El espejo roto de la República

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El 18 de febrero de 2026, José María Balcázar se convirtió en el cuarto presidente del Perú en un solo periodo. No juramentó ante una fiesta cívica, sino ante el fantasma de una democracia que se desvanece año tras año en mí país. Más allá de las siglas y las mociones de vacancia, esta rotación perpetua nos revela la verdad incómoda, pero inequívoca de que hemos confundido la silla con el poder.

La imagen era casi un déjà vu con arreglos florales distintos. José María Balcázar, con la banda presidencial cruzándole el pecho, recibía el título de Presidente de la República en una sesión solemne marcada por la prisa y la desconfianza. El Congreso acababa de vacar a José Jeri, y como si se tratara de un macabro juego de la silla musical, la música se detuvo y Balcázar se encontró de pie frente al atril.

Balcázar es el cuarto presidente del periodo constitucional 2021–2026, y el octavo jefe de Estado en menos de una década. Esto, más que una curiosidad estadística, es el síntoma lúcido de que el Perú viene padeciendo una inestabilidad institucional crónica que ha convertido a la vacancia presidencial en un procedimiento más que en una excepción. 

Desde el autogolpe fallido del ex presidente Pedro Castillo en 2022,  hemos tenido en total cuatro presidentes, mejor, revisemos la hemeroteca desde las elecciones generales de 2021, el Perú ha tenido la siguiente secuencia:

Pedro Castillo (2021-2022): Elegido en las urnas, vacado por permanente incapacidad moral.

Dina Boluarte (2022-2024): Asumió por sucesión, renunció en medio de crisis y denuncias.

José Jeri (2024-2026): Presidente del Congreso que asumió el mando tras la renuncia de Boluarte, y que acaba de ser vacado por el nuevo Congreso electo en 2026.

José María Balcazar (2026-actualidad): Ex presidente del Congreso que ahora asume el Ejecutivo.

Balcázar no es un outsider inesperado (cómo muchos creen), es un Congresista de larga trayectoria, su designación fue el producto de negociaciones parlamentarias y de la lógica interna de las bancadas, más que de un mandato social directo. Y en un país que vive desde el Congreso su primer garante de estabilidad institucional nos habla de algo más que de crisis constitucional, nos habla de una transferencia del poder real del pueblo hacia la dinámica interna de sus representantes.

Antes de ser presidente interino, Balcázar fue parlamentario y presidente de la Comisión de Educación del Congreso. Durante ese periodo, sus declaraciones y posturas en torno al matrimonio infantil y las relaciones entre adultos y menores generaron indignación nacional y también rechazos desde organizaciones de defensa de derechos humanos y figuras públicas. En una sesión del Congreso sobre un proyecto de ley para prohibir el matrimonio de menores de edad, Balcázar afirmó que:

Todo el mundo tiene relaciones. Profesores con alumnas, maestras con alumnos, entre alumnos también, (Qué?!).

Posteriormente (según declaraciones recogidas por medios nacionales) Balcázar defendió esa postura diciendo que son leyendas negras que se quieren tejer sobre mí y que buscan recortar el contexto de sus declaraciones originales, sin cambiar su posición esencial en el debate. Además, existen reportes periodísticos que sostienen que Balcázar ha sido vinculado por el Ministerio Público en indagaciones relacionadas con presunto tráfico de influencias, vinculadas a la colocación de personas de su círculo en cargos públicos, también existe un informe de investigación del dominical Panorama reveló que una ex alumna y ex asesorada de tesis de Balcázar obtuvo contratos estatales poco después de reunirse con él en su despacho congresal en agosto de 2021, lo cual el propio programa vinculó con presunto favorecimiento y tráfico de influencias.

Uno podría caer en la tentación de pensar que el poder en el Perú se ha fragmentado. La ciencia política hablaría de ingobernabilidad, de un Congreso hiperactivo en su función destructiva y laxo en la legislativa, de un Ejecutivo débil, pero la realidad es tal vez un poco más aterradora, ya que el poder no se ha fragmentado, no, se ha evaporado.

