El opio por método: el equívoco a despejar

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Reduccionismo metodológico es un concepto del ámbito académico aparentemente intrincado que; sin embargo, es una realidad patente en nuestra vida cotidiana. En unos tiempos en los que hasta la vida intelectual ha preferido la comodidad a la profundidad y la fecundidad, no es de extrañarse que se prefiera vivirse bajo el imperativo es preferible el prejuicio al juicio. Por lo mismo, este apunte se hace más plausible si entendemos al reduccionismo simplemente como una insistencia, en exceso devota, hacia un conjunto de ideas que pueden aplicarse sobre cualquier asunto. Y se hace aún más familiar, cuando hacemos memoria y recordamos a quienes viven del: Todo es culpa de, Estos de o el Así, todo se arreglaría.

Dentro de las muchas formas que hay de acometer, prorrogar y exhumar insensatamente problemas muertos, como lo hace quien piensa circularmente echando las culpas, es justo decir que no hay peor reduccionismo al momento de pensar, opinar, o hasta producir un trabajo académico –que es el peor caso– que insistir en la infamia del jabalí de Tréveris: Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo, aseveración perfectamente traducible tal que: desde que se escriben estas líneas, todo lo que se ha dicho ha sido insustancial, así que este es el nuevo comienzo. Naturalmente, tal pretensión de cercenar todo lo que a uno precede, aspirando a saltar con pértiga las ideas que no convienen a las propias, es, para el mundo académico, directamente proporcional a cometer una insolencia descomunal contra una de las principales maneras de conocer en las ciencias sociales: el conocer histórico.

Obviar la historia es negar el discurrir del tiempo: la magnitud de más sólida existencia que ha conocido el ser humano, a diferencia de otras magnitudes cuya cuantificación depende de cuanta bilis se inyecte en las conciencias de los devotos de los radicalismos. Y por lo mismo, sus resultados no pueden ser otros que abrir las puertas a los mundos fantásticos que todo el devenir del idealismo totalitario erigiría. Unos lugares cimentados por los más hondos deseos del ser humano, en las que todos estos se ven resueltos, y en los que unos supuestos verdugos de todas las aspiraciones y sueños de la humanidad, son castigados de la forma más complaciente con la tendencia natural a la perversión y venganza del ser humano.

Lo anterior, obvia que las esporas más malévolas para con el espíritu del pensamiento crítico propiamente dicho, se encuentran desde la segunda mitad del siglo XIX hacia adelante. También, que pretendiendo abolir un dogmatismo divino heredado de la tradición medieval, supuestamente tan fuerte como el opio y tan extendido, como el cólera, se produciría burda, grosera e irónicamente uno peor, capaz de impedir a la contemporaneidad el recoger los frutos de la fecunda modernidad. Y que tendría que ser un siglo y medio de enemistad con el comercio el tiempo necesario para que una ínfima, pero insigne fracción de mundo académico, pudiese cambiar realmente de idea, y despejar unos equívocos que próximamente serían fuente de una vergüenza, que solo podría salvarse con la honradez de reconocer el error y con el coraje de la autocrítica.

Por lo demás, mirar el estado de la abundancia de reduccionismos en la vida cotidiana no anima demasiado, aunque las pocas evidencias palpables que se tiene de haber lapidado a la conciencia enferma de mecánica analogía y de pobrísima reducción, están en el siguiente extracto, propio de quien al final de su vida preferiría ser, antes que intelectual, simplemente sabio:

El brote de mesianismo totalitario mostró que ningún precio parece excesivo si aplaza el miedo, racional o irracional, hasta delegar nuestra libertad en los arbitrios de un autócrata. (…) Esa sed de simpleza sólo se aplaca cuando los beneficiarios de cada mesías comprueban las ventajas de preservar iniciativas privadas, aunque décadas de alto confort realimenten la amnesia con seudohistoria, en la tradición del zelote judío, donde plus ça change, plus c´est la méme chose. (…) Una conciencia no hipotecada a ideas fijas observa todo con ilimitada curiosidad, y su resultado es una antología de intuiciones veraces, benévolas y bellas, tres ventanas abiertas por la disposición a saber y expresar[1].

[1] Escohotado Antonio, en la nota introductoria a su libro Hitos del Sentido, Notas sobre la Grecia arcaica y clásica.