El secreto azul

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Cuando la niña buscó en el diccionario la palabra azul, encontró: Ver el cielo. Salió rauda de su habitación, se fue al patio, levantó la mirada, y ese techo del mundo era azul. Su descubrimiento la llevó a coleccionar azules. Metió en un frasco un poco de cielo, en otro un poco de mar, y ante el espejo dijo, felizmente que mis ojos no son azules, y sonrió ante ella con su mejor descubrimiento. El espejo tenía un marco azul, y desde ese día nunca más se sintió sola.

Cada vez tenía más frascos llenos de cosas azules, canicas, trozos de papel, una pluma bella que encontró suelta en un parque, y hasta un lápiz de labios de color azul. Cuando creció quedó fascinada de unos jeans que le duraron mucho tiempo. Su colección de frascos llegó a 999, e incluían sabores azules, palabras azules, sonidos azules, aromas azules, y muchas cosas raras, muy valiosas para ella.

Cuando conoció a su  príncipe azul, como lo había leído en algún tiempo cuando era muy chiquita, se preguntó que cómo haría para meterlo en un frasco, en su frasco número 1,000 y quizá el último, y se dio cuenta, por supuesto, que eso era imposible. Todavía no se habían hablado, pero sus miradas ya estaban enamoradas. Entonces, en un impulso de valentía, ella se le acercó, y le preguntó, cómo te llamas, y cuando el muchacho le dijo su nombre, ella casi se priva del impacto tan misterioso.

Sacó de su cartera un frasco, y con su mejor sonrisa irresistible le pidió que soplara dentro de él. El obedeció. Ella cerró el frasco y suspiró largamente. Ya lo tenía dentro de su último frasco. El nombre del muchacho llevaba las mismas letras de la palabra azul. Se llamaba Zaul. Y en la actualidad en los nuevos diccionarios en la palabra azul, dice: Ver a Zaul.