Digamos ¡basta!

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El mundo atraviesa por un momento tremendamente complejo; lejos están aquellos días en los que el respeto y el sentido común tenían un espacio privilegiado.  Las ambiciones personales y la estúpida búsqueda del poder a cualquier precio han dado como resultado seres intolerantes e intolerables, que persisten en su actitud porque todos preferimos callar antes que poner en su sitio.

Hay voces que no se alzan: se imponen. Gritan, no para ser escuchadas, sino para aplastar. Desde sus nichos de poder, institucionales, familiares, laborales o sociales, se erigen como jueces, verdugos y víctimas al mismo tiempo. Humillan, sobajan, culpan, y cuando el mundo no gira a su favor, lo patean. Pero ya no; ¡ya no más!

Porque el silencio cómplice es el oxígeno de los abusadores, porque cada mirada que evade, cada risa nerviosa, cada así es él, perpetúa el ciclo. Porque el poder sin ética es sólo violencia con traje.

Hoy debemos decir ¡basta! A los que gritan para callar, a los que agreden para esconder su miseria emocional, a los que culpan al mundo de sus propias fracturas internas. No más pedagogía del miedo; no más liderazgo basado en el terror; no más normalización de la violencia disfrazada de carácter fuerte.

Basta de jefes que confunden liderazgo con intimidación; basta de docentes que creen que educar es humillar; basta de padres que disfrazan el abuso como disciplina; basta de políticos que culpan al pueblo de sus propias incompetencias; basta de colegas que agreden desde su inseguridad; basta de líderes religiosos que usan el miedo como dogma; basta de cualquier figura que crea que el poder le da derecho a aplastar.

El respeto no se negocia; la dignidad no se mendiga, y el poder, si no sirve para elevar, debe ser desmantelado.  Llamado enfático a quienes toman decisiones para erradicar de sus espacios de dirección a entes tan lastimosos, tan perversos, tan poca cosa.

En tiempos no tan lejanos, desde casa se inculcaban valores, y las voces de esos viejos sabios eran contundentes: a los patanes no se les educa: se les confronta; a los acomplejados que agreden para ocultar su vacío, se les desnuda con firmeza. 

No se trata de caer en su juego, sino de romperlo; con límites claros, con voz firme, con presencia que no se doblega.

No les debes simpatía, ni paciencia, ni explicaciones; les debes tu respeto propio. Porque quien grita para imponerse, merece silencio que lo desarma. Y quien humilla para sentirse superior, merece distancia que lo extinga.

No estás obligado a tolerar la miseria ajena convertida en violencia; estás llamado a poner un alto; con dignidad; con coraje; con la certeza de que no naciste para ser campo de batalla de nadie.

El mundo no necesita más tiranos con cargos, necesita voces que incomoden, sí, pero desde la dignidad; necesita manos que construyan, no que golpeen; necesita que cada uno de nosotros se convierta en frontera: una línea que no se cruza, un límite que no se negocia, una voz que no se apaga.

Cierto es que si todo eso sucede, es porque alguien no ha sido capaz de ponerles un alto: ni en casa ni en las instituciones ni en la sociedad.

Si tú has sido testigo, no calles; si tú has sido víctima, no te culpes; si tú has sido cómplice, despierta.

Porque el grito de ¡Basta! no es nada más un acto de rebeldía. Es un acto de humanidad.

horroreseducativos@hotmail.com