¿Dos mundos?

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Otro día más, bueno realmente es un día menos, o al menos eso me dijo una maestra mientras estudiaba mi carrera. Recuerdo que ella era bastante práctica y no se preocupaba mucho por las nimiedades, solía molestarse cuando las personas decían que había muchos mundos o que este mundo no era para ellos, ella respondía no sin cierto enojo y antipatía, que el mundo era sólo uno y no iba a cambiar. Pero claro que está cambiando, aunque pensándolo bien, cambia sólo en forma porque en esencia sigue siendo el mismo mundo. Yo creo que más bien, mi maestra se refería a que no va a cambiar de la dirección que está tomando, que tenemos que aceptar el mundo como es y punto.

Hablando de eso, hoy tengo una agenda bastante cargada, prácticamente atenderé pacientes hasta la hora de la cena. En mi consultorio veo varios casos, unos ya no me asombran, estoy tan acostumbrada a ellos que, aunque me duele aceptarlo, he perdido mi capacidad de asombro. Aunque hay algo que llama mi atención: cada vez veo más niños y adolescentes absortos en sus dispositivos. Les cuesta trabajo articular palabra, parece que sólo tienen ojos para esos teléfonos inteligentes, la interacción es nula, no prestan atención a casi nada, se la viven pegados a esos aparatos. Como psiquiatra infantil me preocupa de sobremanera esta nueva normalidad. 

El cerebro humano es un músculo que durante los primeros años muestra una plasticidad sorprendente, y como todo músculo necesita desarrollarse, tener actividad, no permanecer pasivo frente a una pantalla que no le permite distracciones. El cerebro necesita juego libre, estar en contacto con la naturaleza, necesita sol, requiere experimentar caídas, raspones, golpes… no me refiero a golpes en la cabeza, no me malentiendan, me refiero a golpes físicos en el cuerpo, como ocurre al caer de un árbol al treparlo o caerse de una bicicleta cuando se está aprendiendo a andar en ella. Y eso es sólo en el aspecto físico. También se refiere a crear y reforzar vínculos afectivos y entablar conversaciones. 

La otra vez, un niño no supo expresar lo que hacía en un día de escuela. Es increíble que su vocabulario sea tan limitado. No les gusta mantener contacto físico. Y eso es hasta cierto punto entendible, pero considero que hemos caído en la exageración. Los padres no deberían pedir permiso para abrazar y besar a sus hijos, al fin de cuentas ¿quién si no ama y protege más a esas pobres criaturas que sus propios padres? Pero con lo mal que va el mundo… hay casos de padres que maltratan y no respetan a sus propios hijos. 

Por eso hemos llegado a esos extremos. Todo es por el bien del infante.

Y es que no es que no se dieran esos casos anteriormente, siempre ha existido la maldad en el mundo, lo que pasa es que ahora estamos más expuestos. Una gran ventaja de los teléfonos celulares es que permiten grabar casi todo, hoy, todos somos como una especie de reporteros con cámara en mano. Y sin contar con la viralidad, se sube un video a las redes sociales y en cuestión de minutos se difunde por todo el país o incluso el mundo. 

Y es quizá por todo eso y más, que ahora se resguardan del mundo real en el mundo cibernético. Esperen un momento, ¿acabo de decir que existen entonces dos mundos: el real y el cibernético? Si mi maestra me escuchara… Bueno, es que han pasado casi veinte años de sus clases. Entonces ¿el mundo cambió o no?, pues al parecer sólo se transforma, ya que también en el mundo cibernético existen peligros: depredadores que están al acecho de los más desprotegidos, robos de identidad, fraudes… tal cual como sucedía en el mundo antiguo. 

Surge ahora un fenómeno silencioso, pero grave, los niños y adolescentes no están conscientes del mundo real.

Los niños no necesitan más contenido, más bien necesitan más presencia. Pero en este mundo, –sí, maestra, lo siento–, este mundo, donde las madres necesitan y desean trabajar, y la costumbre de tener una aya ya no es tan válida, los dispositivos se han convertido ahora en las nuevas niñeras que no se cansan de sobre excitar a esos pequeños cerebros con estímulos planos y repetitivos.

Bueno, ya llegó el primer paciente. Aquí vamos de nuevo…