El foso (primera de dos partes)

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Un ente humano más común y corriente que el contador Público y Auditor Melesio Cruz Hernández sería difícil hallarlo. Un animal de costumbres del Siglo XXI: jubilado, buena casa, amigos apasto y una familia con los lógicos bemoles de una sinfonía: Una hija con doctorado y un hijo alcohólico y una cónyuge holgazana y feminista.

Así visto el panorama, Melesio ahí la llevaba, aún con el añadido de tener frecuentes discusiones con su cónyuge con la que tenía viviendo casi cuatro décadas de matrimonio; por lo demás cuidaba su salud al máximo y así a sus 52 años 7 meses la iba sorteando.

Su día comenzaba con el gusto de visitar el enorme baldío –decía descubierto por él aunque tres que cuatro dueños de perros los llevaban a defecar– en donde hacia el matinal ejercicio, prolegómeno que consistía en caminar para soltar los músculos, luego apresurar el paso y por ultimo trotar. El lugar quedaba detrás de una pequeña estatua que honraba a cierto desconocido luchador social llamado Ricardo Flores Magón.

El campo amplio y solitario siempre vacío de humana presencia ofrecía pasto suave y mullida alfombra verde que no lastimaba la planta del pie o tobillos gastados por el uso como los de Melesio. El lugar dividido en dos secciones  tenía en el extremo unos como barandales que comunicaban con las no tan cercanas vías de alta velocidad. No era totalmente plano, pues en la parte suroeste, la más solitaria por cierto, un cuadrilátero de cemento de poco menos de un metro de alto comunicaba, más bien circundaba, un hoyanco que de tan hondo sólo negrura mostraba en el fondo.

Melesio era feliz y más cuando después de 7 vueltas a trote rápido, su frente se perlaba de sudor y entonces era hora de parar, bajar el paso y recorrer las calles que lo llevaban al puesto de jugos para pedir sus ¾ de litro amalgamados de mandarina y zanahoria.

Ya tenía poco más de 2 años de practicar el ritual y aunque de vez en cuando la curiosidad lo llevara al cuadrángulo de cemento a hurgar que contenía la negrura no se asomaba más que lo justo, no me vaya a caer un día, previsor como era, se lo advertía.

Melesio iba y venía todo el día y guardando el secreto de su territorio descubierto a pocos decía qué en esa rugiente urbe, el trotaba en un solitario y grato lugar.

Ese jueves 23 de Noviembre comenzó como todos los días, Melesio se levantó a las 7:30 am, se puso pants, zapatos tenis y la gorra de los Yankees de Nueva York y se dirigió a su baldío consentido.

Comenzó caminando y notó que pululaban los dientes de león, hizo un alto, cortó uno y puff al soplido 30 alfileres de plata nadaron en el aire. Apretó el paso ahora notó que las violaceas flores de noviembre, de las que no sabía su nombre enseñoreaban el campito de verdura con lamparones amarillos de las primeras heladas y curiosamente no crecían por el caminito que el hacía al andar. Se hace camino al andar, pero evitó de nazca vida. Sonrió de su reflexión.

Estaba de buen humor. Después de 27 minutos apretó el paso y procedió a trotar, puff, puff, el jadeo y el agradable pisoteo de la yerba se juntaban.

En una de esas vueltas le dio por acercarse al cuadrángulo de cemento.

Ahora si veo que hay abajo, se prometió, pues ante la incertidumbre su mente había fabricado, ratas, arañas, un esqueletito, un hormiguero devorando algo o nada, simplemente una capa de arena, qué si caía, como colchoncito amortiguaría su eventual caída.

Llegó, se asomó y nada. Aunque el sol de otoño descubría más espacio en la bóveda, del fondo, Melesio no distinguía, maldita la cosa se asomó más; ya tenía medio cuerpo dentro y Aay creyó mirar algo que se movía. Hizo el último esfuerzo para asomarse más… ¡y cataplum!, que se va redondito al fondo del pozo. ¡AAAY!, logró gritar y arrastrado por la gravedad, su cuerpo, lenta, pero inexorablemente cayó al fondo.

Y ahí magullado, aturdido Melesio halló que lo que él había imaginado no embonaba con la realidad: Lo que encontró, fue en periódico amarillento, una lata de Tecate una bolsa de polietileno con basura… increíblemente estaba tranquilo, como un colegial que hubiera hecho una travesura, pensó que ya tenía más que contar… pero esa calma duro poco, pues primero sintió dolor en las costillas y luego de golpe de sopetón, se dio cuenta que literalmente estaba metido en un hoyo. Los nervios comenzaron a hacerlo su presa, se buscó en los bolsillos del pantalón del pants; sólo su cartera repleta de billetes de cien pesos y lo demás que contiene: su tarjeta de Banamex, la del ISSSTE Las fotos sonrientes de lo que más quiere en el mundo… ¿¡y MI CELULAR!? como siempre, ahora se daba cuenta que era una pendejez que lo dejaba porque en una de esas corretizas se me cae y ni cuenta me doy ¡idiota! El celular nunca se deja y luego estos pinches pants sin bolsas.

Melesio comenzó a ponerse cada vez más nervioso, vio hacia arriba y calculó como 5 metros, pero lo peor es que no cabía la mínima posibilidad de subirlos: cemento liso por 3 lados y tierra seca y que se desprendía un arbustito nomás arañándola, por el lado que quedaba según escalable.

