EL INCOGNITO FLATULENTO

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Es día de pleno en la Suprema Corte de Justicia. En ése, las y los ministros borran
la elegancia de su diario atuendo con la negrísima toga, signo solemne de su
importante cargo.
La mesa semicircular es una especie de herradura de madera de nogal de tan
brillantísimo pulido, que el café claro es semiespejo que aunque no con diáfana
claridad, si entrevé los rostros de los justicieros entes, que representa la flor y nata
del foro nacional.
Antes de debatir si los amparos solicitados proceden o se van a sobreseer, sus
posaderas al tocar el muelle sillón y los caros perfumes reúnen musical muelleo y
gratos olores.
Cada una y cada uno de los ministros abren su respectivo cartapacio y proceden a
leer en silencio:
Un ministro lee: En Sonora un juez dictó sentencia condenatoria por abigeato en
contra de un ladrón de gallinas; otra ministra se pregunta: procede ~como fondo
está la política de austeridad del régimen ~el recorte presupuestal para…?
Cuando en esas, una flatulencia un tufillo de mierda humana, de caca contenida
comenzó a dejarse oler. Un olorosísimo pedo como onda olfativa que se expande,
fue tomando la plaza.
Nadie chistó. Embebidos, aunque ya no tanto, en las futuras sentencias y por
cierto con estricta mirada en dos que podrían causar jurisprudencia, soportaron
que el olor penetrara en sus fosas nasales, que pasara entre los pelillos que
dentro de la nariz pretendidamente defienden a la pituitaria de extraños enemigos.
Al unísono el grupo de juristas menos uno; la “ministrada” casi pleno en su interno
fuero maldijo a la o el causante del desaguisado.
Las y los solones, anhelaban que se abriera la discusión para paliar el
vergonzante momento, pero no… es más, ahora arremetió con más intensidad el
olor de otro flato, vulgo, pedo que borró de un plumazo, a los “Channel #5” y a los
“Gentlemans” y de paso quitó parte de la concentración de los juristas.
¿Quién será el culpable? Que lo diga y que se salga. ¿A quién se le ocurriría
desayunar habas amarillas o frijoles rancios?
En tanto, el verdadero culpable, un ministro norteño, el pedorro audaz, guardando
silencio, pecó por omisión, valido del apotegma: “Aunque suene quedo, nunca
dejará de oler un malhadado pedo”.
Por momentos el ambiente se sentía olorosamente pesado y nadie abría la boca
para conminar, a la o el culpable a salir de la sala.

¿Culpable o inocente? El culpable apellidado por cierto Orihuela Lascurain,
originalmente, leía el expediente pensando en su fuero interno que aún caminando
en la cuerda floja de la presunta culpabilidad su habilidad para puuuoff! soltar el
digestivo gas y todavía no notarse lo colocaba, en uno más de la multitud.
Escudado en el anonimato de las y los atildados juristas, en el colmo de la
audacia, así, len-ta y te-nue-men-te lanzó al H 2 O de la sala un hipócrita pedo aún
más apestoso.
Si dijéramos que los ministros estaban 100% con la atención puesta en que los
militares encabezaran los mandos policiacos, mentiríamos: al menos un 12% de
su atención se lo llevaba el nauseabundo olor. Qué ironía, con los ojos puestos en
hallar justicia, ahí dentro, junto quizá, tenían a un culpable que no se dignaba
reconocerlo: “Miren yo soy quien llenó el saloncito de olor a excremento. Voy a
salir”. Y nadie chistaba.
Ni un esbozo de responsable confesión. Es más, todos dudaban y sospechaban
entre sí. Él y la vecina podían ser culpables… y más de uno concluían en el que
se veía más nervioso era quien presidía el pleno: el ameritado doctor en derecho
Epigmenio Dávalos de la Garza y pensaban que resultaría menos que imposible
que lo reconociera, pues aunque había tácita secrecía, más de una o uno
sonriendo comentarían en el futuro en corto: ¿Creen que el pedorro del Dr.
Dávalos…?
Más que envalentonado, previniendo un dolor abdominal, Sidronio Orihuela
Lascurain, nombre completo del ministro culpable, aprovechando el levísimo ruido
del nervioso volteo de páginas, con extrema len-ti-tud, les regaló un pedo aún más
pestilente. Fue el colmo. La ministra Rebollar pidió la palabra. El quorum se felicitó
por tener una valiente representante de la verdad.
La mente de Rebollar caminó vertiginosamente llevándola a sus juegos infantiles:
“el que lo dice debajo lo tiene” y luego en su adultez “la mejor manera de ocultarte
es hablar”. Y al concederle el privilegio de la palabra solo esbozó: ¿Cuánto más
tardaremos en la lectura de los expedientes? Lacónico y medio encabronado
Dávalos y De la Garza farfulló.
-Otra media hora… ¿Es todo?
-Sí, señor presidente.
Los ojos se dirigían a Dávalos, que por esas cosas tan absurdas de la vida,
apenas en su revisión médica bimestral en el lujoso hospital Siglo XXl había salido
excelentemente del aparato digestivo, cuando de pronto surgió que ~otro rasgo
irónico~ a una ministra apellidada García se le alumbrara la sesera y pidió un
“necesario receso, para cargar las baterías”. Y lo que ella vio como una inteligente
solución la transformó en culpable. Le sucedió como al testigo de cargo que ayuda
a esclarecer un delito: no se la acaba con los militares policías y MP’s.
“Ella es”, se metió en varios cerebros y en lugar de salvadora, la Dra. Purificación
García se convirtió en sospechosa. Dávalos vio una luz: – Cierto… 20 minutos de

receso. Y al salir, lógica obviamente, las y los ministros usando de su “bis” jurídica,
concluyeron “quien vaya al WC es culpable y curiosamente ni Sidronio, ni la
ministra García acudieron a exonerar el vientre y el que sí lo hizo fue Dávalos y de
la Garza con otros dos colegas lo que los convirtió ipso facto en sospechosos y
casi culpables.
Eran 20 minutos de receso y con 3 sospechosos, suficiente tiempo y razón para
desaparecer. Mientras las miradas estaban en los WC de la sala justiciera, en esa
confusión de sentimientos Sidronio, saliendo del recinto de la Suprema Corte, se
metió en el WC de un negocio de uniformes ubicado ahí juntito en Corregidora y
en una sucia taza vació su vientre.
Ya ni se lavó, para despistar se compró un chicharrón de harina con mucho chile y
regresó al grupo que ni cuenta se dio de sus momentos de ausencia. Al ir
entrando a la sala de la Justicia, Sidronio notó con alivio que la urgencia de
pedorrearse había desaparecido y de nuevo los perfumes, colocados en las
regiones ad hoc- campearon por sus fueros y respetos.
Al no haber molestos miasmas sutiles las y los ministros procedieron a sustentar
sus tesis con invocaciones a los artículos de la Constitución: llevando en el fondo
de sus atribuladas mentes que hoy al menos un cabrón culpable se les escapó.
Sidronio, triunfador, se montó en la idea que la impunidad sigue vigente en este
surrealista país.