Despójate, elévate

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Al ser de mujer, 

En especial: a las covifitas.

El hecho de que alguien se vista

 de alguna manera

no significa que esté invitando

 a tener relaciones sexuales.

Despójate, elévate.

El agua se desliza por sus dinámicos cuerpos curveados, la humedad las glorifica recorriendo todas sus formas y colores. Las viste la tez lisa o con pliegues, sus templos son senderos de luminiscencia: aprendemos a reconocernos. Confrontamos heridas interiores escritas en la niñez. Exploramos con los años firmamentos inusitados en la búsqueda de sabiduría y paz.

Somos omnipresentes, hacemos mil cosas por el hogar, por las diversas avenidas de las actividades que nos implican desde hace siglos incursionando en nuevos horizontes de este siglo. Bailamos la vida, cantando, llorando, disfrutando, aprendiendo del dolor, del placer, del amor y también de su desencanto.

 

Intento reconocerme en ellas. Vivimos por día, por cada mañana, por cada uno de los motivos de madre, hermana, hija, amiga, esposa o amantes de la vida.

 

En todas las modalidades de ser mujer caminamos vestidas o desnudas de sí. Algunas avanzan garbas, felinas, con pasos largamente determinados para sumergirse en las frescas humedades retándose a la sensibilidad sin miramientos.

Otras tratan de ocultar sus figuras y aún con ello, las aman. Portan sus cuerpos dignas, gratificadas de ser únicas, en el cosmos de la personalidad.

 

Ante el intimidatorio destino respondemos como panteras: fieras y elegantes, otras dulces e indefensas, pero jamás vencidas.

 

Exploramos querernos dibujando rostros ante nuestra propia imagen, trazamos una piel que nos disfraza. Las líneas que nos definen nos recuerdan una naturaleza apapachada por la inteligencia que nos distingue. Vestimos nuestros templos protegiendo el alma de mujer. 

Nuestros ojos descubren día a día la existencia en nosotras y en los que nos acompañan. Es esta inteligencia fina, encubierta de intuición, la que nos dirige por el mundo.

Es este amor que surge lento, muy lento, descubriéndonos en cada uno de los asuntos vitales de la exquisita existencia. 

En el silencio o en el ruido, en la sonrisa o en el llanto miramos hacia el horizonte.

La muerte no nos detiene porque dejamos escrito en los hombres la historia de mujer que siempre los acompañará: madre, hermana, hija, amiga, compañera, amante, sueño.

 

Queremos el respeto a nuestras personas. Pese a los años, a las canas y arrugas, los  ojos del espíritu nos enseñan a mirarnos con amor. Ante la imagen de nosotras mismas buscamos permanecer en el aquí y en el ahora de la gratificante eternidad de ser mujer.