Culturas Precolombinas
Ángel María Garibay, recupera grandeza cultural de Otomíes, a pesar de mala fe de conquistadores de sus territorios originarios. Garibay, recupera belleza de sus mejores creaciones: Venciendo la timidez y suma reserva de los indígenas, Garibay logró rescatar cuentos y leyendas que estaban destinadas a desaparecer para siempre a la muerte de los ancianos que las trasmitieron. La hermosa leyenda de Dahiadi, por ejemplo, muestra la delicadez del alma otomí y revela poéticamente los vínculos mitológicos que la unen al astro rey: madi nhaxi, madi hiadi / amar la blancura es amar al Sol. Otra leyenda, notse, “olla vieja”, trasmitida años más tarde por un anciano de Huixquilucan, arraiga el presente indígena de la región a la cultura ancestral de México, como lo demostró Garibay en un artículo publicado por el Instituto Indigenista Interamericano, en el que se estableció el valor mitológico del relato y su parentesco con la leyenda náhuatl prehispánica conocida como teocomitl, “olla sagrada”.
Esa sola presencia y recuperación en defensa de los otomíes bastaría para admirar la gran personalidad de estudioso, de conocedor de diversas lenguas entre las clásicas como el griego y el latín, o por igual el italiano, francés o inglés, y para nuestra admiración el hecho de saber tanto el otomí como el náhuatl, que al recuperarlo a mitad del siglo XX da lecciones a todos los estudiosos que aman los temas mexicanos, como una forma de saber quiénes somos.
León-Portilla y Johansson dicen: La labor apostólica de Ángel María Garibay lo llevó a distintas parroquias donde predominaba el sustrato étnico otomí. De Jilotepec a Otumba pasando por San Martín de las Pirámides. Huixquilucan, Tenancingo; el padre, pudo así observar detenidamente costumbres de los otomís de cada región. Basándose en las investigaciones de Jacques Soustelle dadas a conocer en La Familia Otomí-Pame du Mexique Central, Garibay emprende la descripción de la organización social otomí y detecta atavismos paganos en sus creencias religiosas. Qué interesante es señalar a las otras religiones ajenas al cristianismo-católico, cuando para los originarios del Nuevo Continente, la palabra pagano en realidad no decía nada extraño que pudieran entender en la radical actitud de religiosos, reyes y milicia.
El estudio de los Matlatzincas no nos debe hacer perder el panorama que se expresa en todas sus vertientes, al revisar sus alrededores o laderas que lo mismo venían a convivir con dicha cultura, sobre todo en el caso de Mazahuas con los que parece congeniaron y se aliaron contra los audaces conquistadores aztecas. En estudios de la entidad —en particular— al investigar la región de Ixtlahuaca en culturas del pasado, viene a ser lectura obligada el libro: La vida cotidiana de los Aztecas en vísperas de la Conquista, de Jacques Soustelle investigador francés, del que tengo diversos títulos de él porque ayudan a entender el pasado. Leo en cuarta de forros: Trabajó como etnólogo en México, estudiando las civilizaciones latinoamericanas; más tarde, impartió cursos de arqueología y sociología mexicanas en la Sorbona y en el Instituto de Altos Estudios de América Latina.
Por su obra Los Olmecas recibió el premio de la Academia Francesa; por su trayectoria el premio internacional Alfonso Reyes, y por su contribución al conocimiento de las civilizaciones latinoamericanas fue nombrado comandante de la Orden del Aquila Azteca. De su autoría, el FCE ha publicado también El universo de los aztecas; Los mayas y Los Olmecas, entre otros. Franceses buenos, es de recordar al premio Nobel de Literatura, Jean-Marie G. Le Clézio, de quien he leído: Diego y Frida / Un gran amor en tiempos de la revolución. Extranjeros que buscan descifrar al México que somos, me viene en ello el pensar en Jean Meyer, mexicanólogo francés de este tiempo: su pasión por la historia nacional le lleva a dar lecciones para conocernos mejor, muestra lo son sus libros: Camino a Baján, Una viva recreación de las batallas y la agitada travesía del cura Hidalgo, y Yo, el francés, “Crónicas de la Intervención Francesa en México (1862-1867)”. Por cierto editados por Tusquets.
