DECÁLOGO

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II

No Tomarás el Nombre de Dios en Vano

La fastuosa ceremonia política, con discursos, arengas y numeroso público anglosajón, hierático y perfectamente vestido llegaba a su culminación con el juramento, poniendo la mano sobre la Biblia de quién había sido electo Primer Mandatario de esa nación.

Juró por Dios y sobre el libro sagrado que respetaría todos los valores que por cierto se cansó de pregonar en campaña.

El gordo y rubio mandatario, sonriente se prestó a recibir la aclamación de los presentes.

Pasó la ceremonia, recibiendo parabienes todo el día.

Y comenzando su mandato su primera acción fue ordenar que varios hermanos humanos fueran expulsados de ese país y que una flotilla de aviones reforzara a un país amigo para seguir matando gente.

¡Mmchch! El mozalbete besó la cruz y dijo a su amigo: Me cae de madre que le cumplo a tu hermana… te lo juro por Dios.

El tipo ya llevaba seis meses de novio con una jovencita de 16 años la cual llevaba dos meses de embarazo y en ese pueblo antiguo y católico como el que más, la gente chismosa empezaba a murmurar.

El muchacho cabrón ya lo tenía planeado: pasado mañana me voy con mi tío y los otros tres que se engancharon con un pollero a los Estados Unidos, ja, ja, ja, ¿Yo casarme? ni loco.

Llevaba una semana de borracho y cuando llegó a su casa cayéndose se arrebujó en su viejo camastro. A las tres de la mañana vio que se movía un objeto en su cuarto. No le hizo caso. La sombra redonda iba y venía y lo que el borrachín temía se iba siendo realidad: ya empezaba con delirium tremens.

Le vino un sudor frío mientras el redondo objeto a veces parecía venírsele y entonces sintiéndose al borde de la locura le prometió a Dios solemnemente que no volvería a beber.

En un rasgo de falsa valentía se levantó como resorte y encendió la luz y lo que descubrió fue un globo de gas comprado en la mañana de ese domingo que quién sabe quién le metió a su cuarto.

Sfff respiró tranquilo ¡Hay que pendejo! Y es que no me la he curado y del sobrante del tequila que tenía se echó cuatro buenos tragos.

El aparentemente buen sacerdote juró serle fiel a Dios y a la religión que profesaba y en los primeros años iba cumpliendo su labor, pero antes de morir se supo que una buena cantidad de niños habían sido víctimas de sus bajos instintos.

En la misa dominical la seráfica anciana se hincó ante el altar y recibió la hostia del Señor bendiciendo a Dios sobre todas las cosas.

Al otro día lunes, esta anciana por cierto dueña de varias vecindades sabiendo que no tenían trabajo ni la señora ni el jefe de la familia y por eso estaban en la vil miseria al frente de la autoridad respectiva después de un juicio llamado desahucio sacó casi a rastras a los que habitaban su departamento y aventó a la calle a los famélicos habitantes.

¡Por Dios que así es! a