El retorno a la vida
Continuación de nuestro anterior que puedes leer aquí:
https://poderedomex.com/perseverancia-en-el-amor-capitulo-iv/
No me puedo inventar un aroma; lo más que puedo hacer, en las horas muertas, en los que el silencio me pide algo más que calma, es ir al pasado para recordar las fragancias ocultas en mi alma. En esos instantes en los que el destino se ausenta y una especie de clarividencia está al alcance de mi efímera existencia, lejos de su influencia, puedo sentir en mis labios un antiguo sabor a futuro, mezclado con fragancias de rosas que siguen recién abiertas.
El agua del río no siempre es la misma, pero siempre va corriente abajo, siempre persiguiendo unas orillas, buscando el mar, o un lugar donde reposar. Soy una metáfora dentro de otra metáfora. Agua que se desliza por las paredes de mi conciencia buscando el lago de unos labios donde llevar su caudal de besos, deseos y caricias.
Cuando vi a mi gato entre sus brazos, sentí que volvía a nacer, que sus manos eran mi madre y su calor, la pasión que hacía mil años que no tenía. El caso es que, al final, no se fue al sofá a rumiar, sino que se vino con nosotros a la cama. Fue entonces cuando comprendí que mi alma ya no me pertenecía, que se había fundido con la de Ella y que ya estaba irremediablemente unida a la suya.
Sin una estrategia previa, mi corazón y yo supimos, que había llegado la hora de prescindir del gato. Al fin y al cabo, si se había fundido con Ella, era como si ya no me perteneciera. Así que, con la mochila ligera de perjuicios y repleta de sueños por realizar, decidimos desandar los caminos que nos habían traído hasta este momento donde ya soy algo nuevo, tan distinto al de ayer como lo es la honra al descrédito.
Descrédito, ignominia, que bien describen el tiempo en el que estuve alejado de mi gato. El cambio que se había producido en mí debió de ser muy grande, hasta el punto de despertar y alertar a un destino que murmuraba palabras que al pronto no entendía. Cuando lo tuve delante, su cara, al igual que sus inconexas palabras, no me gustó nada, era un rostro desconocido (siempre irreconocible por disfrazado). Siempre distinto, el que siempre llega sin previo aviso.
Su voz, que al fin pude entender, como una sentencia que alteró mi presente, dijo: tienes que elegir, recuperar de nuevo a tu gato, o prescindir de tu esencia. Después, pasado un tiempo, cuando ya no tenía remedio, me di cuenta de todo. Me había convertido en una contradicción constante, en una mala metáfora, dentro de otra metáfora sin sentido. La conclusión es que es imposible estar en dos orillas a la vez, que no es posible sujetar las aguas que bajan de las montañas heladas.
A medida que el relato de mi vida avanzaba, iba tomando forma, una novela que no había imaginado, que no era fruto de mi imaginación y en verdad me estaba pasando. En definitiva, que, si matas al gato, te condenas a ser el cordero que, tarde o temprano, va al matadero. Ahora, reo de mi propia codicia, le doy la razón, a los que nos roban la razón, a los que nos obligan a consumir como cerdos que sacrificarán en Navidad.
Sé que las promesas ya no valen de nada, solo son humo, un humo tan negro como el de aquel incendio donde ardieron mis sueños. Y cuando creí que una muerte era el renacer a una nueva vida, donde la verdad, la justicia y la honradez eran reglas que no necesitaban ser escritas, me di cuenta de que por el camino perdí mi esencia/conciencia y me convertí en ese cordero que silenciosamente va al matadero.
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Cuando me desperté, ella se había ido llevándose consigo a mi gato y sufrí más el vacío que había dejado en la almohada que la ausencia de mi alma. Mi conciencia me había abandonado y el teléfono estaba sonando. Me tomé mi tiempo para descolgarlo, seguro que es ella, ¡qué equivocado estaba!, preguntaron por mi nombre y le dije que era yo. No se puede mirar al futuro con las gafas del de enfrente, ni apoyándose en el bastón del ausente, me dijo una voz profunda y siniestra. De quién fue, daré cuenta en otro momento.
No tengo la seguridad de que volvamos a encontrarnos, (Ella, mi conciencia y yo), todo va tan deprisa que hasta los pasajes más recientes se convierten en recuerdos lejanos. Tampoco tengo fe de que ocurra lo contrario: la calma es un ave en extinción, una utopía de los que soñamos con hacer realidad aquello de que la muerte es un renacer y donde la paz forme parte del ciclo de la evolución e iluminación espiritual.