¿Qué tienen que ver todos estos nombres y épocas con los Matlatzincas? Es lección de historia y de crónica, que comprende que todo en la vida humana está conectado. Lo importante es saber que nada debe quedar fuera del estudio. Comencé con la palabra Matlatzinca, sabiendo que ella es un Aleph en el sentido borgeano. Todo comienza con ella, y todo tiene que ver con ella. Si se comprende esto, el estudioso sabe que puede dividir con fronteras groseras la palabra que siendo humana, tiene que ver con todo, nada debe faltar en su comprensión. Y así, es como se comprende que una simple palabra como Toluca, tiene que ver con diversas culturas indígenas que le correlacionan durante cientos de años hacia todas partes.
Comprender que todo tiene que ver con todo, es adquirir la cosmovisión de nuestros antiguos pobladores, que con sentido común no deslindaban el correr del agua por ríos y riachuelos, por ello le conectaban con montes y montañas, valles y mares. Vegetación tenía que ver con el agua, con la vida de los animales que cazaba, con su carrera por saciar la sed y la necesidad de alimento. Así, es como se debe estudiar la palabra Matlatzinca y la que llamamos los originarios de este Valle, por Toluca.
Así, estudio en su momento, de la cultura azteca ha de llevar a tomar libros y documentos diferentes, que igual hablan de culturas nahuas en sus diferentes nombres. Que en párrafos más arriba dejan en claro que siendo una cultura recibió diferentes nombres, hasta llegar al emblemático Azteca; otra palabra Aleph, que reúne en sí mismo todo su pasado, presente y futuro, el de ella misma, pero también el de las culturas que dominó, el de las culturas que se unieron al conquistador español para traicionarle y vencerle. Miguel León-Portilla y Patrick Johansson dicen en texto de referencia: Para poder penetrar en el alma otomí, Garibay tuvo que aprender su lengua. Provisto de manuales y mediante el contacto directo con los indígenas, logró pronto dominarla. De sus reflexiones lingüísticas el sabio mexiquense dejó una contribución capital para el estudio del idioma: Morfemas Nominales del Otomí, presentada en el Congreso Científico Americano, en febrero de 1932, en México, y publicada más tarde en los Anales del Museo Nacional de Arqueología.
Lección rotunda da Garibay a los detractores de la cultura y la familia Otomí: Hurgando en el alma otomí, Garibay tenía que imbuirse de su máxima expresión: su poesía. Surcando el llamado Manuscrito de los Cantares Mexicanos, descubría las versiones náhuatl de la lírica otomí que invalidaban parcialmente los juicios denigrantes que emitieron los aztecas sobre sus vecinos. Mediante un cuidadoso análisis, el sabio-poeta mexiquense descubría en la filigrana de versiones náhuatl, bellezas propias de la poesía otomí que hacen palidecer a los hermosos cantos de los nahuas. Sí, la lengua descifra y defiende cualquier cultura humana de la barbarie en todos los tiempos.
La Poesía, su máxima expresión se vuelve así contra los conquistadores y repite una y otra vez: no han de borrar mi voz porque soy eterna en mis metáforas, mi lírica, mi epopeya que es la vida de culturas complejas resumidas en la Palabra, su voz más profunda porque viene del alma, del espíritu que por ser intangible no hay arma que le pueda hacer desaparecer. Sí, la poesía Otomí y la de cualquiera de nuestras etnias está presente en las investigaciones de Ángel María Garibay y de Miguel León-Portilla, no sólo en el idioma nahuatlato, sino en la extensión de que los Valles de México y Toluca se hermanaron a través de culturas que vienen de lo más profundo y anciano de los tiempos precolombinos. La palabra Matlatzinca que estoy desvelando ante mis ojos, va en camino de desprenderse de sus velos, desnudarse de su piel, cebolla transparente y tierna, que hace rumor de la historia, crónicas que dibujan lo que pueblos de aquellos tiempos forjaron con sacrificio y audacia.

