Cuatro años

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Tenía tiempo que no hablaba contigo, hace casi un mes me escuché diciéndote ¿Cómo estás mamita? Te sentí tan cerca, tu breve presencia junto a mí, con la gran claridad de recordar cada parte de tu físico y esencia; todo fue como si te tuviera aquí, conmigo.

 

Pude olerte, tocar tus cabellos delgados, mirar tus ojos, sentir una sonriente alma reflejada en tus labios y tu mirada. Vi con claridad tu moreno rostro, sentí la suavidad de tu piel de abu,  de ; toqué tus manos trabajadas y sentí su calidez encima de las mías. 

Heredé la pequeñez de la grandeza enfrascada en un cuerpo menudito. Cada que alguien me recuerda que soy una mujer chiquita, mi alma regresa a ti, pensando que esa brevedad, no ha sido obstáculo para amar la vida en cada uno de los actos de existencia que nos toca.

Pienso en ti, recordando que, próximamente, será tu cumpleaños por tercera ausencia. Ya está construida la cripta que guardará a mi padre y a mis hermanos que se adelantaron. Esperancita cumplirá muchos más años guardada en esos lugares llamados panteones; los muchachos quisieron traer sus restos de nuestra tierra natal. Pero entre la pandemia y los más de cincuenta años burocráticamente cumplidos, no han permitido reunirlos ahora en la cripta de Toluca. 

¡Ay Teresa! ¡Madre! Vamos por el tercer cumpleaños no celebrado, por el cuarto de tú ausencia, el quinto que iniciará el proceso de duelo y olvido no llegados, sólo se transforman con el tiempo. 

¡Ay Teresa! ¡Madre! ¿De mis hermanos qué puedo decirte? Todos seguimos un rumbo interior que nos toca resolver o ya solucionamos con la vida. 

Ah Teresa, mamacita. ¿Y de mí? ¿Qué te puedo decir? Te recuerdo con cariño, con espíritu tranquilo, a veces, sólo a veces, cuando algo pasa con mi hijo, recuerdo que nos decías, ¡Cabrones, ya pagarán con sus hijos! Y entonces me sonrío para mis adentros y me digo ¡Ay mamacita, qué razón tenías! Feliz cumpleaños Teresa.