Descifrando lo humano 3.1: la moral, no es un árbol que da moras
«La moral es un árbol que da moras», sentenció con cinismo Gonzalo N. Santos, cacique potosino y símbolo descarnado del poder sin límites en el México posrevolucionario. Con esa frase convirtió a la moral en un chiste agrio, en una fruta inútil que se deshecha al paso de la ambición. La expresión, que en su origen evidenciaba una corrupción sin pudor, ha sido retomada desde entonces —en cafés, oficinas, curules y campañas— como una suerte de refrán popular para justificar la doble moral, la traición o la conveniencia disfrazada de pragmatismo. Lo inquietante no es solo que se repita, sino que muchos la digan convencidos de estar revelando una verdad sobre la supuesta «naturaleza real» del ser humano. Como si ser moral fuera ingenuo. Como si ser recto fuera cosa de niños. Como si lo humano estuviera condenado a la trampa y al abuso. Este artículo es una respuesta a esa idea: una exploración íntima y simbólica de la moral como manifestación de la conciencia, no como obstáculo para la vida, sino como uno de sus signos más profundos. Porque la moral —bien entendida— no es un árbol que da moras, sino raíces que sostienen lo humano.
A veces pareciera que el ser humano es, ante todo, un sistema en búsqueda constante de equilibrio. Y en esa búsqueda, se revela una paradoja profunda: mientras más se individualiza, más depende de los demás para encontrar sentido. En esta último apartado dedicado a la intimidad, la labor de descifrar lo humano desde la mirada del «homo cachorrito», posición marcada por el estudio sociológico – biológico que abre el paradigma de la propuesta contraria al de evolucionar hacia el dominio agresivo y la fuerza desmedida, se domesticó a sí mismo, como un cachorro que sobrevive no por su fiereza, sino por su sociabilidad, por su ternura, por su capacidad de vincularse.
En esta tercera entrega se hace necesario identificar las diversas perspectivas sobre las que se desarrolla la intimidad y por ello, quiero ir más allá del trazo evolutivo para adentrarme en una de las consecuencias más sutiles y trascendentales de esa domesticación que conlleva la civilización: la construcción de los valores. Porque si hemos de entender lo humano, debemos comprender cómo ciertos principios se convierten en ejes de conducta, cómo emergen del colectivo y se imprimen en lo íntimo, en lo que cada uno hace consigo mismo, incluso cuando no hay testigos. Kant nos enseñó que los axiomas no necesitan ser probados; se presentan como principios fundamentales que no requieren justificación porque son, por sí mismos, condición de posibilidad del juicio moral. Pero incluso esos axiomas, su vigencia, su fuerza, se revelan en el contraste social, en la medida en que permiten el reconocimiento del otro como igual, como digno.
El respeto, por ejemplo, no es simplemente un acto externo de cortesía o una forma de convivencia: es una afirmación de la dignidad del otro. ¿Y de dónde surge? Quizá de ese primer momento evolutivo en que la mirada de uno fue respondida con la de otro, y en ese cruce se reconoció una vida distinta, pero valiosa. Respetar es no invadir, no poseer, no utilizar al otro como medio. Es reconocer que hay en él o en ella algo que no me pertenece. El respeto, en este sentido, es una forma de límite, pero también de apertura. Una frontera que separa, pero que también permite dialogar. Desde esa óptica, el respeto no pudo surgir de la nada: es un efecto social, un aprendizaje de la vida en común, la respuesta a la necesidad de coexistir sin anularnos.
Así llegamos a la igualdad, otro principio que no se impone naturalmente sino que se construye históricamente. El ser humano no nace con la idea de que todos somos iguales, sino que la desarrolla al darse cuenta de que las diferencias, si bien existen, no justifican privilegios ontológicos. La igualdad es una creación social, una necesidad para mantener la cohesión frente a las jerarquías injustas. En su versión más pura, dice: todos valemos lo mismo, no por lo que hacemos, sino por lo que somos. Y esa afirmación tiene un carácter casi espiritual. Ese valor surge como una respuesta en contra de las jerarquías y la verdadera distribución del poder; al contrario, tiende a la horizontalidad, a la cooperación. Desde ahí, la igualdad no solo es una aspiración política, sino un retorno a una forma primitiva de empatía radical.
