DE FLORA TRISTÁN Y SU PENSAMIENTO

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IMPETUOSA Y AMBICIOSA, empezó Flora Tristán sus Peregrinaciones de un Paria, hubiese sido, seguramente, la manera en que Joyce hubiese narrado la vida de Flora Tristán si le hubiese querido echarse a tal tarea. La obra de la pensadora peruana, en cuanto a su ejecución, ciertamente no puede estar más impregnada de estos adjetivos a lo largo de todo su cuerpo. Ningún texto que recuerde el Perú de aquellos tiempos –1883– puede llamar más la atención por presentar una pertinencia tan acompasada y un entendimiento tan agudo y afilado sobre las problemáticas de su tiempo.

La obra, es, en suma, una Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe que se cuenta sola. Una historia más de un destino predeterminado a las complicaciones y los prematuros baldazos de realidad a una ciudadana más, que la sociedad de su tiempo castiga por anticipado únicamente por ser hembra de manera indefinida; mientras que todo lo que de pernicioso tiene el adjetivo paria recae sobre ella. Así, veríamos a un talento innato para la crónica moderna, avanzar estratégicamente en una sociedad tan frívola y de intereses tan intrascendentes para con la mujer como la peruana en tiempos prematuros de la República, arrancando sin fatigarse la concesión de un Derecho tan básico como la libertad intelectual.

En el anterior sentido, el aporte de Flora en cuanto cronista y fuente histórica es, además de invaluable, de una increíble fiabilidad respecto a otros testimonios de la época. Nada bueno auguraba para una sociedad hace no mucho independiente, que heredaba en mayor grado el lado concupiscible del espíritu ibérico. Flora, observa, pues, la ausencia de grandes, elocuentes y eminentes personajes que redirijan un proyecto de tanta potencia y responsabilidad como el de conformar una república de materiales nobles, a prueba de grietas. Y deja sentencias, con una agudeza sin parangón como, por ejemplo, el gusto por las bellas artes sólo se manifiesta en la edad avanzada de las naciones. Un puyazo que mediría la evidente falta de casta y de trapío intelectual espiritual de las cúpulas del poder de su tiempo, y que resaltaría con la claridad del fluorescente el estado de la nación a todos cuantos se aventuraron a escribir la historia del Perú.

Por lo demás, sus crónicas no estarían exentas de hondas disertaciones usando de parangón la Francia del siglo XIX con el Perú que le tocó vivir. Aún no podía, pues, hablarse ni por asomo de feminismo en ninguna parte del mundo. Pero sí podía predecirse que las esporas esparcidas por obras como la de Tristán, serían las que posteriormente vertebrarían lo que, en esencia, merece llamarse feminismo: la pugna intelectual y política para superar la idea de que las sociedades tienen que ser necesaria y hegemónicamente dirigidas por varones.

Su pensamiento, es, pues, aún tan vigente y pertinaz como lo hubiese sido antaño de no ser por la censura, podría ser una coda acaso modesta a una obra tan relevante. Pues el Perú aún adolece de un extraño gusto por la pseudohistoria, y de una amnesia del pasado óbice del progreso en muchos componentes fundamentales de su sociedad, y de una psicopatología en su vida cotidiana aun profundamente aquejada por un complejo de virilidad que teme solapadamente el ser jubilado por el genio femenino.