¿Y ahora?  Ahora el buen padre y ciudadano entró en pánico, deplorando que lo que antes era su particular refugio ahora jugara en su contra: No pasa gente, los que van a los lados de la carretera nunca miran al baldío y para acabarla de chingar, los dueños de perros han dejado de venir.

Se acomodó como pudo sentándose  entre la tierra y cemento y luego se recargo en la pared.

De la sucia alfombra de arena ya le entro por la nariz ese olor nauseabundo, penetrante, como de perro muerto. Se puso de pie, se levantó y decidió que tenía que hacer algo, vio hacia arriba –pensó que si fuera otro momento– se solazaría con las formas geométricas que fabricaba el sol entre las 4 paredes en donde vio esa ramita, planta con una raíz metida a fuerza crecida en la penumbra que ¡Diablos! Por más que brincó no la pudo alcanzar…pero ¿Para qué? Se dijo.

Aunque lo considero inútil, ensayo gritar: ¡AUXILIO! , ¡AUXILIO! …Más inútil lo sentiría Melesio si viera desde afuera a una hojita moviéndose –¡oh!, magia no vista por nadie– en un globito saliéndole un chorrito de voz, como en una caricatura de Will Eisner, un baldío: en el centro un hoyo cuadrado al que le sale un globito blanco que luego en el siguiente cartón se deshace.

Melesio se sentó de nuevo. Se acordó de sus clases de control mental y ensayó respirar lenta y pausadamente contando hasta cien. No quería ver. Cerro los ojos y algo de tranquilidad iba apoderándose de su persona, pero cuando iba en el 47, un ruidito, como si alguien arañara la bolsa de polietileno, aunque leve, sutil, en ese sepulcral silencio bien que se oía. Trissss, como si algo, alguien quisiera aparecer detrás de la bolsa de polietileno. Melesio se olvidó del mundo… O trató de olvidarse del mundo porque el ¡¡¡trisss!!! se hizo más audible hasta que irremediablemente quien se escondía: una gorda, peluda rata gris se hizo visible sus rojos ojillos. Quedaron frente a frente. Melesio pensó darle un puntapié, alejarla, quitarla de su vista, pero no hubo necesidad, el roedor se metió en el basural y de ahí a un pequeño hoyo al que cupo como haciéndose de chicle. Melesio estaba aterrado; toc,toc,toc, en ese silencio oía  los latidos de su corazón y sin que vinieran al caso pensó en sus pastillas de Rivotril que le calmaban los nervios y le ayudaban a dormir.

Le vino un acceso de valentía y pateando, hurgo en el cuadrilátero de suciedad ¿Por qué la gente ve un hoyo y tira todo? Siempre esperando que regresara la ratota, sus pensamientos agitados en un frenético caos le traían impresiones: Ojala estuviera soñando… Pendejo, idiota, ¿Por qué tuve que asomarme? Tomo aire respirando con frenesí. Se recargó ahora en una pared de cemento: uno, aspiro profundamente dos, saco el aire, tres ahí iba… No pudo seguir, ahora si en serio la angustia lo había hecho su rehén. ¡AUXILIO! Grito dejando salir la tensión ¡AUXILIO! Ahora el grito fue sacando todo.

Sí, Melesio estando en el baldío viera que nada, que ni un desbalagado perrito andaba por ahí, que el cartón de Will Eisner era cruelmente cierto, se agudizaría su ataque de ansiedad. Y otra vez ¡Maldito pensar! Se le presento la ausencia de su celular. Chin, con una sola llamada se arreglaría el asuntó:- Mira hijo que crees, no te vayas a reír pero me caí en un hoyo que está en el baldío al que voy a correr…¿Qué no sabes dónde está? Mira, ¿Conoces el busto de Flores Magón? El que está en Colón y Torres… ¿Ya? Hay estoy abajo, traéte a un cuate y unas cuerdas, escalera o algo. Órale, no te tardes…

¡Carajo! Melesio pegó una patada que deshizo una vieja mata de pasto seco. Pensando en una posible imposibilidad. ¡Chinga! Lo peor de terminar mi vida aquí es que por lo insólito pasaría vergonzosamente a la nota roja de El Gráfico o El Metro. YA NO SALIO DEL HOYO y ya me imagino la foto en la portada, yo abajo tirando, semideborado por las ratas porque no creo que haya nada más la que salió.

El prisionero se fue deslizando por la espalda, por las nalgas hasta quedar sentado con la espalda recargada en el frio cemento. Si se viera en un espejo no se reconocería: El rictus de terror lo marcaba, la lengua seca, pegada al paladar, la mente sin razonar congruentemente, viajando de uno a otro lado. Ahora ¿Qué chingados hacer? Y en un imprevisto giro, su mente lo llevo a Joaquín Pardavé, el actor mexicano que presuntamente fue sepultado vivo y a los cementerios ingleses del siglo ante pasado que tenían una campanita cuya cuerda anudada al badajo daba hasta la mano del presunto muerto, a si lo habían sepultado vivo este jalaba de la cuerda y clanc, clanc los de arriba y afuera se daban cuenta que el según muerto estaba vivo pero yo estoy peor –reflexionó Melesio–. Por aquí no se paran ni las moscas… ¿Chinga?    CONTINUARA

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MIL GRACIAS.