Culturas otomí y náhuatl

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Sorprende que en el Valle de Toluca, norte y sur del estado de México no terminemos por entender que aparte de las culturas que nos distinguen, descubiertas o creadas por estudiosos y habitantes sobre todo del norte de la entidad, en el caso de la cultura otomí, hoy gracias a la pasión de Ángel María Garibay Kintana se reconozca a quienes son habitantes que llevan en sus venas el origen de cultura e idioma, como es el caso de otomís o mazahuas por citar algunos. Garibay Kintana aporta en el texto de Rosa Brambila Paz Los otomíes en la mirada de Ángel María Garibay, algunos poemas otomíes, son ellos muestra de ingenuidad y de simpleza lingüística, pero profunda como si fueran escritos por el rey poeta Nezahualcóyotl, cito: Ayer florecía: hoy se marchita. Florecita. Florecita floreciendo estoy. Córteme, córteme el que quiera. Venga, venga, córteme. Ya me voy, dice la vaca, ya me voy, dice el buey. Ya van bajando, dice el abejorro: yo tras ellos voy, dice la luciérnaga. El río pasa, pasa: nunca cesa. El viento pasa, pasa: nunca cesa. La vida pasa, nunca regresa.

En el cielo una luna: en tu cara una boca. En el cielo muchas estrellas: en tu cara sólo dos ojos. En la gota de rocío brilla el sol: la gota de rocío se seca. / En mis ojos, los míos, brillas tú: Yo, yo vivo. Canta, cantor: tú tienes escudo de luz de sol: como un arco iris estimo tus flores: mi corazón, está alegre: son esmeraldas para mí. ¡Qué feliz el hombre que turquesas pule: su canto escudo de plumas de quetzal hace reverberar al ondearlo!. La tradición cosmogónica de las letras indígenas sea en otomí o en náhuatl, en mazahua o en tlahuica, deja huella del respeto que nuestras culturas originarias tienen por todo lo que existe sobre la tierra: sea cultura o naturaleza por igual. Han de llegar los españoles a cambiar esa conciencia al dividir lo natural de lo cultural. De ahí la destrucción del entorno ambiental, pues lo que importa es lo creado por el hombre sin respetar los millones de años que ha necesitado la tierra para ser hogar para el ser humano y las demás especies y reinos de la vida vegetal.

Leer a Ángel María es recuperar nuestra herencia cosmogónica que es relevante en tiempos de destrucción de nuestro entorno ecológico de una manera tan agresiva como lo vemos a diario. Sorprende que en tierras mexiquenses no se termine de comprender la importancia que tiene la presencia de la cultura: otomíes y estudio del idioma náhuatl por igual: son nuestra mayor herencia. Del náhuatl se desprenden casi todos los nombres de los municipios. Ahora que leo con aprecio la magnífica revista Arqueología Mexicana —número 109—, comprendo que pensar y sentir en nuestras raíces náhuatl o siguiendo el camino del padre Garibay en los otomíes, es entender mucho del pasado y del por qué somos así. Estas culturas y lenguas han dominado el altiplano de Mesoamérica, que aporta al mundo culturas de gran importancia para la humanidad: no sólo para América, pues bien hace Garibay al recuperar por igual a otomíes, nahuas o aztecas de manera particular, que por extensión hace comprender el paso del ser humano por el mapa del Hombre en la Tierra.

Lectura de la revista citada es de colección y de estudio especializado: comienza con un estudio sobre El náhuatl: idioma milenario, en estudio de nuestro querido especialista Miguel León-Portilla, alumno distinguido del padre Garibay Kintana, pocas veces se encuentra en la vida una relación de maestro-alumno como en este caso, dos almas que nacieron para ser experiencia pedagógica comparada con aquella de Sócrates y Platón en Grecia, dice León-Portilla: Las gentes que hablaron el náhuatl en la época prehispánica participaron en el desarrollo de una cultura. Ésta de varias formas sobrevive en la actualidad a través de los hablantes de náhuatl, muchos de los cuales conservan tradiciones con otras de la cultura hispano-cristiana que se fue imponiendo a partir de la conquista.

