que por primera vez en México había contagios por el engañoso COVID-19 y como un recuento plasmado en un diario de batallas, esta columna ha intentado plasmar el sentir de como vive la sociedad mexicana y particularmente la mexiquense esta época de pandemia. Es cierto que cada época marca sus formas de vida y va definiendo tras su paso su sello característico; pero en esta época se ha evidenciado que los desastres naturales y los efectos sanitarios han cambiado drásticamente y sin un escalón que de soporte han cambiado nuestra propia vida.

Muchas fechas emblemáticas de la simple convivencia han quedado cubiertas por una diferente manera de celebración: en aislamiento social y familiar, con diferentes insumos, sin el sello característico de la época, “los tiempos cambian” dicen airosamente en muchos rincones de la sociedad, pero hay cosas que tal vez (y debemos empezar a creerlo) no van a regresar; las nuevas generaciones no van a entender los porqués de los rituales, de los signos y símbolos que adornaban nuestras reuniones y convivencias.

La gran interrogante será, los niños (as) que han nacido con un cubrebocas como una parte inherente de su vida cotidiana van a crecer con el influjo de protección personal en un arquetipo que en las generaciones anteriores no existía, que incluso (en ocasiones) en los propios hospitales pasaba desapercibido; es en esencia, entender que se vive un momento particular de nuestra historia, y aunque difícilmente pueda ser comprendido sí debe ser asimilado, para poder adaptarnos y seguir con nuestra vida, pues el paso del tiempo no se detienen y el reloj biológico de nuestro ser no entiende distingos.

Es justamente por esa razón que en este 2021 viviremos un periodo litúrgico dentro de la feligresía católica muy particular, periodo que desde su origen se ha asociado con una cuarentena (40 días de aislamiento); se vivirá la cuaresma, un periodo muy particular donde los  feligreses se dedican especialmente a la oración, la penitencia y la conversión, pero que lleva tras de sí un simbolismo ritualista muy nutrido, la cuaresma nos recuerda los 40 días que se cuentan en la biblia como la época de preparación que vivió Jesucristo en el desierto previo al cumplimiento de su misión salvífica a través de su vida pública (que inicia con su bautismo en el Jordán).

En ese tiempo dentro del desierto Jesús se ve forzado a pasar tribulaciones y experimentar las necesidades humanas como las penurias que sacuden el espíritu y la vivencia del tormento humano ante la mortificación carnal, como elemento para la purificación del alma; sin duda esos cuarenta días sirvieron para dar cumplimiento al Oráculo de Delfos y “conocerse así mismo” más aún, conocer al mundo y saber qué han producido la falta de virtud y empatía en la humanidad, de manera metafórica sirve para experimentar como una gota en una vaso puede provocar una tormenta en un vaso de agua o perderse en el firmamento. 

Precisamente la cuaresma nos pone el modelo a seguir para que vivamos en aislamiento, que cerremos la puerta de nuestro ser para adentrarnos en nosotros mismos, inspirarnos, motivarnos y reencontrarnos con nuestro origen para entonces sí, saber hacia a donde vamos, qué es lo que nos impulsa a caminar en este mundo, cuál es la misión que venimos a defender, cómo podemos sumar a nuestro entorno, aceptar que no somos seres aislados; por el contrario, somos seres sociales y si hacemos de esta cita una alegoría aplicada a la modernidad, la cuaresma nos incita a vencer la tentación de socializar y adentrarnos en un aislamiento para fortalecernos o protegernos, proteger a la gente que nos rodea, vencer la propagación del virus que tanto a lacerado al mundo y que ha cobrado la vida de nuestros seres queridos.

Precisamente por eso la cuaresma, nos hace profundizar en una cuarentena, donde entramos en un proceso de introspección social, donde cambiamos las formas vetustas por formas nuevas que nos lleven a alcanzar el bien común, a ser necesariamente más humanos, a ser conscientes de que nuestro proceso de evolución nos aparta de nuestro centro vital que es nuestro objetivo a seguir en la vida; caminamos muchas veces sin reflexionar, no filosofando sino evolucionando, y como maquinas orquestamos el paso de la humanidad pero no nos detenemos a preguntarnos los porqués. Somos seres que acostumbramos dirigir la mirada al exterior y no al interior y tal vez esto sea una de las misiones en el camino de preparación a la gran misión: la cuaresma, la cuarentena, el proceso de purificación que pasan los elementos vitales para poder centellar.

Finalmente, debemos entender que este sentido ritualista y tradicional que tiene la cuaresma, desde su inicio mediante el llamado “miércoles de ceniza”, pasando por “los incendios”, y “los rezos de viacrucis” cada viernes cuaresmal hasta llegar al “viernes de dolores” y dar paso al “domingo de Ramos”, “jueves y viernes santo” nos representan como grey católica, edifican nuestro sentido ritualista de fe, pero bajo el auspicio de esta pandemia debemos buscar cambiar las formas, avivar la fe, encender la vida desde las formas nuevas de evangelización, propagar la vida respetando la vida de quienes nos rodean, luchar por uno de los dones más preciados que tiene tras de sí esta época: la esperanza, demos esperanza y con ella fe, fe en que seguiremos sanos o fortalecidos después de la enfermedad, fe en que las cosas pueden ser mejores y que en verdad este mundo puede renovarse.