Día de Muertos

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La mañana del Día de los Muertos, de Todos  Santos o de los Fieles Difuntos, amanece clara y limpia, puede ser que hubieran venido la noche anterior, a comer o beber aquello que los verdaderos fieles dejaran sobre las mesas y las ofrendas. Puede ser, pero también existe la posibilidad que no vuelvan más, que gocen la dicha del descanso eterno en algún limbo dantesco o ante la presencia de la Luz, nunca lo sabremos; hasta ese momento en que viajaremos, como ellos, con menor o mayor valentía a la siguiente etapa de existencia o de no existencia, material o inmaterial. Tal vez nos convertiremos en energía, en biomasa, en vibración cuántica, en un simple saco de huesos, en calcio, en nada o en una estrella, dicen.

Dicen también que las almas olvidadas reciben este día un trato especial, no como el de los seres queridos, más bien, una consolación. Los difuntos ya no están más entre nosotros, pero la cultura mexicana los regresa un día al año para convivir con ellos, habría que preguntarse si están disponibles los aludidos para seguir conviviendo con quienes dejaron en esta tierra, si siguen preocupándose, bromas o dando consejos productivos. No lo sabemos. Tal vez por eso no vienen o porque no gustan de la foto que se les coloca o porque es demasiado pronto y actualmente no pueden dedicarse a eso.reprochando la inutilidad, haciendo diferencias con los hijos o familiares, gastando

El pan, la sal y la música, eso es lo que tradicionalmente compartimos con los difuntos. Al exceso como siempre, volcados en las calles y cementerios, la fiesta perpetua, una noche de fiesta, un día de descanso, la vida sigue para los que sobrevivimos hasta que la muerte aparezca y no vivamos más. ¿Quién puede saber  hasta cuándo?