Dos en uno

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En 1986, encontré en una isla en una librería del centro de la ciudad de Querétaro un libro que aparentemente no tenía sentido. Ni conocía al autor ni conocía, por obvias razones, la trascendencia que tenía la obra en cuestión.

No fue hasta un par de años después que tuve a bien encontrarme otro libro, en una librería de viejo, también en Querétaro, del mismo autor. La lectura empezó casi al instante, puesto que la primer obra que conseguí me pareció impresionante por el juego lingüístico que presentaba, lo que para entonces era un avance significativo en mi trabajo a desarrollar. No sabía a lo que me enfrentaba, decía para mí, pero aquellos días eran de absorción pura y cada libro leído era un enfrentamiento a la libertad creadora que buscaba.

Sin embargo, la sorpresa de descubrir una misma obra con título distinto me pareció alucinante, Cantando en el pozo y Celestino antes del alba son los títulos con los cuales esa novela se hizo presente en mis manos. Fue ahí que empecé a investigar sobre su autor, un cubano que había salido de la isla perseguido, enjuiciado, encarcelado por varios años, en trabajos forzados, y que con el Maleconazo de 1994 había logrado salir rumbo a Miami con la determinación de lograr lo que la Revolución le había impedido.

La única novela publicada en Cuba fue esta. El mundo alucinante fue publicado de contrabando en París y reeditada por Monte Ávila Editores, en Venezuela, años después, al igual que En el palacio de las blanquísimas mofetas.

Ya fuera de Cuba, Tusquets reeditó prácticamente toda su obra y fue en esa editorial donde encontré la mayor parte de sus libros. Su suicidio quitó a la literatura de un hombre brillante que, atormentado por sus demonios interiores y exteriores, vivió al límite en una sociedad donde no se le permitió vivir con sus características. Su biografía Antes que anochezca, editada primariamente por Tusquets, no es como se podría pensar una diatriba política completa. Es un testimonio personal de sus tribulaciones como un homosexual perseguido en Cuba por el régimen castrista.

Con razón o no, Reinaldo Arenas tuvo la suficiente fuerza para soportar la prisión y los golpes, así como la censura hacia su trabajo literario. Acusó en su momento a las autoridades cubanas, pero realmente nunca tuvo la suficiente fuerza política para influir en la opinión mundial, tal como la tuvo en la literatura.

En momentos como los que se viven actualmente en Cuba, sería bueno preguntarse si la libertad que tanto se pelea es realmente la libertad que se tiene. Reinaldo Arenas era un escritor perseguido, no por sus ideas políticas, como se ha repetido hasta el cansancio, sino por su preferencia sexual, uno más de aquellos escritores que se negaron a ocultar su realidad y terminaron en el ostracismo público, como sucedió con José Lezama Lima, a quién no se le podía hacer nada sin que estallará la opinión pública mundial, pero al que se le impidió, de manera sistemática, salir de su país al no concederle un pasaporte. La crónica de la vida de Lezama está en cualquier parte. Inolvidable su novela Paradiso

Dos (como una coda)

Es en verdad interesante la postura de Emmanuel Macron, el presidente francés, al imponer, porque esa es la palabra, imponer la obligatoriedad de la vacuna anticovid entre todos aquellos que tienen contacto con personas de riesgo. Y aunque la idea de la obligación hacia todos aquellos que no quieren vacunarse sea un riesgo social, sobre todo ante las medidas que podrían ser tomadas, como el impedir el acceso a lugares públicos sin un certificado de vacunación y cosas por el estilo.

Sin embargo, las protestas hacia estas medidas no se han hecho esperar, aún más ante el anuncio que las pruebas anticovid ya no serán gratuitas. Obviamente esto ha prendido las alarmas en todos los países porque, como sucedió con la Revolución Francesa, pueden copiarse.

Se habla de coptar la libertad individual, de atentar contra el derecho de cada quien e incluso de imponer una solución sin fijarse en el libre albedrío. Y sí, cada uno es responsable de su propia vida y sus derechos como seres humanos son inalienables, pero en este tipo de situaciones, se debe uno fijar en los demás y en la sociedad que nos alberga. Hay que tener conciencia por encima de nuestros ideales personales.

A lo mejor lo que habría hecho Macron no sería impedir la entrada a lugares públicos a los no vacunados, sino al contrario, impedir a los vacunados salir de casa y dejar que todos aquellos que no creen en el bicho sean quienes salgan y tengan acceso a los pocos lugares abiertos que tendrán a su disposición, digo, por aquello de no impedir el libre albedrío de todos.