El que nadó sin saber, pero con una brazada de oro

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Toni Hernández

Qué podemos imaginar si nos hablaran, por ejemplo, de un futbolista que mete tres goles en su misma portería en solo noventa minutos, o tal vez de un golfista pegando drives a la calle o por qué no approaches a una laguna. Podría ser también un polista que nunca se ha subido en un caballo o acaso un boxeador que no pega y tampoco esquiva los golpes.

Hablemos mejor de la verdadera estrella de los Juegos Olímpicos de Sídney 2000, se trata de nuestro protagonista de Guinea Ecuatorial que representó a su país en natación, pero no había visto en toda su vida una piscina olímpica. Podemos decir que muy pocas historias como esta han cambiado la historia de una persona, más aún, de una nación entera.

Desde Jesse Owens hasta Usain Bolt pasando por Nadia Comaneci, los grandes atletas que han pasado por los Juegos han escrito páginas indelebles en la historia del deporte. Sin embargo, también tienen historia aquellos que nunca ganan medallas y no pasan a la historia oficial, los grandes olvidados de los Juegos Olímpicos.

Nuestra historia parece rebasar los límites de ambas, rasgando en los límites del surrealismo, que va más allá de los límites del arte y la filosofía. Se trata de un héroe que sus experiencias deportivas en el agua eran nulas. Tibios intentos de bracear en el mar o en los ríos, ayudado por pescadores lugareños, uno de ellos llamado Silvestre, tratando de manera urgente de no hundirse. Casi que su accionar sonaba más a una forma de refrescarse que a una cuestión competitiva. Hasta que un día de abril escuchó por radio una convocatoria extraña: el Comité Olímpico Nacional buscaba nadadores para ir a Sydney 2000. Y se presentó en un hotel de Malabo. Estuve dos horas esperando. Absolutamente solo, contó risueñamente tiempo después.

Se trata de Eric Moussambani que desde pequeño tenía un sueño: participar en alguna prueba de atletismo en unos Juegos Olímpicos. Pero el equipo olímpico de Guinea Ecuatorial, el país de Moussambani, ya estaba completo, pero el bueno de Eric tuvo suerte: el Comité Olímpico de su país le propuso competir en la prueba de natación de los 100 metros libres.

Eric Moussambani tenía 22 años aquel tórrido enero del año 2000. Vivía en Malabo, la capital de Guinea Ecuatorial, uno de los países más pequeños de África central, con un territorio continental y cinco islas; Malabo, en rigor, se encuentra en la isla de Bioko, sobre el Golfo de Guinea, enfrente de Camerún. Con preferencias por el fútbol y el básquetbol, Eric ni imaginaba lo que sería su vida apenas 8 meses después. Ni el motivo, casi surrealista.

Quedaban unos escasos ocho meses para los Juegos, pero Moussambani no dudó en aceptar el desafío.

En un momento sin precedentes, Moussambani se tiró al agua en soledad. Muy lejos de la preparación que tenían los grandes atletas, el nadador de Guinea Ecuatorial completó las eliminatorias de los 100 metros en 1m52s72. Es decir su tiempo estuvo a más de un minuto de diferencia del campeón olímpico de ese año, el holandés Pieter Van de Hoogeband. Incluso, hizo peor tiempo que muchos nadadores de 200 metros. Sin embargo, su imagen dio vuelta al mundo porque Moussambani llegó a competir en los Juegos Olímpicos con un país en el que no había piletas de natación profesionales.

Pasó de entrenar en una pileta de un hotel en Malabo a competir en alberca Olímpica. Sin saber nadar, sin malla –le tuvieron que prestar una– y sin técnica.  No obstante, se metió a la pileta y se convirtió en una verdadera historia de vida.

Moussambani aprendió a nadar tan solo ocho meses antes del evento. El COI había permitido que algunos atletas compitieran en disciplinas en las que no tenían marca para promocionar los diversos deportes. Por eso fue que Eric llegó a ese lugar. No estuvo solo, si bien nadó solo, también estaban Karim Bare, de Nigeria, y Farkhod Oripov de Taykistán. Ellos, en la previa, quedaron descalificados porque se tiraron al agua antes de lo permitido.