El peligro de la divulgación en la Universidad
La divulgación es un ejercicio literario cuanto menos digno y beneficioso para quienes siempre tuvieron ansia de conocimiento, pero no la oportunidad de acceder a una formación académica sensu stricto. En ese sentido, me atrevería a decir que su impacto debe ser tomado en consideración y además entendido como un ejercicio en sí mismo positivo. La divulgación no es un asunto de siempre. No sería prudente atribuirle más de 150 años de vida. Este corto aliento no responde a razones inherentes al mercado y a los fenómenos que le rodean. Sino al espíritu que era consustancial al mundo académico de finales del siglo XIX: cuando las ideas más lúcidas de la humanidad se custodiaban en las bibliotecas de las Universidades, alejándolas del ‘vulgo’, y eran los mismos Estados quienes se preocupaban por mantener esta ‘jerarquía de acceso a las ideas’.
Sin embargo de todo lo anterior, la divulgación tiene limitaciones, y creo que quienes deberían de saber detectarlas y evitarlas con la mayor destreza posible son las Universidades y sus distintas autoridades. Cuando la divulgación pisa la Universidad se genera un dilema ético instantáneo serísimo, en el que docentes y alumnos se ven insertos con distinta carga de responsabilidad, pero con igual deber de compromiso ante ella: el sesgo y la imagen tan vulgarmente clara que ofrece el texto divulgativo de los contenidos teóricos debe ser siempre ya no advertida, sino cazada por el docente; pues esta es tan seductora para el alumno que el docente realmente preocupado no debería pensar en otra cosa que en su prohibición.
Esta terrible medida no responde, claro está, a un sentido de elitismo académico, sino a cuidar la formación que el docente debe de ser capaz de brindar a su alumno de tal manera que, en el futuro; sin embargo de cualquier contexto o situación, éste pueda emplearla de forma diestra, ducha, dominada, en suma. En este sentido entiendo el término ‘formación’: en la posibilidad de marcar positivamente la existencia académica y personal de un alumno con un contenido del que pueda echar mano cuando le sea necesario. Y no tanto en aquél que entiende al término como la transmisión de un conocimiento mecánico sobre cómo hacer algo y cómo enseñar a hacer algo, pues de esta forma no se es capaz de marcar al alumno con nada trascendente, con nada que no se vaya a olvidar.
Esa es, pues, la injuria académica en la que incurre el profesor que basa sus cursos o seminarios en memorizar textos sencillos y divulgativos que expresan lo mínimamente necesario sobre un tema para asegurar que todos los alumnos aprobarán y que se encariñarán con él. Hablo de injuria académica porque el damnificado de este tipo de enseñanza no es el Profesor, sino el alumno y con hondas consecuencias. El registro del primero estará lleno de notas altas y de buenas opiniones por doquier en el caso de que se encuentre en una clase íntegramente constituida por alumnos pragmáticos que no se preocupan o no tienen interés alguno por el entendimiento comprometido con el manejo del contenido del que en un futuro dependerá qué tan competentes sean en su ejercicio profesional.
Mientras que, la formación y el futuro del alumno están marcados por el hierro de la mediocridad, de la bajeza docente, de las pocas ganas de trabajar. Pues, cuando se enfrente al reto de expandir sus horizontes con cualquier tipo de posgrado en un lugar donde estas prácticas no estén bien vistas, se verá en la penosa situación de tener que aprender por su cuenta todo lo que, en un momento, pudieron y debieron enseñarle y no lo hicieron.
Esto último supone, eso sí, un enorme mérito para este tipo de alumnos; que, en lo personal, el cuerpo docente de cualquier universidad no debería de rechazar a priori como una marca indeleble en un alumno nuevo, sino más bien, valorar enormemente el tamaño esfuerzo que hace para ponerse a la par de sus compañeros, pues superar este daño, este triste destino, esta triste figura de la que no es responsable, creo que explícita bien la consecuencia más importante de lo que aquí he querido llamar El peligro de la divulgación en la Universidad.

