El adiós que se fue

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Antes de la pandemia nos quemaban y se

terminó un tiempo como el que vas a leer.

 

Se iba la tarde con cansina lentitud. Poco a poco caían como goterones de oleo gris agotados pájaros sobre el pentagrama de los alambres de luz. Un lejano martilleo, ladridos de dolor. Por el barrio del Cerro de El Cóporo la tarde le tocaba las golondrinas a la luz del día y en la punta del suroeste del barrio, en la mera cruz, que era también basurero, olía a guayabas podridas, a gato muerto  y a orines de reciente briaga.

Por la rendija del zaguán desportillado de latón en Federico Hardy, se escapaban las recriminaciones mutuas:

–Nomás andas de cuzca, desgraciada.

–Vergüenza te había de dar, huevón, briago y todavía delicado.

–¡Vass a ver!

Como hormiguitas, las gentes suben y bajan por las callecitas de tierra… ¡puf!, ¡puf!, por la calle de piedritas los jóvenes suben agua en botes alcoholeros y aguantadores y en la tienda de Don León quien sabe cómo subió la camionetita del pan y las conchas, campechanas, pambazos, novias, huesos, chilindrinas y el montón de bolillos que bien repartidos se acomodan en el mostrador.

Y fue en ese momento cuando se corrió la voz: Murió Don Gaspar, por Antúnez el carpintero. Y fue hace como una hora, despuesito  que el doctor saliera triste de la vecindad.

Por fin Dios lo recogió, sintetizó en la tienda, manoseando el pan una comunicadora vecina.

Y que malo y que bueno, porque se va un símbolo del barrio, pero también, quien querría estar en sus calzones los casi cuatro meses que  pasó sufriendo.

Y aunque era crónica anunciada, no dejó de doler la partida del bohemio, chambiador y dicharachero viejo y en un doloroso pregón la voz se corrió y cuando la camioneta de los Funerales López, subiendo a trompicones se quedó a una cuadrita y la caja gris perla cargada por dos mozalbetes entró a la humilde morada, los deudos –prácticamente todo el barrio– se aprestaron a decir pa que soy bueno.

Antier no había o no se ocupaban las salas de velación; el ceremonial, el triste y alegre ritual era en la propia casa. Y no había que conseguir más que el muerto y la caja, porque sillas, flores, piquete, café, pan, sacerdote, plañideras y hasta la experta en rosarios eran Made in barrio.

Tristeza porque ya se fue un chingón para la carpintería hechiza, y el rentoy. Y por otro lado, motivo alegre, porque en la madrugada, qué de anécdotas del viejo y luego qué de cuentos colorados no salieron a colación.

Y hacían hilo, las y los que iban a dar el pésame. Sólo se detenía el discurrir de la gente cuando la voz potente de quien dirigía el coro de las oraciones opacaba todo sonido circundante: Primer Misterio… y luego, Dios te salve María, llena eres de gracia, el señor es contigo…

 

Y a hincarse donde te tocara. Los que estaban junto al lavadero sentían el suave refrescor del agua mugrienta en sus rodillas y para los que sorprendía el comienzo de la misa o del rosario junto al wc comunitario, en verdad era un verdadero calvario cada misterio y la misa, un auténtico sacrificio.

Y pocos claudicaban. A las tres de la mañana, aunque separados por corrillos llena estaba la vecindad de dolientes.

 –¡No me-me avisaron! Comppadre, medeleantes, perdón, te me adelantaste. Con  sus chíngueres encima llegó Don Güicho el compañero de farras de Gasparin, el fantasma amistoso, como le decían y bajando la voz se acercó a su comadre envoltijada con su negro chal, que impertérrita desde quien sabe qué horas está llore y llore sentada en la cabecera de la caja.

– Co-ma-dre. Comaa… es un susurro que se pierde entre un radio encendido en la  XEW, ladridos de perros y risotadas por un chiste.

Y pasaba la noche entre la visita de los otros Antúnez, los del centro –que nunca se paraban por ahí–  ¿y Genaro no vino? ha de estar de briago y más rezos, brindis y  risas y al otro día, en la santa mañana seguían rezos, chisporrotear del montón de velas, circular el café con pan y de la estelar llegada del padrecito para la misa de cuerpo presente. Si era tiempo de calor se sepultaba en la tarde de ese día, pero en general el difunto duraba dos días expuesto.

Algunos espontáneos le cantaban sus canciones y como muchas y muchos ocupaban el bañito comunitario, al medio día olía a rayos y centellas mandadas por Satán.

Y por fin, finalmente en dónde lo sepultamos, ¿en dónde comadre? La pregunta sobraba, tolucos 100%, vámonos al panteón de junto a la bandera, el de La Soledad o el llamado por todos General.

La bajada de la caja es en hombros, hasta Isabel la Católica y ahí, a meterlo en la camioneta y vámonos que el montón de gente los espera y los voluntarios a cargar al viejo carpintero hacen hilo y aunque pobres, damas y caballeros, visten riguroso luto, elegancia de pobres en el viejo panteón.

Camina la serpiente humana, con espasmódicos lamentos, con el trío que canta solamente una vez en mi huerto brilló la esperanza, la canción del viejo Gasparín, con el traj, tran, tras, de los pies que arrastran hojas secas y piedritas desbalagadas.

Ya está abierta la fosa y sobre los montículos y mausoleos y tumbas vecinas, se apiña el montón de dolientes. El sacerdote reza y dice… ¿qué? Hasta atrás no se oye bien. Tal vez que el buen Gaspar está feliz con Dios. Y al terminar con Requiescat in pace, más de un crudelio pregunta por bajo que eso que chingá significa.

Va bajando el féretro, los lamentos suben de tono, la viuda a lágrima viva le lanza un puñado de tierra.

Y hasta abajo, lleno de tierra toluqueña y montón de flores, ahí quedó Don Gaspar.

¿A dónde irán los muertos? Quien sabe adónde irán.

Y la otra Toluquita, oscura, silenciosa se fue yendo como Gasparín… y tantas cosas queridas que se fueron ya.

Salud.