Pero hay una tensión constante entre esa igualdad y la justicia. Porque si bien todos somos iguales en dignidad, no todos actuamos igual, no todos vivimos las mismas circunstancias, ni cargamos con las mismas responsabilidades. Por eso la justicia aparece como el arte de distinguir sin excluir, de ponderar sin castigar ciegamente. Dar a cada quien lo que le corresponde es, al mismo tiempo, un principio racional y una virtud emocional. La justicia nace del conflicto, de la comparación, del agravio. Y es ahí donde se vuelve necesario modular lo individual con lo colectivo. Una justicia sin comunidad es venganza. Una comunidad sin justicia es sometimiento. El valor de la justicia, entonces, es un pacto: un acuerdo social que internalizamos para que la vida no se convierta en guerra perpetua.
Dentro de esa misma tensión aparece la tolerancia. Es el valor que nos enseña a vivir con el otro sin exigir que sea como nosotros. En un mundo de diferencias inevitables, la tolerancia se convierte en una forma de inteligencia emocional y cultural. No es indiferencia, no se trata de ignorar lo distinto, sino de aceptar que la diferencia es parte del mundo, que no es una amenaza sino una fuente de riqueza. La tolerancia nació del choque, del miedo, de la incomodidad, pero también del cansancio de la guerra. Es una conquista civilizatoria, pero también un ejercicio íntimo: aprender a no reaccionar desde el impulso, sino desde la comprensión.
La libertad, en ese sentido, no puede entenderse sin la tolerancia ni sin la justicia. Porque ser libre no es hacer lo que uno quiere, sino poder actuar sin que ello signifique una agresión a los demás. La libertad exige autodominio, exige conciencia. No es la ausencia de reglas, sino la posibilidad de elegir con responsabilidad. La libertad auténtica es una forma elevada de disciplina interior. Surge cuando el individuo ha interiorizado la moral colectiva hasta hacerla propia. Es ahí donde la filosofía kantiana cobra pleno sentido: el ser humano, al actuar moralmente, no obedece a otro, sino a sí mismo, en la medida en que se ha convertido en legislador de su propia conducta conforme a principios universales.
De esa libertad bien entendida nace la bondad. Porque quien es libre de verdad, elige el bien. No porque alguien lo imponga, sino porque lo desea, porque lo reconoce como valioso en sí mismo. La bondad es una inclinación, sí, pero también es una elección consciente. Es la manifestación de una voluntad que se orienta hacia el otro sin necesidad de obtener recompensa. Quizá la bondad es uno de los valores más misteriosos, porque no responde a la lógica del beneficio. Surge en los gestos pequeños, en las decisiones silenciosas, en los sacrificios cotidianos.
Y cuando esa bondad se hace duradera, toma la forma de amistad. La amistad no es una simple simpatía o coincidencia de intereses. Es una forma de lealtad afectiva que presupone respeto, confianza, amor y tiempo compartido. Es el espacio donde la diferencia se vuelve vínculo, donde la crítica no destruye, sino construye. La amistad es una creación cultural también, una respuesta a la soledad existencial, una manera de compartir la carga de vivir. En ella se entrecruzan múltiples valores, como si fuera una síntesis emocional de la ética cotidiana.
El amor, por supuesto, es la fuerza que atraviesa todos esos vínculos. Pero no el amor romántico idealizado, sino ese amor como acto, como decisión, como deseo de bienestar para el otro. Un amor que no se agota en lo afectivo, sino que se despliega como conducta. Amar es querer el bien del otro como si fuera propio. En ese sentido, es la expresión más radical de la moral social interiorizada.
Sin embargo, para que ese amor, esa amistad y esa bondad no se pierdan en la emoción fugaz, es necesario otro valor: la responsabilidad. Ser responsable es hacerse cargo, no solo de los actos propios, sino también de las consecuencias que generan en otros. La responsabilidad nace en comunidad, pero se vive en la conciencia individual. Es una forma de madurez, de asumir que nuestras decisiones tienen peso, que no somos islas. En un mundo interconectado, la irresponsabilidad es una forma de violencia.
La solidaridad, en cambio, es el acto espontáneo de extenderse hacia el otro. Es la conciencia de que el sufrimiento ajeno no es ajeno del todo. Nace de la empatía, pero se convierte en acción. Es el valor que da sentido a las comunidades en crisis, el que permite reconstruir después de la catástrofe. Y en esa reconstrucción, emerge la paz. No como ausencia de conflicto, sino como resultado de múltiples equilibrios: entre justicia y perdón, entre libertad y orden, entre individuo y comunidad. La paz es una construcción frágil pero poderosa, que requiere de todos los demás valores para mantenerse.
