Dueño del mundo (1904)

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En 1904 sufrió una aguda crisis y suplicó a su esposa que nada dijera sobre ello a familiares y amigos. La invalidez, la diabetes y las cataratas, debieron hacer –muy penosos– sus últimos años.

Se publican acontecimientos extraños ocurridos en el Gran Eyrie, en la parte occidental del estado de Carolina del Norte. El gobierno americano envía a su mejor investigador, John Strock, para que destape el misterio de los fenómenos que otro investigador anterior no logró. Unos días después, los informes que llegan desde diferentes puntos del país hablan sobre un objeto que parece desafiar el aire, otros que desafía los mares, y otro que desafía la tierra. ¿Es posible que estos acontecimientos estén todos relacionados?

El fin se acerca. Esta novela es el epítome del pesimismo de nuestro querido autor que años atrás estaba convencido del progreso, y con las esperanzas puestas en la ciencia como medio para hacer avanzar a la humanidad en todos los campos.

En ésta, en el umbral del final, Robur (sí, el que décadas atrás tuvo su novela, el Conquistador regresa como un excéntrico, negativo y desencantado de la humanidad, con suficiente poder para castigarla.

Es curioso como aún la ciencia no ha podido fabricar un vehículo como El Espanto que se transporte igual por aire, que por mar o por tierra. ¿Lo veremos pronto?

También se plasman las tensiones políticas que años más tarde llegan al desencadenamiento de la Gran Guerra.