El carretero de la muerte

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Cada palabra que ella pronuncia y todas las expresiones

 de su rostro se han grabado en su espíritu.

Las recordará eternamente.

El carretero de la muerte

Selma Lagerlöf

 

Desde que esto empezó, él pasa todas las noches. Al principio, sólo escuchaba las llantas de su carretilla o diablito o no sé qué cosa que se atoraba en el escalón que da hacia un baldío que, por casi veinticinco años, nos ha acompañado y ahora se convertirá en una colonia colindante con la nuestra.

 

Escucho un rodar lento de neumático entrando al andador, cada curva cerrada marca el trazo hacia el paso, enfrente de la casa. Es un plástico grueso que toca la banqueta. El carruaje es empujado por un muchacho demasiado delgado que jamás he visto sobrio. Camina cansado, sin hálito empuja la carreta, los brazos largos sostienen las pesadas manijas del peso de la muerte.

 

Cuando la muerte silenciosa llegó, lo escuché pasar acompañado de un hombre mayor que él. Hoy se cumplieron noventa días, pero hace sesenta, el hombre que lo escoltaba, ya no viene.

 

Tiene un mes que el briago, a las dos de la mañana se atora con la reja, con el escalón que dificulta subir la rueda gruesa del carromato. Hace menos de dos meses, enfrente de la casa, forcejeó violento contra su propia borrachera y el peldaño de subida.

 

En las noches de insomnio, lo escuché pasar nada más que ahora ya no forcejea, va plácido, cumpliendo con lo que le toca. Su presencia es como un ser que recoge a cada uno de los muertos en estas madrugadas de pandemia.

 

Al principio me daba miedo, pero como en las historias de grandes tragedias, lo que, en un inicio causa asombro, hoy es la normalidad.

 

Ya no está mi carretero de la muerte, quizá trabaja en llevarse almas con coronavirus. Pensé que esto sería una narración más en mi vida. No lo es. La pandemia de este siglo se lleva afectos. Como la humedad, se ha filtrado poco a poco, hoy no me queda más que ser, una más de tantos relatos que algún día se escribirán y las generaciones que hoy nacen, pensarán que, lo que lean, es un libro más que los cimbrará en una realidad como pocas.

Terrible para ellos, el mundo que les dejamos, es difícil de resarcir. Ojalá el carretero de la muerte se apiade del hombre por el hombre, porque lo que ha escrito el ser humano en este tiempo de contagio, es un cruento texto de horror que garabatea el amigo que pasaba frente a mi casa, en deshoras de la noche.