La verdad, por su parte, es el principio que orienta el pensamiento hacia la coherencia con la realidad. Pero también es una forma de relación con uno mismo. Decir la verdad, actuar conforme a lo que se cree verdadero, es un acto de integridad. La honestidad, entonces, es esa disposición a vivir sin máscaras, sin dobleces. Y esa coherencia entre lo que se piensa, se dice y se hace es la base del honor. El honor es el valor que nos mantiene fieles a ciertos principios incluso cuando nadie nos mira. Es el eco de la dignidad interior.
Honradez, confianza, gratitud, autodominio, sabiduría, compasión… cada uno de estos valores tiene una historia social, un origen en la necesidad colectiva de regular conductas para permitir la convivencia, pero se traducen, finalmente, en una brújula íntima, en una forma de vivir consigo mismo y con los demás. No surgen del vacío ni de una autoridad divina o legal, sino de la experiencia compartida, del ensayo y error cultural, de la búsqueda de una vida más digna.
Retomar la filosofía kantiana en este contexto es clave, porque nos recuerda que la moral no es una imposición externa, sino una estructura racional posible en todo ser humano, que reconoce en los demás el mismo valor que en sí mismo. Pero Kant también sabía que esa moralidad debía ser practicada, debía ejercerse en actos concretos. Es decir, los axiomas no son solo principios abstractos, sino coordenadas para una vida buena, para una vida con sentido.
Quizá por eso, cada uno de estos valores, al analizarse desde su utilidad social, también revela su naturaleza simbólica. Son representaciones de lo que aspiramos a ser. Nos narran, nos moldean, nos recuerdan quiénes queremos ser cuando lo peor del mundo amenaza con desdibujar lo mejor de nosotros. En esa tensión constante entre naturaleza e historia, entre instinto y cultura, entre impulso y reflexión, se gesta la humanidad. Y en esa gesta, el homo cachorrito —ese ser que aprendió a vivir con los demás antes que contra ellos— sigue desarrollando su conciencia, su libertad y su sentido de lo justo a través de los valores que recoge de la sociedad, pero que transforma en brújula íntima.
Porque al final, ser humano es elegir, cada día, cómo actuar ante uno mismo y ante los otros. Y en esas elecciones se dibuja, silenciosa pero firme, la arquitectura moral que nos permite no solo sobrevivir, sino vivir con dignidad.
Decir que los valores son una invención humana es quedarse corto. Son mucho más que eso. Son, quizá, el primer espejo fiel, aunque no siempre evidente, de lo que realmente es la sociedad. Mientras muchas voces discuten si el ser humano es, en esencia, bueno o malo, los valores permanecen ahí, operando como coordenadas silenciosas que guían conductas, reacciones y aspiraciones. Es curioso que, a pesar del escepticismo generalizado sobre la moral o la idea extendida de que todo es relativo, la mayoría de las culturas terminan compartiendo ciertos principios fundamentales: no matarás, no robarás, honrarás a los tuyos, dirás la verdad, cuidarás del débil. Estos mandamientos, con variaciones, matices y contextos diversos, aparecen una y otra vez, como un eco atávico, como si la humanidad tuviera una memoria colectiva que le recuerda, incluso en la oscuridad, hacia dónde conviene caminar.
No se trata de afirmar con ingenuidad que los seres humanos siempre actúan bien. Al contrario. La historia está tejida de luces y sombras, de gestas de compasión y episodios de crueldad inenarrable. Sin embargo, lo interesante es que aun en medio del caos, los valores persisten como faros. En las guerras más crueles, se escriben códigos de honor. En las crisis más devastadoras, emergen redes de solidaridad. Aun los criminales apelan, a veces, a la justicia. ¿Cómo se explica esto? Tal vez, los valores no sean simplemente construcciones sociales para facilitar la convivencia, sino reflejos de algo más profundo: de una naturaleza humana que, aunque contradictoria, tiene inscrita la posibilidad de la empatía, del bien, de la superación.
Desde esta perspectiva, los valores no solo son normas: son símbolos. Son las primeras expresiones conscientes de un lenguaje no verbal que une al individuo con su comunidad y a la comunidad con algo trascendente. Son la forma simbólica que adopta la conciencia cuando empieza a reconocerse a sí misma. No en vano, cuando enseñamos valores a un niño, no lo hacemos con tratados filosóficos, sino con historias, con ejemplos, con ritos. Porque los valores, antes de ser razonados, se viven, se sienten, se interiorizan a través de los símbolos.