Importante que demos reconocimiento a la calidad que guarda esta lengua y cultura como lo dice León-Portilla, que bajo el influjo de libros como: Llave del náhuatl y Historia de la literatura náhuatl publicados los textos por Editorial Porrúa en año de 1940 el primero, y en 1953 el segundo. La lengua náhuatl se encuentra regada en el territorio del centro y sur del país; sobre todo en el centro, donde nada escapa a su influencia. León-Portilla escribe al respecto: Si contemplamos un moderno mapa lingüístico de México y de una parte de América Central veremos que son numerosos los lugares en los que hasta el presente se habla alguna variante del náhuatl. Los mexicanos de este tiempo debemos ir al rescate de nuestro pasado como experiencia única: vivir el pasado acercándonos al presente. Ir a los lugares donde los antiguos nahuatlacos aún viven un presente: muchas veces difícil porque aún no escapan al genocidio, que no sufren sólo en época del dominio español, sino en siguientes siglos, a partir de 1821 y hasta este siglo XXI: estudios sociales y económicos comprueban que son los que más sufren pobreza y abandono de gobiernos surgidos en el año de independencia de España, y hasta la fecha.

Escribe el alumno del padre Garibay, Miguel León-Portilla sobre la presencia de esa cultura: Ello ocurre al sur del Distrito Federal, en particular en la delegación de Milpa Alta; también, en mayor número, en distintas regiones del estado de Puebla; asimismo en algunas comunidades de Morelos, Tlaxcala, Hidalgo y estado de México. Tan importante la presencia de los originarios nahuatlacos, pues para el caso de Ciudad de México —son la expresión concreta— que aún conserva tradiciones indígenas y campesinas, por encima de la incivilizada urbanización citadina. El llamado Distrito Federal no cuenta con presencia campesina sino sólo a la región de Cuajimalpa. Se ha convertido en un monstruo urbano de este siglo XXI no sólo en el país sino en el mundo.

Herencia y llamado del padre Garibay Kintana es el que el estado de México debe ser atento a esta presencia: Nahuas, otomíes, mazahuas, matlatzincas y tlahuicas son culturas de imaginería, magia, razón de ser y voz de aquellos que se han negado a desaparecer a pesar de los siglos de abandono y genocidio aplicado a ellos por españoles y mestizos de cinco siglos, es obligación histórica comprender que estamos ante lo que es nuestra raíz fundadora. Preocuparnos por las dos últimas expresiones mexiquenses del indigenismo que están en proceso grave de extinción: por no tener una política indigenista que no permita la desaparición de tan ricas culturas y sus lenguas o gastronomía, así como sus textiles o visiones del mundo ecológico. La Revista que investigo permite leer —en tono monográfico— lo que son estos luchadores de siglos y siglos. En sus genes llevan sangre y amor a su lengua y cultura, ese grito o esa voz es la que sólo escuchan estudiosos y mexicanos como don Ángel María Garibay Kintana, Demetrio Sodi Morales, Manuel Gamio, Guillermo Bonfil Batalla y Miguel León-Portilla, o arqueólogos como Román Piña Chan, leo en la revista Arqueología Mexicana al autor Ascensión Hernández quien escribe: La lengua náhuatl ha sido el idioma hablado por millones de personas desde el Clásico mesoamericano hasta el presente. Asimismo, el náhuatl es la lengua en la que se conserva la más copiosa literatura mesoamericana, la tradición prehispánica y la que se ha producido durante el periodo novohispano y en el México independiente, hasta su renacer en los tiempos actuales.

Los años de sacerdocio que dieron oportunidad al estudioso padre Ángel María el revisar en archivos municipales y archivos parroquiales, así como en charlas con lugareños —sobre todo— aquellos viejos, que siendo herederos de la raza otomí en Jilotepec, Tenancingo, Huixquilucan, Otumba y otros lugares, le permiten escribir textos obligatorios en su lectura e investigación, para saber quiénes somos y por qué no debemos olvidar a nuestros antepasados que se niegan a morir. La angustia del padre Garibay por dar el lugar que los otomíes merecen, por su influencia cultura, no de bárbaros, como les clasifican desde los tiempos del dominio militar y de sojuzgamiento por distintos grupos nahuas, que dominan el centro del país en aquellos años de esplendor y muerte. Cronista magistral lo es Ángel María Garibay, y vergüenza es —en el caso del estado de México— no se insista a diario en sus lecciones de proteger las culturas originarias. Política cultural obliga —alumnos del padre Garibay— a fortalecer tanto a otomíes como mazahuas a partir de su cosmogonía. A difundir en aulas universitarias expresiones culturales de nahuas o matlatzincas sin descanso: en ellas está raíz de nuestro mestizaje y la mejor forma de guardar el pasado para ser modernos.