Y llevamos años llamándole crisis a lo que en realidad es un sistema de funcionamiento, creemos que la inestabilidad es una enfermedad pasajera, cuando en realidad se ha convertido en la fisiología del poder peruano. Desde 2016, hemos tenido más presidentes que años. Cada uno llegó con un discurso, cada uno prometió orden y gobernabilidad, y cada uno fue devorado por la misma máquina que lo escupió a la cara. Pedro Pablo Kuczynski, Martín Vizcarra, Manuel Merino, Francisco Sagasti, Pedro Castillo, Dina Boluarte, José Jeri, y ahora José María Balcazar.

Ocho nombres en diez años. Ocho hombres y mujeres que ocuparon el sillón de Pizarro. ¿Ocho fracaso? No, ocho piezas de un engranaje que funciona perfectamente para producir ingobernabilidad y que nadie gobierne, producir descomposición para que nada cambie.

Así que la primera pieza es entender que el sistema político peruano no está roto, en realidad está perfectamente diseñado para no funcionar.

La pregunta que nos asalta es la misma que atormentaba a Jorge Basadre: ¿Dónde está el Perú? Si el poder ya no reside en la voluntad popular (expresada en elecciones que se anulan o ignoran), y tampoco en la estabilidad de las instituciones (que se canibalizan entre sí), entonces, ¿Quién gobierna realmente cuando quemamos los puentes entre la voluntad popular y las decisiones institucionales?

Si la presidencia se define a cortes de voto en el Parlamento, y no en las urnas, entonces el concierto político se convierte en un funcionario provisional permanente. Y cada giro, cada vacancia, es un signo de que el poder efectivo está más en el cálculo de mayorías y alianzas que en la legitimidad democrática. 

La metáfora del nosotros

Y todavía hoy, 3 de Marzo, hay una imagen que no me abandona desde el 18 de febrero. Balcazar juramentando ante un Congreso que, en su mayoría, lo vacarán en unos meses o semanas si las encuestas le son adversas, y no por victimizarlo, sino para colocarlo en el monopolio que están construyendo. Es el espejo roto de la república y cada pedazo refleja una facción, un interés, una ambición, pero ninguno, ninguno, refleja el país entero. 

Geopolítica de la Irrelevancia

En el contexto geopolítico de 2026, tener cuatro presidentes en cinco años tiene un costo altísimo. Mientras Brasil y Argentina, con sus propias complejidades, intentan articular una posición en el Sur Global, y mientras Chile redefine su modelo tras sus procesos constituyentes, Perú se ha convertido en un actor mudo, no tenemos voz en la crisis climática de la Amazonía, más allá de ser vistos como un espacio a explotar o proteger por fuerzas externas. Nuestra relación con Estados Unidos y China es meramente transaccional; no somos socios estratégicos porque no ofrecemos predictibilidad. Somos un país que importa seguridad y exporta inestabilidad, una paradoja peligrosa en una región donde la inseguridad ciudadana y el narcotráfico no entienden de fronteras.

Coda

Y sin embargo, quizás estamos mirando el problema con los lentes equivocados. Lo que las distintas sucesiones han demostrado es que el presidente se ha convertido en una variable irrelevante de la ecuación nacional, el verdadero poder no está en quien ocupa el cargo, sino en la red de intereses que lo sobreviven. El Estado profundo (la alianza de tecnócratas, poderes económicos, enclaves regionales y burocracias impermeables) ha aprendido a funcionar sin necesidad de un timonel, o, más precisamente, ha descubierto que puede cambiar de timonel cuantas veces sea necesario sin que el barco cambie de rumbo.

El país enfrenta una paradoja trágica, y lo pongo claro, tenemos la forma de la democracia, pero no su sustancia; tenemos la ceremonia del cambio de mando, pero no la capacidad de cambiar; tenemos la ilusión de la representación, pero no la realidad de ser representados. Somos una república de espectadores que observamos, impotentes, cómo el espejo se rompe una y otra vez, sin darnos cuenta de que ya no quedan fragmentos suficientes para reflejar nada…

El riesgo mayor no es tener muchos presidentes, es que el ciudadano termine por convencerse de que ninguno importa. Y cuando eso ocurre, la República deja de ser un proyecto común para convertirse en un trámite administrativo.

El 18 de febrero no solo juramentó un nuevo presidente, juramentó, una vez más, la evidencia de que el Perú debe decidir si quiere seguir administrando su inestabilidad o si está dispuesto a reformar el modo en que ejerce y controla el poder. Porque una democracia no se mide por cuántas veces cambia de presidente, se mide por cuánto logra sostener lo que promete.