El foso parte dos, y final

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Y en el primer atisbo notó que en la reflexión había aminorado la tensión y continuó su monólogo interior: ¿Qué más? ¿Cuál otra muerte recuerdo? ah, aquel  matrimonio que quedó varado en medio del mar… Mar Abierto se llama la película: fueron a bucear y los olvidó el buque turístico, pero yo estoy en un punto antípoda, ellos tenían el mar del mundo, yo estoy preso enterrado… pero ellos estaban peor, tenían rondando a los tiburones y yo… ni la rata está ahora… de verdad que la muerte es como si una flecha nos señalara a ciertos pendejos para morir curiosamente… ¡Pero que chingadas cosas estoy pensando!, ¡Yo estoy vivo! Enterrado aquí y sin esperanzas de escalar estas pinches paredes, pero estoy vivo… ¡AU-XI-LIO! volvió a soltar la tensión ¡AU-XI-LIO! A lo mejor con esto espanto a las pinches ratas y por necesidad psíquica tornó a la reflexión: Alguien debe notar mi ausencia… ¿PERO QUIEN? Nadie ni mi infeliz vieja que nunca está…

En eso reparó en que era fin de año. Lo único que llevaba, su reloj pulsera le indicó que era últimos días de noviembre y que eran las 12:10 p.m. ¡Chin! Apenas llevo como dos horas y media aquí y ya me está llevando pifas, se me hace que no duro hasta el lunes, Y eso si alguien se da cuenta. En eso reparó con horror en que nadie sabía en donde estaba o andaba, maldita incomunicación, nadie sabe nada del otro… Creo que alguna vez le dije a Darío que me venía a trotar por aquí, pero ese detallito ha de haber quedado en un rincón olvidado de su mente. Melesio era un buen lector y cinéfilo irredento y ahora se felicitó de ello por ser un paliativo. Regresó a la cinta Mar Abierto y noto una diferencia entre su caso y el matrimonio que al fin sucumbe: ellos dialogaban se apoyaban mutuamente. Yo estoy aquí solo como perro… de nuevo se le apareció –aunque siempre estuvo presente– el  podrido, nauseabundo olor que Melesio atribuyó a un perro muerto. Otra vez quiso volver a la reflexión y no lo consiguió. Abrió bien los ojos y de las amarillentas páginas del periódico aparecían notas que más que leer se puso a traducir. El diario era Milenio de un día de Julio y se ocupaba del narcotráfico, política. La de ocho columnas decía que Enrique Peña declaró que México iba por el camino correcto… ¡Como nos engañaron!

Volvió a dejar los mugrientos papeles en su lugar y se restregó los dedos de las manos en los pants. Vio de nuevo el reloj, apenas eran las 14:05 poco más de la hora del zenith y su huracán entró en un ojo de calma, notó que estaba más tranquilo: la costumbre, la forzosa estancia te hace adecuarte a las circunstancias y se acordó de la Tanatología, primero es la desesperación, luego el duelo y después la conformidad. Algo así estoy yo… ¿Pero qué chingados digo?  Yo no estoy enfermo, bueno, hipertenso y con propensión a la diabetes, pero no estoy en la sala de espera de la muerte; eso sí, sería una tragedia que yo me fuera de este mundo ¿De qué?; de hambre, metido aquí porque si me quisiera suicidar ¿Con qué? Solo que con las correas de los zapatos tenis, ¿pero cómo me ahorcaría?

Oyó ruidos en la basura y le volvió el terror, era uno como rasguñeo, como escarbe de ratas que inmediatamente cesó y sin quererlo, le vino un franco, sincero recuento de su vida: Muchas cosas las hubiera cambiado, escoger a Nadia como esposa no fue la mejor opción, lo mejor de mi vida son mis hijos… ¡Será!

