Despierta

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Son las dos de la mañana, la despierta el ruido de la lluvia; con el sonido le sobreviene la angustia por el hijo aislado.

Vivir esta pandemia ha sido todo un penar: experiencias, sensaciones encontradas, miedos e incertidumbres incesantes, lejanas mientras no había afectado a los suyos.

En el primer momento de la calamidad, la ignorancia e inocencia protegía su mente al creer que esto, sólo sería una cortina de humo, una especulación, un juego de poder, algo de pocos meses, pero no fue así: el bombardeo de las noticias generó pánico imaginario como una forma de autoengañarse al saber de contagiados, de cifras que, mientras fueran distantes, no pasaría nada. Sin embargo, como la humedad, el contagio ha ido avanzando, arrebatando a aquellos que deseó no tocara la enfermedad y mucho menos la muerte.

Cuando supo de los primeros casos de su familia, la ansiedad la asaltó, luego ella misma se inventó síntomas ilusorios como mucha otra gente: no tiene una mínima noción de los que viven el contagio.

Hoy, después de diecisiete meses, la tragedia llegó al hijo joven y al padre. Ambos enfermos revelaron una fatal realidad que enfrentar. Los síntomas se presentaron en el muchacho un martes ganando terreno en el padre el viernes por la tarde.

La angustia, el miedo, la incertidumbre la golpeó de lleno al ser la única que tendría que acercarse a ellos y apoyarlos a no tan sana distancia, ¿quién más lo haría si era la única familia que ellos tenían? Y para ella, padre e hijo, su único vínculo.

Hoy, ya sabe a ciencia cierta, qué es ayudar más allá de la sana distancia los medicamentos, la comida, desinfectar con todas las medias: googles, bata, guantes, cambiarse la ropa, el baño inmediato y jamás quitarse el cubrebocas.

Hoy la lluvia de madrugada, son las lágrimas reprimidas, es el miedo, es la incertidumbre, los rezos, las plegarias por la salvación de los suyos, la súplica porque esto pase y le permita la salud y mirar vivos los asideros de su existencia.