Y entre todos los sistemas simbólicos que han transmitido valores, quizá el más persistente ha sido el religioso. A través de mitos, parábolas, rituales y celebraciones, las tradiciones espirituales han sido verdaderas escuelas de formación ética y emocional. No se trata solo de dogmas, sino de narrativas profundamente humanas que ofrecen una interpretación del mundo y un marco para actuar en él. En ese sentido, la tradición cristiana —con su calendario litúrgico y sus ciclos de reflexión— ofrece un ejemplo particularmente poderoso de cómo los valores pueden encarnarse en símbolos que trascienden la razón.
La Semana Santa, por ejemplo, no es solo una conmemoración religiosa. Es un espejo simbólico del alma humana. En la Pasión de Cristo se condensa el drama de la humanidad: el abandono, la traición, el juicio injusto, la muerte, el dolor. Pero también la entrega, la fe, el perdón, la redención. Es un relato que puede vivirse desde múltiples ángulos —histórico, teológico, espiritual—, pero que, en lo más profundo, actúa como un rito de pasaje emocional y moral. A través del sufrimiento del otro —representado en Cristo— el creyente se enfrenta a su propia oscuridad, a sus propias caídas, y vislumbra la posibilidad de renacer.
El Viernes Santo no es solo un recordatorio de un hecho trágico. Es la representación de un descenso necesario: el de la conciencia que toca fondo, que se confronta con la muerte simbólica del ego, con la necesidad de dejar atrás lo que ya no sirve, lo que hace daño. Es el silencio forzoso de la voluntad para dejar que emerja algo nuevo. Y la Resurrección no es solo la celebración del regreso de la vida, sino la expresión de un proceso de transfiguración: aquello que ha pasado por la noche del alma ahora regresa con otra luz, con otra fuerza.
Desde esta mirada simbólica, los valores no son impuestos desde afuera, ni aprendidos por repetición. Son, más bien, despertados desde dentro, activados por la experiencia, encendidos por los relatos que tocan lo esencial del ser humano. Por eso, la Pascua, como periodo posterior a la Semana Santa, es tan importante: representa el tiempo de la transformación ya lograda, del florecimiento posterior a la oscuridad. No es casual que se asocie con la primavera, con el renacer de la naturaleza. La Pascua es el símbolo de lo que pasa cuando los valores no se quedan en ideales, sino que se encarnan en la vida.
Y quizá por eso, los valores son la mejor prueba de que sí existe una ética humana subyacente, aunque no siempre evidente. Si fueran simplemente mandatos sin sentido, no habrían sobrevivido tanto tiempo. Si no respondieran a una necesidad interior profunda, no serían tan universales. Aunque cada cultura tenga sus propias expresiones, los valores como la justicia, la compasión, la verdad, la solidaridad o el perdón, aparecen una y otra vez. Y lo hacen porque, en el fondo, reflejan lo que la humanidad intuye que puede ser. En ese sentido, los valores no solo son normas: son profecías. Son expresiones de una visión de futuro, de una esperanza de mejora, de una fe radical en que es posible vivir de otra manera.
Por eso, cuando se dice que ya nadie cree en los valores, no hay que tomárselo del todo en serio. Porque en los momentos más críticos, cuando el miedo o la violencia amenazan con llevarlo todo, los valores reaparecen como lo más humano. En la compasión de un desconocido, en el perdón de quien fue herido, en la mano tendida después del error, en el silencio que respeta, en la palabra que consuela. Ahí, en esos gestos mínimos, se expresa algo más fuerte que la desesperanza.
Tal vez por eso vale la pena seguir hablando de ellos. No como recetas, no como discursos morales, sino como relatos vivos, como símbolos que nos invitan a recordar quiénes somos y quiénes podríamos ser. En tiempos de confusión, de polarización, de ruido, los valores son como un lenguaje antiguo que el alma todavía recuerda. Y al recordarlos, volvemos a casa, un nuevo símbolo que se traduce al ámbito psicológico del cual hablaremos en una nueva entrega, como preludio para entrar en el campo ignoto de la consciencia y la conformación cuántica de la realidad. Hasta la próxima.