No me atreví a tantas cosas, que bueno que se me ocurrió el viaje a Europa, aunque ahora con AMLO ya cambio todo para bien, pero entonces el dinero alcanzaba para todo: viaje ahora pague después…

Melesio notó que el sol llegaba a medio cubo; cierto que no pasaba de la mitad de las paredes pero había luz, el lío va a ser si llego preso aquí hasta la noche… ¿Si llego?, Pendejo optimista lo más seguro es que pase aquí varios días y varias noches antes de morir de hambre… Y entonces recordó el libro Los sobrevivientes de los Andes y de cómo sobrevivieron comiendo trozos de carne humana. Ellos estaban mejor que yo, pues tenían de dónde aunque fuera carne humana, yo ni modo que me coma cruda las pinches ratas que se aparezcan… ¡AUXILIO!, ¡AUXILIO!, desesperado tornó a mandar su grito de espanto.

Afuera solo un pastito se movió al paso de una hormiga. El sol pegaba a plomo y ni un alma de dios. A 200 metros por la autopista los autos rugían rumbo a destinos distintos. La ironía: Melesio muriéndose de angustia y en el elegante TRANS- CAMINANTE, dormitando, un ciudadano viendo El secreto de sus ojos película argentina pensando en las zambullidas que se iba a dar en la playa de Vallarta, pues Acapulquito todavía no está en condiciones.

¡AUXILIO! Melesio volvió a ensayar su voz y ahora si lo que logró es que tres ratas salieran de su escondrijo y amenazadoras se le acercaron.

Buscó una piedra y fue cuando descubrió el zurrón de un perro muerto, que tenía solo costras de carne obscura, sin ojos ya y solo una blanquísima dentadura; Se hizo hacia atrás hasta tocar el bloque de tierra seca. Se buscó algo en el pants sabiendo que sólo tenía la cartera y por primera vez deploró no fumar: con cerillos o el encendedor haría un pequeño incendio y echaba a correr a las pinches ratas.

Si fuera, si tuviera, y se acordó del hubiera: plus cuan perfecto pendejativo del verbo ya me chingué.

Melesio estaba a punto del crack; así como el tronar de pronto de un corazón en un infarto; alocados, sus pensares sin calmarse tocaban aristas impensadas, locas del poliedro de desesperación en que se hallaba. Viendo hacia arriba notó que el sol, más bien que la luz del sol se subía llenando cada vez menos la penumbrosa pared encementada. Miró su reloj: diez para las cuatro y se le vino lo que le deparaba su estancia en esa subterránea prisión: el hambre, el frío, la noche, las ratas

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¡AUXILIO! SIN PENSARLO MUCHO VOLVIO A GRITAR arriba de él, apenitas y otro pasto se movió en la superficie y mirando hacia el pedacito de cielo que medio se vislumbraba, vio pasar a unas avecillas obscuras en perfecta formación.

Se dejó caer, se quitó la parte superior de los pants, y se la coloco al revés para que la capucha le sirviera como una especia de bufanda para tapar las fosas nasales y librarse un poco del nauseabundo olor que por momentos se hacía más intenso, y fue cuando abjuro de Dios: ¡chin!, ¿por qué yo, por qué a mí? y luego rectifico esto lo dicen a los que les pasa una desgracia. Pero esto me pasó a mí por pendejo. Se laceró con fiereza: Si no me hubiera asomado tanto. Y su mente fabricó una tabla pendiente de cemento, y luego como pesadilla: se va para allá o para acá, como un sube y baja y yo, idiota sin tener dominio de mi cuerpo, sin pensar, vámonos a donde estoy, ¡idiota! Y además sin esperanzas de que Nadia se dé cuenta o los hijos… ¿A qué hora notarán mi ausencia? ¿Y si no lo notan? Que es lo más seguro.

Siguió monologando: un momento de pendejez es eso, nomás un ratito de idiotez, me pasó como el que no se fija al cruzar una carretera y se equivoca de carril o como… un ruido ahora era otra vez el ¡el chillón, chocante gruñido, voz, de las ratas!

¡En que pinche situación estoy! Tragicómica y pendeja.

