El eterno viajero

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A Cristina Pacheco

Hace muchos años, en mi naciente juventud, descubrí por casualidad, a mi querida Cristina Pacheco, ella –como las almas blancas que escriben en los corazones lectores– me encontró.  

Recuerdo alguna ocasión que, revisando la última parte del periódico, encontré una breve narración; una historia de una persona, como cualquiera de nosotros ¡me atrapó de principio a fin! De ahí en adelante, cada domingo, buscaba al final del periódico La Jornada, en donde El Mar de Historias, me perdía por minutos en un universo narrativo donde mi imaginación viajaba al lado de cada personaje que ella escribía. 

La mayoría de los fines de semana, no dejaba de adquirir la publicación dominical. A la par, empecé a escucharla con ojos interiores en su programa Aquí nos tocó vivir, en mi ingenua visión lectora, tomé cada cuento como propio.

Cuando tenía catorce años, le conté a mi hermano mayor que quería ser escritora a lo que me contestó: – Si quieres serlo, tienes que escribir lo que vives

Leerme en Cristina, me fue llevando como una incondicional discípula; aprendí que escribir, tiene que hacerse con el alma, que uno debe ser honesto con lo que dice, que si no escribes con el corazón es como traicionar tu propio ser, es como negar la historia que te ha cimentado. 

Mi querida Cristina, hace unos días, cumpliste un año de haber alcanzado a tu eterno viajero, título del último cuento que le dedicaste al amado José Emilio Pachecho ¿Sabes? Cuando terminé de leerlo lloré, lloré, lloré mucho y ahí volví a sentir lo valioso que es escribirnos en el mundo, escribir con el arte de amar, porque el amor no se explica ¡Se vive! ¡Se siente!

Hoy es día de reyes 2025 y mi mejor regalo es tener en mis manos, el obsequio que nos hace Laura Emilia, dejando este legado amoroso que dice así: Hice una pausa. Me levanté del escritorio porque reapareció frente a tu ventana el colibrí que tanto te gustaba. Si él regresó, es imposible que no regreses tú