El honor, una mirada por la historia

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El honor, en tanto palabra, proviene del latín: honos, designación de una divinidad que representaba el coraje en la guerra. Más tarde tuvo que ver con la concesión de tierras merecidas por la victoria, más adelante aún serviría como principio para lograr un concepto moral con una gran complejidad. Finalmente podríamos hablar de que estamos frente a una guía para la conciencia. Sin embargo, a través de la historia y, aparentemente en su nombre y sus múltiples acepciones, el honor ha causado más muertes que la peste, más controversias que la gracia y más pleitos que el dinero. Hace apenas un cuarto de siglo que las ciencias sociales han reconocido su existencia, esto es como resultado de las dificultades inherentes al análisis del honor, puesto que se trata, al mismo tiempo, de un sentimiento y un hecho social objetivo. Así es que, por una parte, es un estado moral que resulta de la imagen que cada uno tiene de sí  promoviendo las acciones más temerarias o la negativa a actuar de manera vergonzosa, más allá de cuál sea el deseo material, y al mismo tiempo, es un medio de representar el valor moral de los otros. Ahora bien, valdría la pena hacer una distinción en cuanto a que la motivación de conducta, aquella que sólo responde a Dios en lo profundo de la conciencia, en este sentido el honor es irremediablemente individual, en tanto que se da si y solo si la voluntad de cada uno es. Sin embargo, el honor también es colectivo y puede atribuirse a un grupo social iniciando por una  familia, por un pueblo, una patria.

El honor ha sido considerado desde tiempo inmemorial y de manera universal, como un valor esencial y de conciencia de los seres humanos y goza por ello de gran estima. En la Antigua Grecia se consideraba al honor como condición indispensable para acceder a la felicidad. Para lograr esa conquista había que practicar la virtud. Así es que de manera auténtica hay que vivir en la acción de la virtud y tenía que estar remachada por una conducta irreprochable, en donde no podían soltarse de las manos el deber y el honor. Así es que por esto mismo el orden social estaba anclado al respeto y la honra que se procuraban las personas entre sí. Por ende la falta de honor se consideraba la mayor tragedia y el mal por excelencia del alma helénica.

Ahora bien, en la Antigua Roma, el honor era apreciado, con tal fervor, que se veneraba encarnado en el dios Honos, el dios del honor, la caballería y la justicia, particularmente como virtud militar. Era representado artísticamente con una lanza y una cornucopia –cuerno de la abundancia–, a veces, con una rama de olivo. Tenía un templo, al lado del cual había otro  dedicado a la diosa Virtus, la deidad de la valentía y la fortaleza militar. Así es que de la unión entre honor y virtud nacía la clemencia. Inclusive el mismo Séneca decía que Quien pierde el honor, ya no puede perder más. Así como Marco Aurelio, pedía a las personas a vivir una vida honrosa, pura e íntegra que tuviera como primordial objetivo el deber. En Roma estaba establecido en el plano social una diferenciación entre patricios y plebeyos. Los primeros, descendientes de los fundadores se consideraban como los elegidos  adjudicatarios del honor y se les honraba como tales, por si fuera poco, contando con una serie de prebendas que gozaban en exclusividad. Ahora bien, ya en la Edad Media, el honor era tenido en gran estima y se consideraba un valor con carácter irrenunciable, inclusive si era necesario se debía estar dispuesto a dar la vida.

Era imprescindible mantenerlo a toda costa, dejando como legado la fama posterior a la muerte. El mismo Petrarca lo expresaba así: Un bel morir tutta la vida onora. Sin embargo, hay que decir que los conflictos engendrados por el honor son universales en tanto la designación jurídica del honor. En la Edad Media, mientras el Estado no había tomado en sus manos el control judicial de las disputas, una forma seudojurídica remitía a la Potencia divina la responsabilidad de su resolución: el combate judicial resolvía las querellas entre grandes a través de un enfrentamiento formal y todo un ritual frente a testigos, preferentemente el rey u otra autoridad real. Era a la vez una lucha a muerte y un juicio divino, ya que remitía a Dios, confiando que éste daría razón al justo concediéndole la victoria sobre su agresor. Así es que en estos momentos de la historia el caballero, en tanto entidad venerada, tenía un código por el cual se establecían como valores esenciales: el pundonor, la valentía, los deberes hacia Dios y la sociedad, y la fidelidad a los compromisos obtenidos de manera  libre. Se trataba pues del paladín en la defensa del cristianismo, la protección de los débiles e indefensos, el auxilio de los pobres y la lealtad a un ideal. El símbolo de su honor era la espada. Pero el honor no era único los caballeros ya que, por ejemplo, a los artistas de prestigio y los constructores de las catedrales se consideraba que les correspondía el honor de su oficio. Así es que todas estas dispuestas aun cuando se tratara de confrontaciones múltiples motivos siempre se remitían a la noción de la defensa del honor propio o ajeno. Además se consideraban excluidos a los siervos de la gleba.

Por otra parte, en el Renacimiento el Estado retomó de las manos divinas la reglamentación de la cuestión de la violencia, pero sin conseguirlo completamente, ya que se vio el desarrollo, en primer lugar en Italia, de una jurisprudencia paralela que reinaba sobre los lances de honor. El duelo, combate singular sometido a esta jurisprudencia, aseguraba satisfacción a quién se creía lesionado en su honor, resultara vencedor, herido y por tanto vencido, o muerto. Ya que, curiosamente, el hecho de ser vencido no acarrea el deshonor, Sólo es deshonrado aquel que se niega a arriesgar su vida para defender su honor. Así que obtener satisfacción no implica tener razón, sino sólo tener el coraje de batirse. Ya no se trata de una ordalía, sino de una prueba. La satisfacción está garantizada a ambos combatientes por la primera sangre, ya que según Théophile Gautier el honor solamente se lava con sangre. Qué distante de la actitud moral de nuestros tiempos.