Melesio medio escritor y cinéfilo pensó que de su triste odisea salía un buen relato, lo llamaría El hoyo y tal vez hasta una película y entonces se acordó del individuo   –por cierto caso verdadero como el mío– cuyo brazo quedaba atrapado entre las rocas y así sufriendo, metida su extremidad queda emparedado en el calor del desierto, solitario y el desenlace tragifeliz: para no morir se corta el brazo para salir de ahí, y yo  Pendejo, ni una navajita cargo para en un momento de locura cortarme el cuello o mejor cortarme las venas de las muñecas y así, lenta, tranquilamente como dicen que sucede se va uno, len-ta-men-te y así sufrir como el cuento de Horacio Quiroga en que un campesino accidentalmente se da un tajo con el machete… ¡¿Qué chingados estoy pensando?! ¡Aquí estoy y debo de hacer lo imposible por salvarme! Entonces con las manos –se diría que con las garras del alma– se  asió, se agarró de la parte alta de la pared de tierra… Trató de subirse con la pierna derecha… Imposible, ni unos decímetros subió… Se resbaló lentamente y cayó poco a poco hasta derrumbarse y quedar en posición fetal…

¡Bujuu!, derrotado comenzaba una especie de llanto, cuando cobrando de nuevo brío y sacando fuerzas de flaqueza, trato de pensar: con ponerme loco no gano nada. A ver Melesio, calma, calma, calma, todavía no es la hora de par… partir y dos lagrimones le bajaron hasta la barbilla. Vio su reloj pulsera: eran casi las seis de la tarde y en la colonia de enfrente llamada La moderna, como no hubo clases vespertinas los chavos salieron a echarse un partido de futbol el balón pegaba en las paredes y los postes hasta que el chutazo de un fiero chaval ¡chash! Rompió un ventanal. Por el hueco salió la cara furiosa de la dueña de la casa y grito: ¡cabrones! Quien fue ¡Tu verdad pinche güero! y de la casa de enfrente una feroz matrona le grito:

–Ya no la hagas de pedo te vamos a pagar tu ventana y ustedes pinches muchachos váyanse a jugar al baldío órale, vámonos pero se fijan al pasar el puente peatonal.

Y corriendo los pequeños futbolistas fueron al baldío en el que estaba el foso donde Melesio en este momento lloraba al ver que más ratas salían.

Llegaron a la cancha de pasto, pusieron piedras como porterías, se organizaron en dos equipos y Melesio ya ronco grito AUXILIO, solo un pastito se movió.

Cerca del foso quedó una portería y el gordito que la custodiaba medio escuchó que del fondo del hoyo de atrás un ruido salía.

Comenzó el partido: pásala guey, no seas personalsita, bárrete pendejo, cabecéala cabrón.

El gordito portero escuchó aulio y les iba a decir oigan como que alguien grita por el hoyo, pero el extremo derecho del equipo contrario mandó el centro y gooool, el gordito apenas se movió.

–Ya viste pendejo, por tu culpa… hay cambio de portero. El gordito balbuceó: –pero ahí en el hoy…

El balón había quedado junto a la balaustrada del foso y cuando Melesio lanzaba su grito de auxilio de la parte sur vino cabalgando un feroz doberman los chavos se asustaron cuando el más grandote gritó: ¡este pinche perro muerde!, dejando ahí el balón los chavos corriendo se dirigieron al puente peatonal.

El doberman llegó junto al balón y escucho clarito AUXILIO, pero y qué… Ponchó el balón con sus dientes y corrió hacia su dueño que con correa en mano le grito:

–Pinche Mustafá ya espantaste a los niños cabrón no te vuelvo a dejar solo y le puso la correa y así subió con el perro por el puente peatonal.

Melesio ya no tenía voz ni ilusiones ni esperanzas y se sentó junto al zurrón del perro muerto vio hacia arriba y empezaba a anochecer. Silencio absoluto.

Vio hacia arriba y las estrellas se colaban por el huequito del foso y ahora si se puso a llorar mientras una rata, sin prisas le mordía los tenis.

Y nadie nada, sólo un pastito se movió y por cierto que nadie lo vio.

Y la noche fría llegó en silencio.

Fin.