Cuatro prosas decembrinas
Amadita
La vieja Amada vendía en una mesita dulces de leche afuera de un centro comercial cuando ¡Puck! se encendieron las luces de gas neón. Se borró su anonimato y los foquillos parpadeantes la descubrieron cómo era: astroza y triste, Era 24 de diciembre y la gente corría para comprar, casi todo excepto dulces de leche.
La viejilla guardó sus productos, armó la mesita de plástico y caminó agradeciendo a Dios haber llegado a la Navidad sin que se la llevará el Covid-19 ¿su mejor Navidad? Estar aquí.
Y al llegar a la vecindad donde vivía, donde en verdad era Amadita por todos, la arroparon con exquisito cariño y el jarro de ponche con alcohol la hizo llorar por segunda ocasión, pero en lugar de rictus de tristeza ahora era sonrisa de vida.
El talismán
A principios de los 60, en el fútbol mexicano, el último lugar se iba a segunda división y en esta temporada el Deportivo Toluca tocaba el sótano
– ¡Chin! ¿y ahora?
– El abuelo güey, ¿ya se fijaron que cada vez que va al juego el Toluca gana?
– Pero cómo lo llevamos con su cirrosis tan cabrona… Con trabajos si camina.
Y el domingo era crucial: venían los niños académicos del Atlas que también eran sotaneros y si los rojos perdían… oh…
El viejo había oído el chismorreo y suplicó:
– No sean cabrones llévenme.
– ¡Que no! Gritó la jefa desde la cocina. Que iba a saber ella del cariño a unos diablos rojos que dejaban sangre en la cancha.
Total, que el domingo el viejo Elías ahí estaba acomodado con la porra de sol y su prole.
La Bombonera era un avispero cuando comenzó el partido y jugando con arte, de ya, ¡chin! que los rojinegros anotan. Y a los cinco minutos, el segundo gol.
– ¡Una cheve! pidió el viejo
– Ya qué… ¡cervezas!
Ya penas el viejo le bajaba, a la espuma cuando Carús, la saeta roja en un mano a mano le ganó la carrera a dos defensas tapatíos y ¡GOOL! Del Toluca.
El juego era para volverse loco y enronquecer tu fría garganta el balón, pa’lla, pa’cá, burles… corazón, no como ahora de tiqui–taca, ten, dámela, medio juego pasándosela los defensas y el portero aquí, la neta era vorágine pura.
– ¿Otra cheve? Pidió Don Elías
– Juega. ¡Che ves!
Y apenas pasaba la fría cebada por el gaznate, cuando ¡GOOL! del Toluca; 2-2, empatados.
Los minutos seguían y ya eran el 88… Ya se terminaba.
– Sin que el viejo lo pidiera ¡che- ves! se llamó al cubetero
Glu, glu, glu el viejo se apuró y Castañon que prende al duro balón de cuero de bolea y ¡goool!, ¡gooool!
El manicomio de la bombonera unió al viejo con su prole en un abrazo hasta con brincos.
¡Fiiiu! Acabó el partido y el viejo pidió ¿otra cheve?
– ¡Las que quiera! Y vámonos a la tienda de Juanito que ahí estan al precio.
Obvio que a las cinco de la tarde subiendo El Cóporo por Federico Hardy, los cinco casi cargando a Don Elías, llegaron a la vecindad, felices, como si se hubieran sacado la lotería.
¿Se muere uno feliz? Pueque algunos como Don Elías que después de una vomitada de sangre con espuma de cerveza, se fue esa tarde.
Al otro día los periódicos dijeron que el Toluca se salvó por la actuación Carús y diez diablos, pero en el barrio siempre se dijo que fue por Don Elías.
Ahora en el Panteón General hay varias banderolas rojas, pero en ese tiempo atada a la Cruz de Don Elías sólo una banderita rojiblanca con el escudo circular indicaba que ahí estaba el eficaz amuleto de los rojos ¿Quién se la puso?… Sepa.
El ponche
Antes de que olor endulce la casa, en una olla nadan, ciruelas pasas, tejocotes, guayabas, tamarindos, díganme que más. Y hasta dos enhiestas cañas.
Mmm… al burbujear sueltan el bouqué y todos saben que con un chorrito de alcohol se quitarán el frío ambiental y hasta uno que otro hielito del alma.
Dicen que es salud de los enfermos, refugio de poéticos pensamientos, vitaminas para el corazón, afrodisiaco y coquetón.
El ponche, le receta tres strikes, le da ponche a la tristeza y con otro piquetito, poncha a la pelota de broncas que tenemos.
El ponche –dicen– trae calor de amor, enerva alegría, acerca a Dios… Vaya usted a saber.
Que caso tendrá
Sé que fue difícil que vinieran a verme, pero creo que valdrá la pena familia, es para despedirme, para decirles, adiós. NO, no, estoy mal ni es desvarió, sólo que estoy muerto en vida, ya no tengo ilusiones y se me fue el amor.
Tres años que tengo en este asilo y ni un ¿cómo estas abuelo o papi Feliz Navidad? Así, cuando muera, ¿Qué caso tendrá que vengan a verme si yo ya no les veré?
Por eso, en vida y de frente, me despido, les digo adiós y que los perdón… perdón y que los bendiga Dios.

