Deseos

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Del latín desiderium y éste del verbo desiderare, cuentan que pertenecía al latín vulgar, pero que antes de contaminarse de su vulgaridad, existía como desidium que era la forma clásica de decir que aquello era algo pernicioso, un ocio, una manera de pasar el tiempo, porque su raíz verbal desidere significa permanecer sentado o detenerse, para no hacer nada.

Lejos de su connotación física y concupiscente, desidium también es hijo del verbo desiderare: echar de menos o echar en falta, lo que ahora conocemos como anhelar, por eso esta palabra tiene múltiples usos semánticos.

También se compone de sidos-sideris, que quiere decir Astro sólo que con el prefijo de y proviene de un concepto de alguna religión gnóstica, para designar el hecho de mirar los astros, contemplar o considerar, pues parece que los astros se ocultaban y por ello se les echaba en falta como astros visibles en otras circunstancias.

Indolencia es otra acepción del deseo, aquí entendida como desidia, pereza del sentimiento, sólo el deseo. Esa es la que más me acomoda, pues conforme a la doctrina moral de la ociosidad, desear lleva el incentivo de la lujuria o la apetencia. Un anhelo, es a la vez codicia, pasión, lascivia. Querer una cosa con mucho anhelo no es tan inocente.

Hay quien dice que proviene del hebreo teshuga que literalmente significa voltear a ver, así Eva se voltea hacia Adán en el relato bíblico y de ahí las consecuencias de género que actualmente padecemos.

Una más: el verbo latino en cuestión probablemente proviene de la Vía Sideral, de las estrellas, con el significado esperar a lo que las estrellas nos traigan.

Esta noche que mire a las estrellas esperando la llegada de Los Tres Reyes Magos de Oriente (3 estrellas del cielo invernal), pregúntese por lo que más desea.