Un sueño recurrente, que fluye cuál corriente del río caudaloso de mis deseos: La tengo delante, sonriente, segura de sí misma. En sus ojos veo a mi gato que me mira reiterativo, como diciendo: estás tan vacío como el espacio que media entre tu presente y el horizonte que se aleja de ti cuando te acercas. Me alarga sus manos y las agarro sin pensarlo, al tiempo que me susurra con suavidad: ven, acércate. Y lo hago sin dudarlo, Ella tiene todo cuanto me falta.
El calor de su cuerpo me transmite vida, mis piernas pegadas a las suyas; sus pechos, en el mío, dos sueños despertando en la realidad de mis apasionados deseos. Sus labios, pétalos de una rosa abierta en los míos. Sus cabellos, mecidos por la brisa, (el destino que suspira), acarician mi cara y con ellos, los aromas rescatados de un olvido que vuelven para decir: no existen las horas muertas cuando el amor es la fuerza que hace desaparecer las distancias.
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Ya estaba de nuevo mi gato en el sofá, lo vi al pasar camino de la cocina, se hacía el dormido, pero sabía bien que estaba pendiente de mis movimientos. Así que le dije: Amigo mío, creo que ya va siendo hora de volver a los tejados. Está al salir la lunita clara y tenemos que… no pude terminar, vi cómo se levantaba y salía corriendo buscando aquellos brazos que tanto sabían de mis sueños. Ella estaba a mis espaldas, tan sonriente como la vida que de nuevo comenzaba.
Seguirán los sueños desgranando los pasajes de la novela de nuestras vidas. He comprobado que no necesitamos editoriales fantasmas para que nuestras historias vean la luz; con una mirada nos basta (la tuya, tan generosa que me hace dudar si todo esto es verdad) para que se hagan realidad mis deseos de compartir y colaborar en esta rueda que es la vida.
Y seguirán aquellos interrogantes:
¿Cómo llevas la novela de tu vida? ¿Bien, o necesitas parar y con calma rectificar?
¿La estás escribiendo tú, o se la has dejado a alguien para que la escriba por ti?
Del comienzo, ya sé que no fue cosa tuya, pero del final, me temo que no te vaya a gustar si es que alguien (sin escrúpulo) te la está dictando.
Seguirán, pero ya sabemos las respuestas, porque el humo negro de aquellos fantasmas nos dio la oportunidad de aprender que la necesidad es pasajera. Que no se alcanza la gloria por el mero hecho de ver tu novela en un escaparate, a cambio de ponerte unas cadenas y conformarte con un plato de lentejas, sin más razonamientos que aquello de O lo tomas, o lo dejas.
1.ª Hemos rectificado y, con la calma como premisa, ahora podemos decir: No tenemos prisa. Todo va fluyendo entre besos, caricias, sonrisas y la vista despejada de falsas promesas.
2.ª Nadie nos podrá exigir cambiar aquello que es imposible. Ni nos va a corromper el dinero, en realidad no hace falta tanto para vivir. Lo sé bien, lo tengo comprobado y asumido.
3.ª Tampoco necesitamos traductores, hablamos el lenguaje universal del amor. Ya sabemos de la muerte, ahora estamos limpios de caprichos y libres de las ataduras de las dictaduras.
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Proverbio:
“El hombre que remueve una montaña comienza llevándose pequeñas piedras”
Y un pensamiento:
Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo, Eduardo Galeano
Ojalá que así sea, dijo mi gato, que nunca se calla. Que, además, es tan devoto como yo de los grandes maestros Y continuó con un pensamiento que me dejó parado. La felicidad nunca llegará a aquellos que no aprecian lo que ya tienen
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Hasta la semana que viene, si el destino lo quiere. Y si decidiera (por las dudas de que a alguien le interese) que mejor no siga contando la novela de mi vida, le pediré a cambio que baraje de nuevo las cartas a ver si tengo la suerte de cara y me sale la dama de Corazones y, si no, me buscaré nuevos tejados donde maullar mis sueños.
¡Ojalá te diga que no!, me dijo mi gato cuando iba camino de la ventana a correr las cortinas. Se acercaba la hora de lunita clara y no le gustaba que le repitieran las cosas. La rotundidad de su maullido se parecía al vacío que me dejaba del destino cuando no estaba.
Sobre la voz del teléfono que dijo: No se puede mirar al futuro con las gafas del de enfrente, ni apoyándose en el bastón del ausente. Si tengo la suerte de poder seguir, más adelante, diré de quién fue y lo que me obligué a hacer. Ahora se está haciendo tarde y la noche está al caer.
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Tras los visillos ya se asomaba nuestra lunita clara; empezaban a clarear de nuevo los sueños y con ellos, los recuerdos, los aromas y los besos, los que dejamos acopiados en la despensa de nuestros corazones para los tiempos de carencias.

